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martes, 14 de julio de 2009

Un hombre en la oscuridad, de Paul Auster

Reconozco mi debilidad personal por Auster. A finales de los noventa un buen amigo me recomendó El Palacio de la Luna, diciéndome que era del tipo que había escrito el guión de Smoke. En aquellos momentos de carencia cultural, pero de unas ganas inmensas por devorar todo lo que caía en mis manos, leí el libro con ansiedad, acabándomelo en un par de noches de verano.

Durante todos estos años este escritor ha sido una de mis constantes literarias. He presenciado la popularización de su obra en España, pese a que cuando yo lo empecé a leer no era precisamente underground, y por lo menos en este caso, y al margen de maniobras comerciales, el público parece contar con un cierto gusto.

Es casi una ley física, si lo pensamos detenidamente, que un escritor que cuenta con un estilo accesible, una narración cinematográfica, historias interesantes (de esas que se cuentan entre amigos tomando algo), y cierto carisma personal, acabe llenando los lineales de las librerías.

Un hombre en la oscuridad es el último trabajo publicado en España del narrador de Brooklin, y posee todas las señas de sus anteriores trabajos. El juego de múltiples realidades, las historias entrecruzadas, la casualidad como motor del cambio vital y una preocupación por su país, Estados Unidos. Aun así este es un libro menor dentro de la obra austeriana.

Paul Auster es criticado a menudo por la repetición incansable del esquema narrativo, por, siendo directos, contar siempre lo mismo, de la misma forma y cambiando sólo los detalles externos. Sí, es cierto. Como también lo es que lo hace muy bien, y que la aparente sencillez aquí es una virtud. Lo que ocurre es que su producción no siempre está en la misma nota, y en este libro se percibe una cierta prisa, una cierta dejadez, y sobre todo un espíritu pre-Obama que le ha dejado algo fuera de lugar. Es un poco la necesidad de arremeter contra la anterior administración gubernamental, la del amaño electoral, los pies en la mesa y los cien mil muertos, y rodear esto de un trasfondo narrativo.

Por otra parte cualquier escritor de esta proyección comercial, y duración en el tiempo, alejada de las explosiones de bidones de gasolina, acaba siendo una máquina maravillosa de hacer dinero. Siempre queda la duda de si el nuevo libro, además de ser un producto, es un producto propio. Al menos con Auster sabremos que pasaremos un buen rato.

domingo, 3 de mayo de 2009

Inmoralidades

"En mayo del año pasado la FAO reclamó 6.000 millones de dólares para atender hambrunas inmediatas. Sólo se recaudaron 4.000. Si es demagogia decir que no dan dinero a la FAO para que luche contra el hambre y, sin embargo, dan miles de millones de dólares a los bancos, para que luego paguen grandes primas a sus directivos o para salvarle la cara a los bancos que han perdido dinero en la pirámide de Madoff Los ciudadanos tenemos que reclamar el fin de esa inmoralidad, no dar un euro más a bancos corruptos que se llevan el dinero a paraísos fiscales, que financian actividades puramente especulativas, mientras hay tanta gente padeciendo."

Juan Torres, hoy, en una entrevista en Público.

La Crisis financiera, guía para entenderla y explicarla, libro en formato .pdf y gratuito aquí.

martes, 28 de abril de 2009

Extracto del manifiesto de los Jóvenes Airados

Malcolm McDowell poniendo las cosas en su sitio.

"Por su propia naturaleza, el artista estará siempre en conflicto con el hipócrita, el mezquino, el reaccionario, y siempre habrá alguien que no comprenda la importancia de lo que está haciendo; siempre deberá luchar en nombre de sus opiniones".

viernes, 17 de abril de 2009

La suerte de Jim

"El amor es privación y desconocimiento"


Lucky Jim


1954, Kingsley Amis

lunes, 16 de marzo de 2009

Alta Fidelidad - Nick Hornby


¿La vida de las personas tiene una frontera, que delimita el punto donde dejan de ocurrir cosas?, y si es así, ¿dónde se sitúa?.

Este libro, ya clásico moderno, se había cruzado varías veces en mi trayecto pero nunca había acabado de hincarle el diente. Hace unos días lo terminé, y es uno de los casos donde la fama que lo precede está justificada. Me sorprendió ya que no lo esperaba tan emocionalmente intenso.

Marcando fronteras, trazando líneas, delimitando opciones y haciendo listas de discos. Esa es la vida del Rob Fleming, pasada la mitad de la treintena, mirando hacia atrás, más que con ira con incomprensión.

La novela pinta rayas de tiza en el suelo, donde nosotros nos situamos, seguros de la posición que ocupamos, aunque en algunos casos no tanto de que debiéramos estar ahí:

- 1ª Raya: Hay dos clases de personas. Una de ellas son los que se crean un auténtico bagaje personal en referencia a los discos, libros y películas que han disfrutado / sufrido. Para nosotros poner un disco no es un acto de mero entretenimiento, es completar una parte del autorretrato, definirte frente al borroso constante del resto. El Resto, sí, los que dicen gustar de toda la música, es decir, de ninguna. No os extrañéis si os condenamos por vuestra insípida y previsible colección de AOR.

-2ªRaya: Lo que nos ofrecían nos daba igual. No es que no nos guste vivir bien, es que sencillamente el precio a pagar es demasiado alto. Estamos condenados a no entender a quien sacrifica su vida para tener un adosado. La carrera profesional es un invento para tenernos corriendo detrás de la zanahoria hasta que se nos acaben las fuerzas.

-3ªRaya: Las relaciones humanas son incomprensibles. Pero hasta desde el punto de vista de uno mismo. Cómo es posible poner todo tu empeño en vivir junto a alguien para luego acabar dinamitándolo todo, arrasando los pocos momentos bonitos que de verdad surgen en la vida. No lo sé, podríamos seguir adelante, tener hijos y una foto con marco plateado en la mesa, podríamos ser felices. Pero elegimos la táctica de la tierra quemada, aunque nos queme también a nosotros.

-4ªRaya: Queremos a nuestros padres, incluso sentimos respeto personal por su vida, pero nos asusta ser como ellos.

-5ªRaya: Inacción. ¿De donde diablos sacan los demás la energía, el tiempo y las ganas para hacer tantas cosas?. Conocemos remedios artificiales para dotar de electricidad a nuestro cuerpo, pero las solemos utilizar por la noche mientras bailamos.

-6ªRaya: Lo que se espera de cada uno de nosotros en referencia a la edad. Normas sociales de compartamiento, no escritas, pero más pétreas e inamovibles que cualquier ley. A los treinta años se esperan de ti ciertas cosas, muchacho, y aquel que las obvie tiene su sitio fuera de las murallas de la ciudad.

-7ª y última: ¿Realmente estamos seguros de todo lo anterior? Pues de casi todo, pero no pertenecemos a una secta de mártires ciegos. Sabemos que hay otra forma de vivir la vida (como para no saberlo), sabemos que lo convencional es agradable para quien lo practica, y a veces flaqueamos en nuestros postulados. Esa es la gran diferencia entre ellos y nosotros, la empatía, aunque sea en negativo.

Lo que pasa es que en la mayoría de los casos es demasiado tarde para cambiar.

La novela Alta Fidelidad, de Nick Hornby, está editado en castellano por Anagrama, en su colección Panorama de Narrativas, vale algo menos de veinte euros y se disfruta como un single de Smokey Robinson & The Miracles.

lunes, 23 de febrero de 2009

Ciudad de ébano - Collin MacInnes

La historia no sucedió como nos la contaron. Y no me refiero a los grandes acontecimientos retratados en los documentales, que también, si no incluso a los momentos y lugares, y la gente que vivía en ellos. No tengo claro el mecanismo, pero como en casi todo, se impone una tendencia hacia el lugar común, hacía el tópico interesado.

¿Cuál es la imagen del Londres de finales de los cincuenta que tenemos? Uno de los tópicos es que el pasado es antiguo, brumoso y con una pátina de placidez que lo cubre todo. Mentira. En Ciudad de Ébano, novela de Collin MacInnes, aparecen dos ciudades que corresponden a los dos personajes que viven la historia, un trabajador social británico, blanco y aparentemente progresista, y un inmigrante africano, negro, también súbdito de la Reina Isabel y, sin saberlo, con un modo de vida vanguardista.

La historia que se nos cuenta es doble, pero única. Por una parte la del joven negro llegado a la metrópolis decadente, ciudad tardo-imperial, como élite que venía a formarse en las universidades del mismo país que colonizaba su tierra, y la del anglosajón abierto de miras, pero con un peso de siglos de conservadurismo larvado, que le hacía ejercer un paternalismo no pedido hacia los ciudadanos de la Commonwealth. Y todo narrado a un ritmo que ni el cine de la época tenía, optando por la multiplicidad de personajes y por una ética carente de trampas morales.

La ciudad es el campo de juego cambiante, en el que las calles adquirían un tono distinto con la noche, y en los edificios, aun en ruinas por las V2, se llenaban con clubs antillanos, soldados afroamericanos, y chicas blancas descubriendo vidas reales. No era fácil, en ocasiones peligroso, y casi siempre con un final inconcluso, pero era de verdad. Y había gente, poca, que transitaba la frontera entre ambos mundos, convirtiéndose en una especie de pioneros de la lucha contra la uniformidad.

"Nosotros los africanos no somos un pueblo que deposita sus días en una caja de ahorros, creemos que la vida nos ha sido dada para disfrutarla"

jueves, 5 de febrero de 2009

Todos los caballos del rey - Michele Bernstein

Diversión: palabra y acto real, inherente al ser humano, absorbido, depauperado y devuelto en cómodos packs precintados, sólo dos minutos en el microondas. Consumir sólo en pequeñas dosis, y siguiendo cuidadosamente las instrucciones de uso.

Tómese diversión como sinónimo de autenticidad, experimentación propia, esto es, vivida por el propio sujeto, no observada, y creada, a drede, para vivir la propia vida.

Si quieren saber de que va lo de ahí arriba lean La sociedad del espectáculo, o Tratado del saber vivir, y si perciben algo, pero no se acaban de enterar, como yo, busquen otros libros, páginas o personas (esto último difícil pero altamente recomendable), que les aclaren, o al menos les sitúen, en la senda de la autenticidad vs. espectacularidad.

Pero Todos los caballos del Rey, escrita por Michele Bernstein, mujer de Debord y miembro de la I.S., no va de explicar teóricamente nada. Va de retratar La Vida (Total, añadirían los mods, sin saberlo). Y como protagonistas quienes mejor que ellos mismos, y la deriva por París, y los aprendices de profesionales del intelecto, siendo utilizados como herramientas de placer en las playas de la costa azul. "Gilles y yo no somos guapos. Pero tenemos aspecto de inteligentes y gustamos", sin concesiones, artificios o subterfugios, a lo Alí, danzando suavemente, golpeando brutalmente.

Se supone, y así fue, que esta novela fue escrita para recaudar fondos para la I.S. y de esta forma liberarse del trabajo asalariado. Yo creo que hubo algo más, con los situs siempre había algo más. Esto es el panfleto definitivo, el pasquín sin defectos, la llamada de atención por megáfono pero en código. Quien después de leerla no quisiera conocerles, vivir (como ellos), es porque era un cadáver o un imbécil, o ambas cosas a la vez.

lunes, 2 de febrero de 2009

Rompepistas - Kiko Amat


Esta mañana he terminado de leer Rompepistas, la tercera novela de Kiko Amat, y he acabado las últimas líneas en el cercanías, como no, la segunda casa para los que vivimos en la peri, que es justo donde transcurre esta historia, en Sant Boi, en el extrarradio de Barcelona, y eso, quieras o no te predispone a que te guste, sí o sí. Seguro que alguno de los que leen esto no sabe muy bien de lo que hablo, seguro. Aunque no se lo crean esos agrupamientos de bloques de viviendas al final conformaron algo más que un sitio al que ir a dormir, al final cobraron personalidad, tan marcada como la del centro de la ciudad, o la de las zonas suntuosas en las que señoras de cara avinagrada toman desayunos de cinco euros. Esas ciudades acaban siendo un referente para los que vivimos en ellas, y sobre todo lo acaban siendo cuando se sale de las mismas, y se compara, y se ve lo diferente que puede llegar a resultar todo.

Pero esto no es una exaltación de lo cutre, no es un retablo costumbrista de serie de telecinco, ni un gag con un par de cajeras semideficientes, escrito por alguien que desde lejos observa a los animales en el zoo, y les tira cacahuetes para pasar el rato. Esto es una historia de alguien que vive allí, y que se patea las calles buscando la salida de la ciudad, sin saber todavía que la salida no existe, que para algunos el camino siempre acaba en un dead end street. Sabíais que en estas ciudades hay chicos de diecisiete años que se salen por la tangente, que pisan con sus botas lo que se espera de ellos, y que sólo se tienen a ellos mismos y a sus amigos, pues los hay, y aqui son ellos los que hablan. Y no van dando pena, ni rogando, ni compadeciéndose, van, que ya es bastante, y algunos hasta acaban escribiendo libros.

Quizá sale perdiendo en atractivo con su anterior novela, Cosas que hacen Bum. La historia es menos poderosa en referentes estéticos y musicales, en situaciones asombrosas que te gustaría que ocurrieran, pero que se suelen quedar en la mesa llena de botellines. Lo que ocurre es que de eso se trata, de que Rompepistas, Clareana, Carnaval y el Chopped, no son dandis anarcomodernistas, son punks y skins, de los que no entendían las canciones, ni se iban a Londres a comprarse la ropa para ser parte de una moda, de los que eran lo que eran porque no les quedaba otra.

El libro no está escrito por alguien que tiene diecisiete años, si no unos treinta y pico, y que de repente mira y se da cuenta que ya no está allí, apoyado en el muro bebiendo, y que aunque vuelva ya nada será igual. No es nostalgia, no es recuerdo de anciano, es constatación de que un tiempo, como poco difícil, al final acabará siendo el que te marque como persona, lo quieras o no. Hubo un tiempo en que yo no era como soy ahora, hubo un tiempo en el que nos íbamos a comer el mundo, y al final el mundo nos ha comido a nosotros. Pero no del todo, a algunos todavía nos queda algo de aquellos años del frescor.

La foto está tomada de la galería de retratos de la página de Amets Iriondo.

El libro lo edita Anagrama, en su colección contraseñas, y podéis leer un resumen aquí, además cuesta un cuarto de lo que vale un abono B2, y divierte cuatro veces más.

miércoles, 4 de junio de 2008

La Feria del Libro

Llego pronto a la feria, me encamino por el paseo de coches del retiro. Apenas reparo en lo verde que está todo, es exagerado, las plantas, animadas por las incesantes lluvias primaverales, adoptan un aspecto ecuatorial, poco apropiado para el parque de ciudad secamente castellana que siempre ha sido Madrid.

Recorro con una prisa nerviosa la interminable linea blanca de casetas prefabricadas que se suceden una tras otra, por fin voy acercándome a mi número. Paso y enciendo la luz, veo los libros extrañamente quietos, demasiado. Mis armas están listas, las voy enumerando, ordenador, caja de cambio, bolsas de cartón, catálogos y marcapáginas. Esperan ansiosas la batalla mientras que la luz se cuela por las rendijas de la persiana. Es hora de abrir, la quirúrgica luz de los fluorescentes es sustituida por un sol de tormenta, que parte de un cielo imponente, con unas nubes tan plúmbeas que parece imposible que se mantengan a flote.

Me quito las wayfarer, un librero serio no puede vender libros con gafas de sol. Me miro en los cristales, justamente hoy que me hace falta no tengo mi mejor aspecto, espero que no se note demasiado. Los aficionados a cualquier espectáculo saben cuando el observado está nervioso, perciben un pequeño gesto en el torero, una mueca en el tenista. Un librero hace que coloca los libros, ordenándolos cuando no hace falta, tocando su género para sentirse más protegido ante lo inesperado.

Un librería es como un castillo, puede sufrir incursiones hostiles de algún bárbaro cliente, pero está bien protegida, es tu terreno, conoces todos los rincones, pasadizos y recovecos, además no estás solo. Un caseta de feria es como un puesto avanzado, como una cabeza de playa, el ataque puede venir de donde menos te lo esperes. Pero al final el motor arranca y cuando miras el reloj llevas ya dos horas vendiendo, hablando, explicando, y excusándote por ese libro imprescindible que no tienes, justo ese.

Una de las cosas que más me gusta de la feria del libro es mirar a la gente en los momentos de tranquilidad. Hay varias lineas de paseantes, y los más alejados nunca se dan cuenta de lo vulnerables que son a un potencial voyeur como yo. Es como ver una película neorrealista italiana gratis y en directo. Miras a las señoras del cercano barrio de Salamanca que han venido a ver a la Infanta, a una excursión de instituto donde los adolescentes tontean de forma versallesca sin saberlo, a un tipo que pasea con sus escritos pegados en una tabla, ofreciéndoselos a quien quiera verlos. Más allá pasa una pareja, están enfadados, incómodos, pero no se dicen nada, no pasarán del verano. De repente aparece un anciano cargado de bolsas, me devuelve a la realidad:

-¿Dais algo gratis aquí?. Le doy dos marcapáginas, un catálogo y hasta un boli, le pregunto si quiere una bolsita (no sé porque pero a los ancianos y a los camareros les hablo en diminutivo). El viejuno se marcha feliz, y yo también, me dice que le he dado más cosas que los del "cortinglés", se lo dirás a todos, pillín, pienso yo.

En un rato se ha pasado la mañana, voy contando el dinero en plan banquero dikensiano (que es por lo que se mueve este tinglado, más que nada). De camino al metro me encuentro con una señora que me pidió "el libro ese del éxito", en referencia a Zafón. Estoy a punto de robarle la bolsa y salir corriendo.

La foto es de Gorka Lejarcegi, y está tomada de El País.

martes, 22 de enero de 2008

Estrofa de La Nube en Pantalones


Mejor que plegarias son venas y músculos.

No mendiguemos del tiempo el perdón.

Nosotros,
cada uno,
sujeta en la mano
las correas de transmisión de los mundos.

Vladimir Mayakovski

sábado, 17 de noviembre de 2007

Cosas que hacen Bum - Kiko Amat

A finales de Mayo vi que en El Garaje recomendaban el libro que tenéis a la izquierda. Viendo la portada supe inmediatamente que el libro sólo podía decantarse por dos opciones, o ser un desastre o una autentica delicatessen pulp. Afortunadamente se me confirmó la segunda opción.

Cosas que hacen Bum es una novela en la que se mezclan la paranoia inadaptativa de su protagonista, Pánic Orfila, un post-adolescente de periferia, con el dandismo modernista de un grupo de vengadores ácratas. La historia que cuenta le hemos vivido algunos a medias. Cuando eres un extraterrestre en un mundo ridículo te quedan las salidas de la música, la estética y tu grupo de amigos, con los cuales planeas grandes actos que nunca llevarás a cabo. Quizás por eso me gusta tanto esta historia, porque es una venganza escrita contra la adaptación, el costumbrismo de sobremesa, la camisa de fuerza de la hipoteca. Aquí, el protagonista, acaba saltando al vacío por todos nosotros, como hizo Jimmy Cooper con la Vespa del As de Oros, aunque nos quede la duda de si ambos, Panic y Jimmy, saltan al infinito con su scooter o ambos dejan caer solo a su moto.

Este es un libro que debería escucharse con el volumen a tope, y con unos bowling shoes impolutos para bailar en sus páginas. La música tiene una importancia en el relato comparable al de la letra en una canción soul. Panic escucha incansablemente a las Marvelletes, a Martha Reeves & The Vandellas y a Billie Holiday. No las oye, como un oficinista a M80, las escucha, las descifra, las siente. Esta es una historia llena de referentes bien utilizados. No se trata de citar por citar, o de sacar a relucir de vez en cuando a algún grupo, algún libro o alguna película para demostrar una supuesta modernez al gusto de los editores. Se trata de construir un código que sabrán descifrar los lectores que compartan determinadas pasiones con el escritor de esta novela.

El escritor, Kiko Amat, promete. Tiene otro libro editado, El día que me vaya no se lo diré a nadie, ambos en la colección Contraseñas de Anagrama. Cuando acabé de leer Cosas que hacen Bum empecé a buscar quién era este tipo con quien compartía determinadas obsesiones estéticas. Kiko Amat es del 71, de Sant Boi, Barcelona y habla como un demonio speedico de todo aquello que le gusta. Pincha de vez en cuando, edita un fanzine, La Escuela Moderna, donde ayudado por su gang, escribe sobre situacionismo, los Weatherman y Style Council. Además publica en El País y la Vanguardia. Digo que promete porque polariza, o crea adhesiones u odios (busquen por la red), y eso en estos tiempos de tibieza y equidistancia ya dice mucho.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Creaciones distanciadas y paralelas


Probablemente cuando uno ha tomado contacto con algún libro que le ha marcado especialmente está mucho más atento a cualquier mención que se haga de él. La primera vez que leí 1984 tenía 17 años, y tras el cúmulo de emociones y frustraciones que la obra más distópica de Orwell me provocó, sentía la imparable necesidad de que todo el mundo que estaba a mi alrededor lo leyera. Otro de los sentimientos que tuve fue el descrito un par de líneas más arriba, por una extraña circunstancia Orwell y 1984 estaban en boca de todos los que yo consideraba de referencia.

Curiosamente ese mismo año apareció uno de los discos más importantes de los 90, Ok Computer, de Radiohead. Posteriormente he leído cientos de comparaciones entre ambas obras. En aquel momento yo creía ser el único que veía el paralelismo, como iluminado por algún extraño hipertexto cultural que enlazaba las sensaciones y pensamientos que tanto el libro como el disco me producían.

No son nuevas las obras con referente, películas basadas en cuadros, canciones surgidas de poemas. Pero no es exactamente a lo que me refiero aquí. No se trata de un ejercicio de lógica o análisis técnico de una obra para producir otra. Es justo lo contrario, es la construcción en corriente de conciencia de los sentimientos que esa obra despierta. Es como si Orwell le hubiera susurrado a Thom Yorke las sensaciones que tuvo dando voz a Winston Smith, mientras que el lider de Radiohead permanecía dormido.

Estas simetrías se repiten en algunas ocasiones. Se puede argumentar el conocimiento de unos autores sobre otros, el empleo de técnicas creativas similares, el contexto social similar. Por contra también se puede recurrir a la necesidad humana de contar a los demás lo que en ese momento tienes la imperiosa necesidad de expresar. ¿Leyó Luis Martín Santos a John Dos Passos o Henry Miller?. Es posible. En todo caso hay pasajes de Tiempo de Silencio que me rememoran Manhattan Transfer o Trópico de Cáncer.

Desconozco si algún investigador ha realizado algún estudio sobre estas simetrías. Desconozco incluso si algún filólogo consideraría una barbaridad lo escrito más arriba. Lo que no desconozco son las sensaciones vividas dos veces, los deja vu literarios, mis propias huellas en la tierra húmeda. Quizás ahí se encuentre la clave. En las indescifrables y únicas emociones que cada ser humano siente.

martes, 2 de octubre de 2007

Payasos en la lavadora y la transformación

Tras unos días de bloqueo y muchas entradas desechadas recurro a un viejo y querido mito para reactivar mis ganas de escribir.
Si empiezo esta entrada con algo como: "recuerdo aquel verano de 1997..." esto parecería un episodio de Cuéntame, pero más o menos por ahí van los tiros.
Álex de la Iglesia se había convertido para mí, un par de años antes de la fecha señalada, en lo más parecido a un mito viviente. Había visto "El día de la Bestia" con un par de amigos en un cine ya desaparecido y me había parecido lo más alucinante hecho hasta entonces, no exagero. En el 95 tenía quince años, y apenas había visto nada de cine ni leído ningún libro interesante. No acababa de creerme que un tipo de Bilbao pudiera rodar en Madrid algo tan alucinante, tan de fuera de aquí, tan marciano.
A partir de ahí comencé a investigar, y cuando por fin conseguí ver "Acción Mutante" me di cuenta que Álex de la Iglesia era un tipo a seguir y yo no me lo podía perder.
Afortunadamente para mí, publica una novela en 1997, "Payasos en la Lavadora". No recuerdo quien me advirtió del libro, y en cuanto pude fui a comprarlo.
Coincidió con el final de tercero de BUP, un curso en el que me transformé completamente. Hablo de transformación en el sentido de que te das cuenta definitivamente de que tus sospechas eran ciertas. Todos, tarde o temprano descubrimos que los reyes son los padres, pero mucha gente se queda ahí, como petrificados por el impacto y niegan a descubrir nada más, como atemorizados a volver a ver la certera, dolorosa y gratificante luz de la verdad. Me refiero a esa edad en la que ya sabes que la música que ponen por la radio y que oye tu vecina, "la sofisticada y popular", es un truño, en la que aceptas que no te pareces a los gañanes de tu alrededor, y eso lejos de asustarte, como tiempo atrás hubiera hecho, te llena de orgullo, o sencillamente descubres que el mundo es una gigantesca cagada dominada por imbéciles. Hablo de ese tiempo magnífico en el que sabes que te queda todo por descubrir y no paras de leer todo lo que caiga en tus manos, de ver películas hasta que te duelen los ojos, de hacer listas en las que apuntas todo lo que te falta, sistematizando el vacío, o en el que escribías y creías tener algo importante que escribir. Es ese tiempo en el que vas a escuchar esos discos por primera vez. Joder, esa temporada es lo más parecido que he encontrado a un subidón natural y permanente, y aunque no exento de conflictos, me encantaba. Luego vienen diferentes venenos, el del endiosamiento, el del hastío y el del cinísmo, pero hoy no toca hablar de esto.
El libro "Payasos en la Lavadora" es una historia divertidísima de un poeta que cae en una espiral destructiva pero que a la vez tiene una extraordinaria clarividencia para ver realmente todo lo que le rodea. La historia está llena de referencias a la "alta cultura" (Marcuse, Pirandello, Kirkegaard) y a la vez a infinitos guiños a la cultura pop (el flag golosina, los jipis de la flauta, el hombre rata) lo que la hace muy cercana a cualquiera que encuentre sabiduría verdadera en una conversación con amigos al final de una cena en el chino. Creo que el libro está descatalogado, por lo que les recomiendo que si lo ven por alguna parte lo compren sin dudarlo. En la página de Alex de la Iglesia en el Club Cultura de la Fnac tienen colgados los cinco primeros capítulos en pdf .
Durante un temporada estuve prestando el libro a todo aquel que se cruzaba en mi camino, como un profeta con el evangelio. Una vez estuve a punto de perderlo a si que decidí que lo demás se evangelizaran solos. En los siguientes veranos lo releía, aunque ya no era lo mismo, las carcajadas pasaban a risas y las risas a muecas de asentimiento. Los chistes y la historia eran igual de buenas, pero yo ya había cambiado.
El problema es la capacidad de sorpresa. Los niños cuando tienen un par de años son estupendos porque son reactivos a todo, sea algo extraordinario o no a ellos se lo parece. A algunos adolescentes esa capacidad de sorpresa, de absorción de todo se les vuelve a despertar. Un día de estos tengo que volver a releer el libro.
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Esperamos ansiosos Los Crímenes de Oxford.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Provincianismo


Releyendo Aurora Roja, libro que publicó Pío Baroja en 1905, me encuentro con este estupendo pasaje en el que los protagonistas salen a una verbena y Juan, el escultor anarquista que lleva el pelo largo, es increpado con sorna por unos individuos tabernarios:

"- Esto es lo que no pasa en ningún lado -dijo Juan-. Sólo aquí hay este afán de insultar y de molestar a la gente... Es muy desagradable eso de no poder ir a ningún lado sin que alguien trate de ofenderle a uno. En el fondo de esto -dijo después burlonamente- hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes veía jugar a la raqueta a dos señores, uno gordo, bajito, con una gorrita en la cabeza, y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero de paja. Yo iba con un español y un inglés, , y el español, como es natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos, verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de personas que les miraban muy serios, el español dijo: "esto no podría pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su juego". "Sí -contestó el inglés- ése es el espíritu provinciano, propio de un pueblo pequeño; pero a un inglés de Londres no le asombra nada, ni por muy grande ni por muy ridículo que sea".

Aunque dudo mucho que lo lean, que lean algo, que sepan que es un blog o sencillamente que sepan que internet es algo más que el "mesenller", dedico este post a todos aquellos que sueltan al aire frases del tipo: "pos´mira que pinta lleva ese".

En la foto elegantes mods barceloneses circa 1980, foto tomada de aquí.


miércoles, 29 de agosto de 2007

Umbral, un dandy castizo

Francisco Umbral era un personaje autoreferente.

Para los más jóvenes, esas chicas, por ejemplo, que se hacen fotos a contrapicado, imitando a Eisenstein sin saberlo, para colgarlas en los myspace y poner cachondos a sus pretendientes informáticos, era alguien absolutamente desconocido, pese a haber escrito una de las mejores novelas en lengua española de la segunda mitad del siglo XX, Mortal y Rosa (1975).

Para la gente que ronda la treintena, como yo, Umbral era un viejo con el pelo blanco que un día montó un chocho tremendo en un programa de la impresentable de la Milá porque quería hablar de su libro.

Supongo que para alguien con veinte o treinta años más, como mis padres, Umbral era un escritor que en los estertores de la dictadura se destapó como "el snob", que en el fondo daba lo que se esperaba de un escritor heterodoxo, de un tipo raro pero inteligente.

Umbral hacía años que había muerto, pero no porque él quisiera, si no porque vivía en un país que ya no era el suyo. No era la ciudad de provincias vallisoletana, ni el Café Gijón ya mítico en su llegada. No era el Madriz de la movida, donde una niña pija vestida de punk quedaba bien al lado de un cincuentón con botines y chaqueta cruzada de botones dorados. Era un país diferente, en el que él se había situado en un lugar cómodo, en ese lugar donde los escritores progresistas críticos con el reformismo son acogidos por la reacción como mascotas exóticas. El otro lugar es la izquierda antisistema, y ahí no hay mesa en Lardy ni oneroso cheque a fin de mes.

Recuerdo que hace unos años una simpática reportera rubia de un programa pretendidamente humorístico le pregunto a Umbral que opinaba de " Operación Triunfo". No se que redactor le escribió la pregunta a la rubia, pero o bien era un genio o bien un absoluto imbécil. Cualquier otro personaje serio, es decir, un tipo que recoge premios de manos del rey, hubiera despreciado a la muchacha del micrófono. Umbral sin embargo la miro con deseo, para luego contestar: "Yo estoy con Bustamante, ese muchacho se juega el andamio" y elevando la voz y mirando a los impertérritos comensales de su mesa "¡se juega el andamio!".

Umbral fue nuestro Valleinclán postmoderno, no se porqué al Marqués de Bradomín yo le ponía cara de Umbral. Supongo que en la adolescencia uno tiende a continuar con esa necesidad infantil de identificar todo, pero especialmente aquello que resulta turbador, con elementos que conoce.

En su novela "Las Ninfas" (1975) aparecía una frase de Baudelaire antes del comienzo de la historia, y que creo que no le vendría mal como epitafio:

"Hay que ser sublime sin interrupción"


La foto es de María España, mujer de Umbral, y está tomada de el periódico El Mundo