Mostrando entradas con la etiqueta Principios de supervivencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Principios de supervivencia. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de diciembre de 2010

Aquel tipo de andar inconfundible.



Aquel tipo era un personaje, pero de los buenos, de los de verdad, de los de clase y actitud, de los de aura en blanco y negro. Y no había empezado siendo tan diferente, más allá de llevar a la gente de su alrededor un par de discos y libros de ventaja, un poco de agilidad en la conversación o el encanto del golfo entrañable que siempre deja tras los besos un morderse el labio en la chica.

Lo que pasa es que probablemente había comprendido demasiado rápido un par de cosas del mundo que le rodeaba, del polvoriento trastero en lo que se había convertido todo. No es mal camino empezar por oposición, es más fácil saber que es lo que no se quiere ser que hacia donde se quiere ir.

No le gustaba la ropa ancha, como de permanente atleta de domingo con el pelo engominado. No le gustaba la carencia de opiniones, el dejarse llevar por el criterio infame del telediario de las nueve. No le agradaban demasiado los snobs, la gente que hace que entiende de vinos y copia las formas de vida de las revistas de tendencias. No se sentía cómodo con los que hacen chistes incómodos y de mal gusto en el peor momento, con los que llevan la vergüenza ajena a modo de dorsal y no se dan cuenta, con los reaccionarios de toda clase. No comprendía la tendencia al envasado, al plástico y al colorín, al artificio, a la pantalla y al espectáculo, a lo aséptico de las luces y suelos de centro comercial, al blanco fluorescente. No era correspondido por demasiados, pero los que le comprendían le amaban.

Era fácil, porque era de verdad. No siempre estaba acertado, y aunque podía defender una posición con la tenacidad de un soldado atrincherado, sabía cuando era el momento de la retirada o la disculpa. A veces es preferible perder a hacer daño o ponerse a la altura del insecto reptante.

Era fácil quererle porque le gustaban los zapatos limpios, los pañuelos bien anudados o las imperceptible corbatas que dividían su mitad como solía dividir el espacio en los bares con su mirada. Quizá su vida no era el catálogo que reparte el médico al paciente. Bebía, pero nunca para perder la compostura, fumaba, algo más de lo recomendable, pero nunca quemaba los sillones. Le apasionaba la música en analógico, esa música que se percibe en el aire y que atrapa a los que nunca han estado demasiado cuerdos. Leía, sin excesos, tomaba los libros como las delicias de un plato. Entre otras cosas porque sabía que había que construir una novela con la vida, una obra de arte permanente, de vanguardia inclasiflicable. Nunca anduvo bien de dinero, pero siempre se las componía para no resultar un vulgar sacacuartos.

Sabía quienes eran sus amigos y quien sus conocidos. Elegía con certeza a los enemigos. Gentil con el débil e implacable con el fuerte. Azote del lugar común, de la memez de catálogo, del gusto acomodaticio. Era de los que cedían el sitio en la acera, salvo que el que viniera de frente no se lo mereciera. Abría el paragüas con maestría.

Actitud, puede que no siempre la acertada, pero actitud propia, trabajada, cincelada a base de tomar lo mejor de aquel personaje de esa película grandiosa, de aquel secundario con tanta gracia. No bastaba con querer ser de una forma, había que conseguirlo, o al menos intentarlo. Siempre en el camino se encontraban verdades a las que agarrarse.

Puede que un día de estos se lo encuentren pidiendo al lado suyo, del brazo de esa chica del vestido blanco y el pelo llameante, o de aquella otra de la falda de tubo y el Berlín de los años veinte por tocado, o bailando como si sintiera que aquello que suena fue compuesto para ese momento. Puede que le vean en la cola del super sin meter prisa a la cajera. Le dedicará una sonrisa y una frase bonita que haga más llevadero el día a esa mujer de uniforme feo pero de sueños tan razonables como los suyos. Si le ven fíjense bien, es posible, que ahora que empieza el año, quieran parecerse a él.

A lo mejor ya es hora de saber sonreír a la vida cuando toca y si no ofrecer nuestro mejor gesto socarrón cuando no.

lunes, 23 de agosto de 2010

La actitud

Se trataba de eso, de ser diferentes, de tener una cultura propia. De no tener que agachar la cabeza por venir de donde venimos, por ser quien somos, por encajar tan poco con el hueco que nos habían reservado.

En los barrios de Londres o Nueva York, que son para el mundo de la contracultura lo que el aire a la vida, existía algo entre los estrechos márgenes que dejaba la sociedad oficial, la abrumadora normalidad, que se acababa filtrando entre los ladrillos. Era la actitud.

La actitud reflejada en su pelo, en el gesto incisivo a la cámara de fascinación burguesa por el raro, el lúmpen, el extramuros, el working class encarado y orgulloso. La actitud en sus zapatos, en el abrigo, en la pulcritud inversa a la suciedad de las calles por donde andaban.

Y no sé que hicimos con ella, donde la perdimos, donde la dejamos abandonada.

Hay una gran diferencia entre lo actual y lo moderno, entre el original y el pastiche, entre los principios y la tendencia. Entre creernos lo que queremos ser y fingirlo, entre ser apasionados o unos cínicos.

Ustedes eligen si merece la pena intentarlo.

La foto es "Teenage Couple on Hudson Street" y está tomada en el 62 por la mítica Diane Arbus

jueves, 22 de abril de 2010

Tirando piedras

Luces indirectas lacerantes, diseño visual de 2001 para vender filetes envasados. Me paseo con el carrito por los pasillos y en vez de comida veo una pugna de colores y abstracciones visuales combatiendo por colarse en mi lista de la compra. Recuerdo ir a comprar con mi abuela al mercado de San Fernando, en Lavapiés, donde la comida se veía, y no estaba oculta en envoltorios tan aberrantes que parecen salidos de alguna alucinación ácida.

Voy por la calle y estoy a punto de ser atropellado por un todoterreno enorme, que brama gastando litros de gasolina como yo gasto inútiles insultos hacia el tipo que lo conduce. El coche, con capacidad para siete personas va vacío y me resulta tan fuera de lugar como una moto acuática en el Sahara. El asfalto de Madrid es como una ridícula alfombra por el que rueda un ingenio preparado para combatir en alguna guerra recóndita. Creo que su conductor se equivocó, fue a comprar seguridad, juventud y status y como no tenían envasados le dieron el puto coche.

La calle sólo sirve para dos cosas, o bien como intermedio por el que te desplazas para llegar de un punto a otro, o como gigantesco escaparate de tiendas calcadas la una de la otra. Las calles son un centro comercial al aire libre, peatonalizadas para facilitar no la vida a los vecinos, si no para dirigir a los consumidores de una forma más eficiente. Viendo la oferta deduzco que el capitalismo avanzado ofrece unos bienes de consumo tan ridículamente parecidos que no creo que haya demasiada diferencia con los almacenes estatales de la antigua URSS. Bueno sí, allí la ropa era más barata.

Intento tomarme una cerveza con mi chica en alguna terraza de algún bar de verdad. La llevo a lugares que son como secretos de sociedad hermética, comunicados al oído por otros supervivientes del vendaval de estupidez. Si no los conoces estás perdido. Acabarás en algún bar temático para modernos, con precios vergonzosamente caros y tapas asombrosamente ausentes. Eso sí, podrás sentirte dentro del tópico conveniente: país exótico, París para ñoños, el Korova sin Álex y lleno de pijos.

Tópicos convenientes, imágenes que conducen al cementerio de la razón, un espectáculo constante donde la realidad no importa y donde el espectador nunca puede ser actor.

Una calle grande cumple cien años. Las putas de repente son imágenes románticas bajo farolas, sólo se les ven los pies y cuando salen en la telepantalla suena música de acordeón francés (otro tópico más hoy y vomito). Las calles de atrás de la calle grande que cumple años parecen sacadas de un Blade Runner rodado por Eloy de la Iglesia. Dicen que ahora están mejor ya que han sido rescatadas por unos diseñadores de moda cara para gente sin gusto. Creo que Bagdag anda ahora mejor también.

Un violinista de Europa del Este toca esperando unas monedas. El hombre lo hace francamente bien, tanto que no me queda más remedio que pararme y verle mover los dedos por el violín como si fuera un escultor de sonidos de otro tiempo. Pasan unos imbéciles haciendo ruido solo por joder. Su relación con la música se reduce al teléfono móvil, donde pagan por descargarse hamburguesas sonoras casi putrefactas. Creo que las empresas deberían echarse al monte y ofrecer descargas de todo tipo de good stuff (creo que ahora en trendy-lengua se dice así). Si me ofrecen tranquilidad de espíritu, o felicidad completa por sólo un euro el mensaje, yo pico seguro, que quieren que les diga.

Me encuentro una foto de unos chavales tirando piedras. Obviamente sabemos donde está tomada y en que época a la gendarmerie le salían chichones como al mundo le salían conatos de incendio. Creo que está gente se apoyó en el horizonte e hizo un agujero. Se dieron cuenta que era sólo un papel pintado, un decorado de película de bajo presupuesto. Lo que vieron detrás no les gustó nada y decidieron que era hora de cambiarlo. No salió del todo bien, realmente salió bastante mal. Ahora el decorado está bastante conseguido y es a prueba de agujeros, creo que está hecho con tecnología LED. Incluso llevando unas gafas polarizadas por no aparecer no aparecen putas ni otro tipo de gente molesta. Se convierten en mobiliario urbano.

martes, 13 de abril de 2010

De medianías, huidas y reencuentros.


"Haz de tu vida una obra de arte, a ser posible de vanguardia".

"Vivir sin tiempos muertos y gozar sin trabas son las únicas reglas que podremos reconocer”.

Cuantas veces me vi huyendo de la medianía, cuantas veces me vi escalando vallas costumbristas, cercados de tradición, muros de costumbre. La aceptación de lo cotidiano siempre me ha horrorizado.

Recuerdo ser pequeño e intentar escapar del colegio a toda costa. Para mí la metáfora más cercana cuando entre en aquel edificio prefabricado de ciudad de periferia madrileña, con demasiados niños y muy poco presupuesto, eran las películas de cárceles. Emulé la Fuga de Colditz un par de veces, una intentando cavar un túnel, otra construyendo una escala con aros y cuerdas que nos daban en gimnasia. Por supuesto todo acabó mal y mis orejas sufrieron el castigo pertinente, aunque la rojez no fue nada comparado con no poder hacer lo que quería, que en ese momento era estar con mi madre, la máxima felicidad que alguien conoce cuando es pequeño. Lo peor de todo fue darme cuenta que para mis compañeros, unos pequeños salvajes asilvestrados que me daban miedo, aquel intento de fuga no fue más que un juego, un pasatiempo. ¿Cómo podían aceptar con tanta normalidad que les dijeran lo que había que hacer?.

Años después acabé agachando la cabeza, agarrado a un pasamanos en vagones llenos de prisioneros, todos con el aspecto gris de quien le han robado la vida. Ponía la música en mis cascos todo lo fuerte que podía, elevaba la cabeza entre la multitud, y mientras que el metro iba por las catacumbas del sistema, intentaba pensar en lugares mejores. Un día, que como casi todos iba tarde a realizar una ocupación ridícula y sin sentido, me miré en un escaparate mientras que subía Reina Victoria a toda hostia. Vi a alguien que me recordaba ligeramente a mi pero que distaba mucho de quien era yo. Y no era tanto por la ropa, el corte de pelo o el maletín oscuro lleno de cuadrantes de horas, era por los ojos, ojos de derrota, de hastío, de dejadez. Ojos de repetir todos los días una desgracia rutinaria que llevaba a ser un middle class man de zapatos redondos y traje grande.

Y empecé a huir, a correr como quien lleva a la muerte pisándole los talones, era un Ichabod Crane al que no le iba a importar derrumbar todo lo que había a su paso con tal de escapar del jinete sin cabeza. Y normalmente cuando comienzas una voladura incontrolada en medio de una ciudad superpoblada, haces daño a alguien que no tiene la culpa de nada. Son las víctimas de nuestra vida, de nuestra desesperación por escalar el cerco de una vida asalarida de centros comerciales e hipotecas a interés variable.

Hoy pensaba en el último libro que he regalado y he tenido una sensación curiosa, la de que había vuelto a aquel vagón de metro del que era pasajero hace algunos años. No valen sustituciones de ninguna clase, no valen componendas posibles con la normalidad enmascarada en los neones nocturnos. Las líneas de cualquier tipo acaban delimitando siempre.

Este libro en el que el azar, pero sobre todo las decisiones que se toman para vivir una vida excluyente de toda etiqueta, fue como el impacto de un rayo en un momento, hace mucho, en el que mi razón se había ido de vacaciones. Porque en esas páginas se habla sobre todo de pasión, de emocionalidad, de creer realmente que podemos salir de los raíles y hacer, o intentar, hacer lo que nos plazca.

La forma de vivir que me gusta radica en irte a Belfast a ver un concierto de dos grupos que nadie recuerda y no a una puta playa. Eso son declaraciones de principios. Quiero estar con gente que no me mire raro cuando le hable de letristas disfrazados de curas asaltando el altar de Notre-Dame, porque los squares son odiosos, pero lo son más aún los impostores. Porque las ideas no surgen de la nada, y me sigue pareciendo una muy grande fabricar máquinas de humo caseras, secuestrar a las jirafas de la cabalgata de reyes o sustituir cuidadosamente algunas páginas de un código penal y reescribirlas a nuestro antojo. Porque incluso aunque lo inverosímil de todo esto nos haga descartarlo, es muy bonito imaginarlo.

Porque la vida puede ser lo que queramos, porque es cuestión de elegir, de situarte, de ser un dandi subterraneo, porque está bien pensar que se puede ser un personaje de novela, porque tenemos que hacer algo si creemos merecerlo.

lunes, 12 de abril de 2010

Deconstrucción



Recuerdo que el murmullo de la calle subía hasta tu piso como una tormenta lejana a bordo de un barco. Como la luz azul del previo amanecer se colaba por entre las hojas de madera, trayendo un frío ligero, el suficiente como para que pudiera taparte con mi camiseta. El sueño entrecortado, una Ben Sherman de cuadros tirada en la silla, un zippo inglés guardado en el cajón, a modo de pequeña aliciente para la memoria.



Recuerdo restaurantes italianos cambiados de nombre, con parejas vecinas de escasa conversación. Me acuerdo de miradas de sorpresa ante emblemáticos hoteles, del diccionario del dandi, de declaraciones en bares que no existen y rabietas de niña delante de estupefactos barrenderos. Música como tarjeta de presentación y entrevistas ajenas tomando un absurdo sorbete.



Recuerdo un bar de jazz con pinchos de jamón, J.F.K. en la tele y una mesilla válida para escribir una nota de suicidio. Recuerdo los sillones de cuero, Rastros de Carmín y mi falta de costumbre ante semejante actriz italiana. Los aperitivos de señora mayor, carpaccio y escaladas a camionetas abandonadas. Instalaciones en museos que querriamos para casa. Recuerdo los secuestros en estaciones de tren, a los vecinos de Southampton y hacer el Peter Seller con un paragüas en la mano.



Recuerdo pequeños gestos heroicos de no respetar nunca el horario de vuelta. Creo que salvamos de la quiebra a más de una compañía.



Recuerdo apariciones estelares en el trabajo, comida en Recoletos, festivales de consumo que sólo vi por ti. Pastas inglesas por encima de nuestras posibilidades, una bolsa de la Motown en perpetuo movimiento. Bajar un domingo a por golosinas, como quien va a asaltar un castillo fantasmal. Recuerdo un día triste en el que no pudiste estar a mi lado, doblarte las camisetas y ayudarte con la ingeniería escandinava. Recuerdo el hielo formándose sobre el cristal de tu ventana. Recuerdo el obligado silencio en momentos de orquesta wagneriana.



Recuerdo helados de chocolate en tardes libres, mantas rojas y sábados de discos raros. Especial inquietud por colocar las latas, dejar los zapatos por cualquier parte, asaltar mis camisetas sin orden alguno. Barry Lindon y Lolita, las semanas de quince días, tus tontos saludos ante el telefonillo, tus mejillas frias en invierno. Recuerdo el espejo de la entrada, el odio (merecido) a mis cortinas, la curiosa relación entre las mañanas y esa especial fisonomía de tu cara.


Recuerdo todos y cada uno de los momentos, de los detalles. Son estos y no los grandes momentos los que construyen la vida de la gente, los que dan sentido a todo.

martes, 6 de abril de 2010

La allnighter (un año después)


Llegamos a la estación de autobuses, de nuevo el aeropuerto para pobres, y encontramos la cafetería reformada, intentando aparentar sofisticación cuando solo debería ofrecer normalidad. Nos fuimos juntando poco a poco en una mesa, y vi el brillo, el instinto depredador en los ojos, pero no ya en mi, si no en alguno de los que esa noche iban a bailar como sólo un mod lo puede hacer, dejándose la jodida alma en la pista.

Supongo que es curioso ver a un grupo de tipos tan variado subirse a un autobús sin maletas, de nuevo en un viaje suicida, sin equipaje, de los que se hacen sin miedo a no volver. Había un rango de edades tan dispar que para un atento observador externo (de los que no hay, no nos engañemos) podría tratarse de una familia, con tíos, sobrinos, casi padres, pero sobre todo hermanos.

Mis amigos, los de verdad, los que están ahí y saben todo, los que no te ríen las gracias y te dicen lo que has hecho mal, los que te explican que el precio ha sido muy caro, me ponían la mano en el hombro, me apretaban, interesándose por mis heridas como cirujanos de campo, diciéndome que no tenían buena pinta, pero que no me moriría, al menos de momento, al menos esa noche.

Tras horas de un viaje demente, en el que había chistes desesperados, un humor tan concreto y absurdo que parecía un código de una máquina enigma, llegamos a nuestro campo de juego. Yo iba delante porque me apetecía, porque a veces, incluso para los que no competimos y lo de quedar primeros nos da igual, es bonito girarse disimuladamente y ver a la columna en formación, con sus Parkas, sus Harringtons y Pea-Coats, desfilando por las calles del Mediterraneo como si la cosa no fuera con ellos, como un grupo de húsares que se dirigen altivos a tomar una posición muy concreta.

Y me precio de ir con ellos, de ser excéntricos, de tener la heterodoxia tan lejos, y haber superado con creces la mera recreación. Eso era de verdad, tan de verdad como el aire que respiraba cada vez que pensaba en la pelota de tenis golpeando la red y cayendo en mi campo, como el ruido que hacían mis zapatos y el brillo de mis hebillas, como el pendiente que ya no llevo pero que hecho tanto de menos, como el rastro de digna tristeza que iba dejando a cada paso.

Me salto las vueltas y las primeras copas, y las tomas de contacto, y los olvidos por ciudades, y me salto lo que no me apetece poner aquí, porque a veces los chicos no están bien, porque a veces los chicos pierden las cosas con las que juegan demasiado, y la química les puede, y la química les lleva a olvidar el porque hacen tantos kilómetros para poder sentir eso con esa canción, y sentirlo con más gente como ellos, o al menos imaginarlo, pero imaginarlo en grupo.

Y empecé a bailar, y no paré. Y empecé a bailar como si me fuera la vida en ello, con precaución ante la extraña expectación y miradas, pero bailé porque era lo que había ido hacer allí y no pensaba detenerme por nada. Y recuerdo la sala, tan extraña, tan de otro momento, tan de otra gente, como una ciudad ocupada, está vez no por bárbaros, si no por liberadores. Cómo caían los temas, como tuve esa sensación, al menos por un rato, de empezar a sudar, de olvidarme de los pasos y dejar que todo fluyera, de ser un derbiche al punto de perder la conciencia para pagar mis pecados con el baile.

Y sonó Marvin Gaye, no recuerdo el tema, y vi como se me empezaron a abrir las heridas, a salir el egoísmo y la jactancia, el narcisismo y la inseguridad, el ansia, el desastre, la codicia. Sin gente como Marvin estaríamos perdidos, estaríamos a merced de las tendencias, de la manipulación, de las estrategias de mercado. Y me jode porque sé que una allnighter no arregla nada, que determinadas asociaciones están sólo en las cabezas de unos pocos. Pero más allá de eso me hizo sentir humano y falible, me hizo sentir tan solo que me acordé de mi autosuficiencia, de lo que al final nos queda a gente que sabemos los que es perder, pero que no dejamos que se nos arrugue la camisa.

La vuelta me la reservo. Es posible que por momentos, a la luz del día pareciéramos huidos del frenopático, recién expulsados de un ovni, supervivientes de un naufragio en alta mar. Pero volvíamos juntos, sin darnos la espalda, aceptando los excesos y enfrentándonos a nuestros fantasmas, pasados y presentes, algunos más hundidos que otros, pero todos, incluso los más tocados, permaneciendo con la barbilla alta frente a la puta adversidad.

Hoy escribo esto solo, sin cenar, con varias cervezas vacías y una botella de ese escocés que me da cierta constancia ante el teclado. Tengo los ojos hinchados, aspecto de Conde Orlock y una montaña de enemigos que vencer antes de dormirme. Hoy escribo esto acordándome de la allnighter del pasado, de la electricidad y la esperanza, pero también del remordimiento y de la culpabilidad. Pero no me arrepiento, no me arrepiento porque mientras que mis pies bailen, mientras que me sienta humano y libre podré seguir adelante.

(Dedicado especialmente a mis amigos, no hace falta que les nombre, estuvieran o no allí, y a todos aquellos que se emocionan ante una bonito tema de SOUL, de los que ya nadie oye, nadie salvo nosotros).

lunes, 5 de abril de 2010

Estos días


Estos días son de esos en los que se piensa demasiado, sobre lo que hicimos y sobre lo que dejamos sin hacer. Estos días son de nudo permanente en el estómago, de ser atados por los pies y arrastrados por un camino de piedras en punta. Estos días son de esos que quisieras saltar, que nunca hubieran llegado.

En estos días no encontramos las palabras justas, reescribimos torpes frases cuatro veces. Nos quedamos mirando a la tele con los ojos tan abiertos que se nos caerían, tan abstraídos que alguien podría sacarnos un diente (o el alma) y no le prestaríamos atención. En estos días el único consuelo lo encontramos en el sueño, y normalmente es químico.

Estos días son de retorcerse en la cama como un endemoniado, de arquear la espalda y estirar las piernas, de negarnos a nosotros mismos mientras que acercamos lo puños a nuestros ojos y apretamos, hasta que duele. En estos días la cama donde duermo me parece tan grande que necesito atarme una cuerda a la mesilla para no perderme. En estos días he mirado tantas veces al techo de la habitación mientras suspiraba que lo tengo cartografiado a la perfección.

En estos días el mundo pasa a ser una metáfora continua, pasa a convertirse en una identificación en la morgue. Las torres de reloj en rascacielos, los museos con la tierra en el cielo, los paseos por los que nunca pasearemos. Los pequeños detalles, todos ellos, una bolsa, una goma para el pelo, un cepillo de dientes, ese libro, regalo frustrado, que nunca leeremos.

Estos días, en los que llueven piedras, en los que ni si quiera el sexo consuela, en que la traición te vuelve para estallarte en la cara, en estos días quizá sólo podemos conformarnos con alguna canción, con algún pasaje de un libro.

En estos días sólo podemos imaginar quien nos gustaría ser.

jueves, 8 de octubre de 2009

Justicia poética y vulgaridad triunfante


Aquella ciudad huele desde hace años muy mal, tanto que creo llevar parte de ese olor conmigo cuando salgo fuera. Lavo mi ropa a conciencia la noche antes de viajar, pero siempre tengo la sensación de que es imposible quitarme de encima esa atmósfera irrespirable, cerrada, como de olor a cartón húmedo y abandonado.


Veo sus rostros a diario, los de la complacencia, la mendicidad humillante, parecen sacados de una novela de posguerra, de campesinos rogando trabajo en la plaza del pueblo, esperando que el señorito se apiade de ellos y les ofrezca unas horas de explotación a cambio de un platillo de comida caliente y viscosa. Veo esos rostros también cuando me miro al espejo, y creo sinceramente, que son parte del mal olor que impregna todo.


Pero no lo causan, no son la fuente de la podredumbre, la fosa séptica de la que salen cientos de moscas glotonas y repletas de pus. No forman parte nunca de los lugares de los que sale esa pestilencia insistente, de vapor verde y denso, y de sonido metafóricamente tintineante. Los billetes, los cheques y las transferencias no suenan como un saco de monedas que se pasa de una mano a otra, pero su tacto repugna lo mismo, o casi tanto como el cuero sobado y pegajoso que las contiene.


Sois la vulgaridad triunfante, la victoria de lo mediocre, el ascenso de lo podrido hasta la cúspide. Porque esto es importante que os lo recurde alguien, pequeños aprendices de mafioso italiano, es importante. Podéis vestir con trajes caros aunque feos, viajar en berlinas de lujo con chofer, hablar por el móvil como si os fuera la vida en ello, y tratar a los demás con un desprecio inusitado, podéis incluso jactaos con formas toscas y lenguaje tabernario de lo abultado de vuestra cuenta, del encanto exagerado de vuestras hembras de monta, podéis reiros como dementes encima de vuestra pequeña montaña de poder.


Podéis, lo cual no os exime de lo que realmente sois, el producto último de una sociedad decadente, reyes absolutitas dieciochescos, con un genoma tan depauperado que os cuesta manteneros en pie. Sois la gañanada que se ata el pantalon del traje de Gucci con una cuerda, la misma que si tuvieramos algo de dignidad os tendriamos que poner al cuello, aunque sólo fuera por ver vuestro miedo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Mr. Commuter y la felicidad verdadera.


No te atrevas a salirte de la linea, tienes un futuro asegurado, de casa, comodidades y aburrimiento. Domingos por la tarde recibiendo a los vecinos, tomando un café, hablando de las últimas obviedades que la televisión ha vomitado.

La rutina es como el tren de todas las mañanas, como esos tipos de bostezo prolongado que se sientan enfrente de tu cara. Es algo pegajoso, pero a la vez presuntamente agradable por su amable placidez.

Ya no recuerdas cuando fue la última vez que sacaste los pies del tiesto, quizá en aquella cena de empresa en navidad, en la que te permitiste una copa y alguna mirada al escote de tu compañera de cafés en la máquina. Fue un atrevimiento pactado, te conformas con imaginarte, en esos momentos impensables en la misa del domingo, que podías haber llegado algo más lejos. Pero sabías donde estaba tu sitio y el de todos.

La ley está hecha para ser respetada, el lugar común para ser glosado, la tradición para ser venerada. El centro comercial para ser visitado el sábado por la tarde.

Sientes esa extraña emoción cuando las puertas de cristal se abren solas, un cosquilleo te recorre el cuerpo, y te obliga a sacar esa tarjetita verde con la que compras el sucedáneo de emociones empaquetas, listas para ser usadas, sólo tres minutos en el microondas.

Berlina familiar pagada en cinco años, depresión marital compensada con ansiolíticos (las visitas al psiquiatra de tu mujer desgravan en hacienda), hijo presunta promesa de nada, zapatillas de plomo que te mantienen pegado al suelo con seguridad, nunca se sabe cuando puede haber un terremoto, y tu eres precavido, sobre todo precavido.

El mundo está lleno de amenazas, pero siempre está la alarma, el perro ladrando que te protegen. Siempre está esa gente rara, de costumbres raras, con ropas raras y con miradas más raras aun, casi amenazadoras en su orgullo y autosuficiencia. Seguro que se drogan.

Mañana volverá a salir el sol, sonará el despertador y la cuchilla estará brillando sobre el lavabo. El café cortito de café en el bar, junto a la columna impresa de odio matemáticamente trazado. Da gusto oír a los pájaros, las excavadoras y esa moto tronante, todo va como debería de ir. Entras a la oficina, y tu jefe, ese hombre siempre dispuesto a tener un gesto de aliento te mira condescendiente. Y te sientes bien.

Al fin y al cabo, quien querría cambiar cuando se es tan sinceramente feliz.

(Giorgo Birdman, mod capitalino e inquieto danzante de Northern, ha tenido el buen gusto de subir el temazo de Mike Proctor a youtube)

jueves, 2 de julio de 2009

Al final teníamos razón


El saltador de trampolín se dispone a lanzarse al vacío. Cierra los ojos, tensa los músculos, deja su mente en blanco antes del momento, y recuerda que es lo que le ha llevado hasta ahí.

Es posible que a mi me pase algo parecido, ante el gran salto pienso de donde vengo, y que es lo que me ha hecho como soy. Sin exagerar, creo que una de las partes más fundamentales de la vida de una persona son los discos que ha escuchado, los libros que ha leído, las películas que ha visto, y esto es lo único que sabes que no te va a fallar, lo único a lo que asirse en los momentos difíciles.

Siguiendo esa ruta trazada por uno mismo, el azar o la gente que te rodea, me acuerdo de Earth Angel, la canción originalmente grabada por The Penguins en 1954, pero que yo, como supongo la mayoría, escuche por primera vez en esta versión realizada por un grupo inventado para la película Regreso al Futuro.

La escena en que Marty McFly, el chico del salvavidas por chaqueta, toca la guitarra junto a ellos, es una de las mejores de la trilogía de Zemeckis. Todo pende de un hilo, si sus padres no se besan en el baile del encantamiento bajo el mar, él desaparecerá a causa de una paradoja temporal. Todos hemos visto la película una y mil veces, sabemos que acaba bien, pero cuando el protagonista apenas puede sostener la guitarra y encajar un acorde, aun tememos por su suerte. Al final, y coincidiendo con la entrada de los violines, el asustadizo George McFly besa a Lorraine y todo vuelve a su cauce. Es en ese momento cuando casi nos levantamos y aplaudimos y agitamos los brazos en plan deportista exhausto que cruza la meta.

La canción siempre me gustó, pero hubo un tiempo que no lo podía reconocer. Como decir a tus amigos adolescentes que algo de hace cincuenta años te parece estupendo, y además, algo que habla de puro y simple amor. Inadmisible. Para decirte lo que había que oír ya estaban los cuarenta criminales, buque insignia de referencia para los supuestos chicos-en-la-onda de aquel entonces (hoy ya ni eso, están los politonos). Además el cinismo dominante, el nada importa y el todo es mentira, hacían, hacen, imposible declararse pasional, entregado y conmovido.

Supongo, sé, que el vacío a un chico de once años le duele, el sentirse fuera de lugar, absoluta y totalmente ajeno al mundo donde vive. Por eso es agradable mirar atrás con ira y ver que al final ellos eran los que estaban equivocados, ellos eran los que ahora llevan vidas comunes, tristes y desapasionadas. Vidas de esas que no duelen porque siempre están en la misma linea, no como otras, en las que se reciben fuertes golpes por haber subido muy alto.

Al final teníamos razón, por eso, la próxima vez que regalen, recomienden o rueguen a alguien querido que lea, escuche o vea algo que les ha marcado sepan que le están haciendo el favor más grande de su vida.

lunes, 18 de mayo de 2009

Sid Vicious fuera de lugar

¿Cuántas veces me sentí así? Con vuestros ojos clavados en mi, sin ningún atisbo de disimulo, parapetados en vuestro número, en la masa y la normalidad. La primera vez que llevé gabardina al instituto, diecisiete años, patillas despobladas, ganas de comerme el mundo, ahí estabais, con vuestra mirada censora, vuestro asqueroso uniforme de colores, vuestra estúpida sensación de superioridad.

No es sólo el aspecto lo que detestáis, es la incomprensión ante el desconocido refulgente, el no poder encasillarle en vuestras limitadas categorías. Todo tiene que estar etiquetado en el mundo reducido en el que os movéis, todo tiene que llevar un código de barras que os indique la forma de actuar, la chanza más apropiada, la comparación más odiosa.

Me gustaría poder dedicaros palabras de esperanza, de cambio, de confianza, decir que todo cambia, que ha habido tiempos mejores y que quizás vuelvan algún día. Pero ya no tengo ganas, hoy al menos. Hoy sólo os deseo que os hagáis viejos con veinte años, que sigáis hablando en vuestras tabernas de vuestros temas deprimentes, que os sequéis dentro de esos trajes grandes como sudarios.

A nosotros siempre nos quedará el underground, pequeño, sucio y sin futuro. Pero nuestro, construido piedra a piedra por los que nos sucedieron, aislado de vuestros focos y grabadoras, hermético a vuestra maldad cotidiana.

La foto es de Bob Gruen, tomada en un autobús de transporte aeroportuario a finales de los setenta. En ella sale un chico que tocaba en un grupo, del cual todos recordamos su nombre. Del resto no sabemos nada.

domingo, 3 de mayo de 2009

Inmoralidades

"En mayo del año pasado la FAO reclamó 6.000 millones de dólares para atender hambrunas inmediatas. Sólo se recaudaron 4.000. Si es demagogia decir que no dan dinero a la FAO para que luche contra el hambre y, sin embargo, dan miles de millones de dólares a los bancos, para que luego paguen grandes primas a sus directivos o para salvarle la cara a los bancos que han perdido dinero en la pirámide de Madoff Los ciudadanos tenemos que reclamar el fin de esa inmoralidad, no dar un euro más a bancos corruptos que se llevan el dinero a paraísos fiscales, que financian actividades puramente especulativas, mientras hay tanta gente padeciendo."

Juan Torres, hoy, en una entrevista en Público.

La Crisis financiera, guía para entenderla y explicarla, libro en formato .pdf y gratuito aquí.

miércoles, 25 de febrero de 2009

The Honeybus - (Do I figure) In your Life




Preciosismo sonoro, artesanía instrumental, pop melódico tan bien hecho que sólo de escucharlo aprecias la existencia de la música.

Tanto como que algunas cosas no cambien.

-Cambiaste, hiciste nuevos amigos, de esos que sonríen siempre, pase lo que pase, aunque no tengan motivo. De los que proporcionan posición, pero no apoyo. ¿Te acuerdas de mi alguna vez?
Cuando te veo no reconozco a quien conocí. La primera vez que estás con una persona es diferente de todas las demás, es como poner un disco de un gran grupo desconocido pero fundamental, al principio las notas te son ajenas, al poco ya forman parte de ti. Pero las canciones a veces se gastan, y por una cosa u otra ya no son lo mismo. Son los mismos acordes, pero ya no emocionan. ¿Crees que formo parte de tu vida?.

Me sonrojo, casi siento vergüenza de ver lo que prometías, hacía donde querías ir, y como estropeaste todo por tu inacción constante, tu perpetuo estancamiento, tu discurso eternamente circular. Hablabas de acción, de avanzar, de no parar nunca, y te quedaste en el mismo punto, girando como un reloj de trece horas. ¿Aun sigo a tu lado?

-No lo sé, pero podemos poner un disco como este y esperar a que acabe, y luego veremos...

miércoles, 28 de enero de 2009

Salud mental y mantequilla

Mientras desayunaba hace un par de días tuve la certeza de que nunca podremos escapar de nuestro destino adverso. Todo por mirar la tapa de la mantequilla. Bebía la leche apresuradamente, mirando el reloj digital del microondas, cuando se me colaron unas imágenes inquietantes.
Dos negritos sonrientes, dos pequeños africanos felices aunque marcadamente pobres, me miraban con un gesto de agradecimiento abstracto. "Comprando (marca de mantequilla) estás ayudando a alimentar a un niño de (país africano), ellos te lo agradecen".
Me quedo petrificado mirando el objeto, con el pan en mi mano derecha y un ligero temblor en el ojo derecho, que augura tormenta de odio: "Lo habéis conseguido cabrones - pienso, viéndome a mi mismo como a Charlton Heston en el final de Planeta de los Simios- lo habéis conseguido, no sólo me habéis jodido el día, si no que me habéis atacado en la más profunda intimidad, la intimidad del desayuno, del pan con mantequilla".
La situación me pareció pornográfica, grotesca, la absoción del horror más puro, el hambre infantil en un mundo con capacidad para alimentarse varias veces a si mismo, transformada en una estrategia de marketing, en publicidad, en el mal. Los que crean el problema, lejos de ocultarlo, lejos de avergonzarse, nos lo ponen delante, se jactan, y además lo utilizan en su beneficio.
Y el día sólo acababa de empezar.
Entonces me di cuenta que si no escribo esta pequeña estupidez llamada blog, que si no hablo un rato con alguien sobre esta espiral de absurdez peligrosa en la que estamos metidos, mi salud mental peligra.
No vemos, nos leemos, un abrazo a todos.

martes, 26 de agosto de 2008

La música en la posmodernidad


Dándome una vuelta por los fotologs de amiguetes y conocidos veo que uno de ellos se queja de lo insoportable que resulta oir, y digo bien, el tema Merci a todas horas y por todas partes. Surgían detractores del mismo en los comentarios por considerarlo un simple pastiche, que lo es y en mi opinión bastante bueno. También surgían defensores alegando que no todo lo popular tiene que ser por definición malo. Pero esta no es la cuestión.

La música es una creación cultural humana, sometida en estos tiempos, no siempre ha sido así, al mercantilismo en la mayoría de sus manifestaciones. Por tanto podríamos encontrarnos en un primer nivel con que la música se hace por negocio, como una forma de ganar dinero. Sin embargo, desde el surgimiento de la música popular a mediados de los cincuenta el mercantilismo ha estado indisolublemente unido a ella, por lo que no nos serviría como criterio discriminador. Sí nos podría valer el hecho de que aunque siempre se ha hecho música popular para ganar dinero, hubo un periodo en que el negocio surgía en base a factores artísticos. Quiero decir que no es casual que antes de que la industria musical se convirtiera en un monstruo gigantesco, la mayoría de grupos conocidos y rentables, fueran además artísticamente excepcionales.

Sin embargo esto cambia en un momento determinado. El cuando me resulta críptico, ¿principios de los ochenta quizá? ¿depende de la zona?¿Ocurre por igual en todas las corrientes musicales?. Esas preguntas os las dejo a vosotros, y me permito dar un salto al momento actual, que esto es un post no un ensayo de mil páginas.

La música popular actual es posmoderna casi en su totalidad. Posmoderna en el sentido filosófico del termino. Es una música cuya efectividad no se basa en su calidad, que puede tenerla en algunos casos, no es esa la discusión, sino en la repetición a través de los medios. Antes se hacía publicidad de la música, ahora la propia música se ha convertido en publicidad en si misma. Su cometido es repetirse hasta alcanzar el status de mantra, para así pasar a formar parte del imaginario colectivo. La repetición no es sólo de un tema en concreto, se radía la misma canción con distintas formas, sin que nadie parezca importarle.

Los productos musicales actuales, que son eso, tanto como las hamburguesas, no pretenden desarrollarse en el tiempo. ¿Cuantos grupos, solistas de éxito sacan un tercer trabajo?. Su función es obtener el máximo beneficio en el menor espacio de tiempo con los menores costes posibles. Puro neoliberalismo musical. La música es una exageración constante, se encumbra a productos hasta el exceso y se les relega al olvido aún más rápido. El resultado es un devenir constante de pseudoestilos, e tendencias efímeras que ocupan el tiempo del público antes de que a este le de tiempo a reaccionar.

El producto musical carece de referentes, de fondo, de sustancia. No me refiero a que por obligación la música tenga que tener algún tipo de mensaje explicito, no es eso, si no más bien a que la música signifique algo por si misma, sea este significado profundo o intrascendente. Esta idea admito que es difícil de desarrollar, por eso me valdré del ejemplo arrollador: No es lo mismo Bobby Womack que esta rubita de la que hablabamos antes. Esto es, la música surgía de un contexto, de un momento determinado, significaba algo en referencia a la realidad, estaba en consonancia de una u otra forma con una tradición artística que le precedía y daría a su vez una nueva evolución. El producto espectáculo de ahora surge de forma artificial, y adquiere elementos de otras corrientes creando un sincretismo repugnante e incoherente.

No estoy haciendo con esto una reivindicación acrítica del pasado. No se trata de que cualquier tiempo pasado sea mejor, idea triste como poco. Simplemente existe una evolución cronológica negativa. Los grupos musicales de interés siguen surgiendo, la diferencia es que ahora son o bien completamente ignorados o absorbidos y desnaturalizados.

Pero ¿y el público?. En consonancia con las circunstancias. Poneos en la situación de conocer a alguien, por ejemplo en un trabajo, y que a la pregunta de ¿Qué música te gusta?, responde: A mi toda. Toda, exactamente, ninguna. Yo pensé que mentían, y que ocultaban su falta de conocimiento en este ámbito con una exageración. Pero no, realmente les da igual más allá de unas ligeras caracterizaciones, que coinciden con los estantes de los centros comerciales, en el que el "pop-rock" es el máximo exponente de la nada y el todo. No existe evolución ni aprendizaje, no se empieza por algo y se bucea cada vez más profundo, ya que no existen los referentes ni los significados, más allá de imitaciones de segunda o tópicos superficiales. Este verano hemos asistido a la culminación del despropósito musical en un festival como el Rock in Rio, en el que los asistantes celebraban tanto su masividad como la imposible mezcla de estilos en su cartel.

Contrariamente a el cinismo general creo que no está todo perdido, siempre crece algo en las grietas de las rocas. ¿Cómo es posible que pese a la masividad, insistencia, repetición del aparato de sonido unitario aun quede gente que sea inmune a este virus? No lo sé, pero conozco infinidad de personas, inscritas en diversas escenas y contraculturas al margen de la corriente mayoritaria, que siguen disfrutando de la música viva y real. Gente que va a conciertos en bares pequeños a ver a grupos desconocidos, que bailan discos antiguos no como un acto nostálgico, si no como una celebración presente de la vigencia de esos sonidos, que escuchan la vanguardia, lo más nuevo, buscando sensaciones diferentes a las habituales, o simplemente que cometen el estupendo crimen de gastarse medio sueldo en un vinilo. No pongo ejemplos, cada uno tendremos los nuestros, tan diferentes y la vez tan parecidos.

martes, 15 de julio de 2008

Congelaciones veraniegas, crisis y mudanzas

Ciudadano preocupado por la quiebra de Martinsa-Fadesa


Sirva esta entrada de aviso a posibles lectores de que este blog no está abandonado, simplemente se encuentra en periodo de congelación obligatoria a causa de una mudanza del autor del mismo, y a la incompetencia de las compañías de telecomunicaciones españolas, incapaces de instalar un línea telefónica y un adsl en una ciudad de 200.000 habitantes al sur de Madrid.

Por otra parte, y como deduzco que el mundo puede seguir girando de momento, sin las actualizaciones de este tratado de navegación de la vida moderna, esperaré a Septiembre para retomar la actividad, a no ser que aparezca algún vecino generoso que comparta amablemente su wi-fi.

Aunque es verano, y si cabe la estulticia se hace más patente en todos los poros de las maltrechas mentes humanas, los malos siguen conspirando, no en las sombras si no a plena luz del día. Por eso les recomiendo encarecidamente la lectura del Blog Ganas de Escribir, del profesor de Economía Juan Torres. Este buen hombre tiene mucho criterio en el tema económico y lo explica de una forma entendible, incluso a neofitos en la cosa económica como usted, querido lector. Y en estos momentos de confusiones interesadas, de ocultaciones y juegos de manos, nos tenemos que acordar quien tiene la culpa de que le suba la hipoteca o le hechen de su trabajo.

Saludos y buen verano.

lunes, 5 de mayo de 2008

Trabajo y tabaco


Si a un fumador le preguntamos por qué fuma probablemente la respuesta sea que el tabaco le proporciona algún tipo de ventaja: tranquilidad, concentración, confianza, placer..., por tanto podríamos deducir que la persona que consume tabaco lo hace porque internamente cree que fumar añade algo a su vida. La realidad, científica, comprobada, es que es justamente al contrario.

El tabaco, y más concretamente la nicotina, lo que hace es crear las necesidades que no existían previamente a su consumo: nerviosismo, dispersión, inquietud, desasosiego..., que precisamente surgen cuando falta, y que, aquí viene lo más grave, fumar es lo único que las puede calmar.

Con el trabajo asalariado ocurre algo muy parecido. Si a un trabajador le preguntamos por qué trabaja probablemente nos conteste que trabajando puede comprar cosas, pagar facturas, en definitiva, hacer frente a necesidades y obtener ventajas. La realidad es que, al igual que el tabaco, es justamente al contrario.

La sociedad de consumo, de la cual el trabajo asalariado, es parte ineludible y esencial, es quien nos crea un profundo desasosiego, una inevitable necesidad de participar en ella. Y la única forma que la mayoría tenemos de hacerlo es trabajando, para transformar la incertidumbre en certeza y el nerviosismo en tranquilidad, para calmar una inquietante necesidad artificial asumida. Pero lo peor de todo no es esto. Si no que por este mecanismo acabamos venerando a quien nos hace sufrir, otorgando el papel de bombero al pirómano, alimentando a la propia irrealidad.