martes, 20 de octubre de 2009

El blanco y negro y el jazz

Creo que nací en una época equivocada. Intuyo que hubo un momento en el que todo parecía tener importancia, en el que las cosas no daban igual, y en el que la diferencia entre lo que era interesante y lo que era prescindible, era tan grande como una brecha abierta en la tierra por un río de proporciones continentales.
Lo sé cuando escucho a Billie Holiday en algún recopilatorio de la Atlantic, con una producción tan elegante que pienso que el disco debería venir envuelto en una funda a medida hecha con mohaire. Oigo la voz de esta mujer, y más allá de enciclopedismos musicales, de aficiones pasajeras, lo que percibo es contenido.
Quien canta tiene que tener algo que decir, y no me refiero a un mensaje explicito, si no a un interés vital que se acaba marcando en las notas que salen de su garganta. No es un producto ensamblado en un laboratorio por técnicos en el arte de vender, es carne, humo, dificultades, entereza y abnegación. Es la vida hecha música.
Pienso que tenemos la suerte de que en esos momentos había fotógrafos dispuestos a pintar los cuadros del siglo XX, a recoger con su cámara en un sólo momento, practicando un decó inverso, tantas horas de esa gente que sólo tenía su música para hacerse valer. Uno de ellos fue Herman Leonard, quien capturó imágenes en las noches del Mahattan de los cincuenta, en el que era normal poder ver cada semana a Dizzie Gillespie, Charlie Parker, o Duke Ellington enseñando a los que no se acostaban pronto que era aquello llamado La Música.
Y por encima de consideraciones fotográficas, la gran diferencia entre un retratista de las fiestas del Upper East Side y de este fotógrafo era estar. Estar en los sitios en los que sucedía la vida carente de sucedáneos, alejada de las componendas, las sonrisas de plástico y los tipos de gesto adusto con más dinero que educación.
Hoy me cuesta encontrar esas fotos y esos lugares, pero sobre todo me cuesta encontrar a gente, de esa que se denomina creativa, que sepa cual es la diferencia entre el sabor de un whisky sólo y un combinado de bebida energética, entre un button-down y una camiseta arrugada de 200 euros, y entre que las cosas tienen importancia, más allá del dinero que generen, por lo que significan en realidad.

sábado, 17 de octubre de 2009

Gracias

Perteneciste a una generación mucho más valiente que la mía, más preocupada por lo que realmente importaba, por lo real, y supongo que quien ha vivido una guerra con catorce años, quien ha visto pasar hambre a sus hermanos pequeños, nunca en su vida pierde el norte, siempre distingue lo accesorio de lo fundamental.

Tuve la suerte de pasar los años de mi niñez a tu lado. Quizá por eso eche tanto de menos los despertares tranquilos en tu casa, la mía, de Mesón de Paredes. Me acuerdo, en esos años previos de ir al colegio, de oírte cantar en la cocina tus coplas andaluzas, de oler el café y de hacerme el dormido cuando venías a despertarme y darme un beso. Me acuerdo del tacto de tu mano, o de las historias que me contabas sobre tu pueblo de Jaén, o del Madrid de los años cuarenta.

Recuerdo que siempre estabas hablando de tus nietos con esas expresiones tan sentidamente humanas. Te gustaban los veranos en los que nos juntábamos y comíamos los bollos de la Calle de Encomienda, hasta que casi nos poníamos malos. Supongo que el apego por las cosas sencillas, la alegría que nos transmitías aunque no tuvieras ganas, la educación y el respeto hacia los demás son cosas que siempre te deberé.

Me quedará la deuda de no haberte podido devolver lo que hiciste por mi, más allá de poner unas torpes y apresuradas palabras que se repetirán y ampliarán en las horas que tengo por delante para despedirte. Me quedan muchas cosas por contar de ti, me quedarían cientos de páginas con tantas ocasiones que viví a tu lado.

Gracias.

viernes, 9 de octubre de 2009

El desayuno


La presentadora habla en la tele con una cara de preocupación fingida, como si todas las noticias, luctuosas en su totalidad, la afectaran personalmente. Su voz, inaudible por el muro de sonido de la clientela, la da un aspecto de muñeca animatrónica, de rubia pija profesional más interesada en su aspecto que en el último asesinato adolescente. La seriedad siempre es fingida cuando cada día luces un nuevo peinado en pantalla.


Pido un café con leche y dos porras, desayuno castizo destructor de estómagos, pero más sincero que los enrevesados diseños de establecimientos con nombre de crucero espacial. Me asombra el momento de calma que me proporciona abrir el sobrecito del azúcar y volcarlo en el vaso, siempre en vaso, mientras que ya tengo el cigarro encendido en la boca, humeando, haciéndome guiñar los ojos por el humo.


Dos tipos jóvenes hablan detrás mía sobre lo cansados que están, uno dice que está mayor. Es asombroso que gente joven, que tiene toda la pinta de vivir bien y haberse acostado pronto el jueves, esté cansada. Pienso que a lo mejor están cansados de si mismos, de su hipoteca, su adosado en el noroeste y de sus corbatas anchas de colores chillones. Que mal gusto tiene la gente para las corbatas en esta ciudad.


Unos obreros discuten a voces. Visten con el uniforme oficial de currela, pantalón azul de mono y camiseta publicitaria de tienda de deportes de su barrio. Uno lleva un metro amarillo a la cintura, como una pistola métrica que le sirve para medir el tiempo que le queda hasta volver a su sofá. Estos son de verdad (demasiado), no actúan, hablan de fútbol y uno de ellos, menos interesado por el balón, mira la contraportada del periódico deportivo, escrutando las curvas de la jamona del día.


Llegan unas funcionarias de un ministerio cercano, de las que pueblan las calles a las diez y pico y siempre van en grupo. Por su forma de hablar, más bajo de lo habitual y agarrándose el brazo unas a otras, diría que están hablando de sexo. No sé si del artículo de la revista de turno para mujeres maduras pretendidamente liberadas, del nuevo que ha entrado y que está cañón o de la hazaña de su marido la noche anterior (lo dudo). Lo que sí sé es que una de ellas, con un ahuecado anclado en los noventa, parece sentirse incómoda. Mira a las cañas de crema buscando una salida a tan bochornoso momento.


Miro los estantes donde están los aperitivos, de cristal y metal barato dorado. A esta hora los acaban de cocinar y aun están calientes. Empañan el vidrio y crean una atmósfera irreal, ayudada por la luz blanca del fluorescente oculto, síntoma de un intento de sofisticación fallida. Ese vaho me traslada unos años atrás y unos miles de kilómetros al este. Vi lo mismo mirando otros aperitivos en una ciudad asiática. Me pregunto si algún ex-turista de ojos rasgados sentirá lo mismo en esos momentos, dentro de uno de los bares de las estaciones de tren, llamadas Eki por ellos. Simultaneidad, me gusta pensar en los lugares donde he estado, moviéndose todos a la vez, en conjunto, como un mecanismo imcomprensible y relacionado.


Vuelvo a la realidad. Ahora la rubia pija profesional de la tele, mamá y experta en microorganismos estomacales, está en una telepromoción. Después de sufrir un rato por la violencia doméstica toca epatar con colchones de tejidos creados por la nasa. El camarero hace un comentario sobre lo agradable que resultaría yacer con ella en esos jergones de tecnología punta, pero no lo dice así, claro.


Tengo el café casi terminado. Es imposible acabárselo del todo, siempre queda algo en el fondo. Un par de servilletas, casi transparentes por el aceite de las porras están arrugadas en el plato. Diez minutos, poco más o menos y tengo que volver a mi sitio rápido. Mañana será igual pero diferente. Mañana me pido un bollo.
(La foto que ilustra este texto está sacada de aquí)

jueves, 8 de octubre de 2009

Justicia poética y vulgaridad triunfante


Aquella ciudad huele desde hace años muy mal, tanto que creo llevar parte de ese olor conmigo cuando salgo fuera. Lavo mi ropa a conciencia la noche antes de viajar, pero siempre tengo la sensación de que es imposible quitarme de encima esa atmósfera irrespirable, cerrada, como de olor a cartón húmedo y abandonado.


Veo sus rostros a diario, los de la complacencia, la mendicidad humillante, parecen sacados de una novela de posguerra, de campesinos rogando trabajo en la plaza del pueblo, esperando que el señorito se apiade de ellos y les ofrezca unas horas de explotación a cambio de un platillo de comida caliente y viscosa. Veo esos rostros también cuando me miro al espejo, y creo sinceramente, que son parte del mal olor que impregna todo.


Pero no lo causan, no son la fuente de la podredumbre, la fosa séptica de la que salen cientos de moscas glotonas y repletas de pus. No forman parte nunca de los lugares de los que sale esa pestilencia insistente, de vapor verde y denso, y de sonido metafóricamente tintineante. Los billetes, los cheques y las transferencias no suenan como un saco de monedas que se pasa de una mano a otra, pero su tacto repugna lo mismo, o casi tanto como el cuero sobado y pegajoso que las contiene.


Sois la vulgaridad triunfante, la victoria de lo mediocre, el ascenso de lo podrido hasta la cúspide. Porque esto es importante que os lo recurde alguien, pequeños aprendices de mafioso italiano, es importante. Podéis vestir con trajes caros aunque feos, viajar en berlinas de lujo con chofer, hablar por el móvil como si os fuera la vida en ello, y tratar a los demás con un desprecio inusitado, podéis incluso jactaos con formas toscas y lenguaje tabernario de lo abultado de vuestra cuenta, del encanto exagerado de vuestras hembras de monta, podéis reiros como dementes encima de vuestra pequeña montaña de poder.


Podéis, lo cual no os exime de lo que realmente sois, el producto último de una sociedad decadente, reyes absolutitas dieciochescos, con un genoma tan depauperado que os cuesta manteneros en pie. Sois la gañanada que se ata el pantalon del traje de Gucci con una cuerda, la misma que si tuvieramos algo de dignidad os tendriamos que poner al cuello, aunque sólo fuera por ver vuestro miedo.

jueves, 1 de octubre de 2009

El último tren



Se levantó más pronto de la habitual, en ese momento en el que aun no es de día pero ya no es de noche, cuando la luz es de un azul profundo y acurruca todo lo que toca. La casa, breve, y pobremente moderna, estaba en un silencio que amplificaba cada paso sobre la madera, y que sólo se rompió cuando ella ronroneó levemente desde la cama.

Era preciosa, dormida aun más que despierta, con esa inaccesibilidad amable, tan cerca pero tan hundida en sus curiosos sueños, que siempre, los días normales, le contaba en algún momento del desayuno. Se acordó de lo bien que lo habían pasado todo ese tiempo, de lo completo que se sentía, de lo cerca que habían llegado a estar. Hoy sería la última vez que la vería, y aunque él, no se iba a poder enterar, estaba seguro de que nunca le perdonaría por lo que iba a hacer, incluso aunque le comprendiera, incluso aunque estuviera de acuerdo.

Miraba una taza de metal blanco que tenían en la cocina, antigua y no usada, con un roce en la laca que la cubría y que llegaba hasta el borde azul. Se la encontró un día en una tienda del barrio, de esas que parecen museos de ciudades extinguidas, de antiguas culturas enterradas por el ruido, y que le recordaba, casi con dolor, a una que había visto tantas veces de pequeño. Con el sabor de esa época oyó la moto cerca del portal, pequeña, insistente, como un niño golpeando una lata rítmicamente.

Cogió su bolso cuadrado de cuero negro y bajo las escaleras rápido, haciendo ruido con sus botas de punta, que asomaban orgullosas bajo unos estrechos pantalones color vino. Llevaba un jersey de cisne negro, y un cinturón con una hebilla rectangular plateada, como una insignia de las que explican muchas cosas a quien sabe entenderla. Al llegar a la calle y ponerse su gorra de plato miró a la ventana, aun estaba a tiempo de retroceder, de quitarse la ropa y volver a la cama con ella. Aun estaba a tiempo de volver a situarse detrás y ponerle la mano sobre la tripa, mientras que le olía el pelo. Pero no era una cuestión de tiempo, era de principios, alguien tenía que hacerlo.

Se subió a la parte de atrás y golpeó al conductor en el hombro un par de veces, pasándole el mensaje de que estaba listo, de que no era momento de dudar, de que estaba seguro de que aunque lo que fuera a hacer no iba a valer para nada, alguien lo tenía que llevar a buen puerto . No por orgullo, ni por ética o justicia, lo iba a hacer por enseñarles que es el miedo, que es sufrir, que es sentirse vulnerable. Lo iba a hacer por ponerles un ejemplo práctico, directo, diametralmente comprensible, de lo que era que tu vida no te perteneciera.

Lo había visto muchas veces, había gritado a la tele incapaz de comprender como se podía encerrar tanta maldad en tan pocas pulgadas. Intentó cambiarlo, hacer lo que pudiera, hasta que se dio por vencido, hasta que vio que su control no se basaba en la coacción o el chantaje, en el miedo o la duda, se basaba en apropiarse de lo más profundo de las personas, sus ilusiones. Y ya habían llegado.

Se despidió brevemente de su acompañante, leve conocido, cercano a la gente con la que se había juntado en los últimos tiempos, y que tan claro tenían lo que él había intuido durante años. Sólo tuvo que andar un par de calles que se sabía de memoria, tocar el metal en el bolsillo interior de la cazadora de ante, repasar lo que había diseñado tantas veces en su cabeza. Saldrían por la puerta de cristal giratoria, camino del aeropuerto, a donde nunca llegarían si él era sólo algo más rápido.

Sólo necesitaba velocidad, asombrosos reflejos entrenados como resortes de una máquina binaria, engrasados, tan acoplados como movimientos del mecanismo dentado del reloj de torre que le decía que estaba en el lugar exacto en el momento justo. Sólo necesitaba velocidad.

Y todo fue muy rápido. Apenas se dio cuenta de lo que había pasado hasta casi antes del final, hasta ese momento en el que las letras siguen en la pantalla, pero la música ya se ha terminado.

Lo había conseguido, y ahora él también estaba en el suelo, notando el olor del dinero en su boca, manchando la ropa por varios puntos, que había elegido para acabar de una forma digna. Era tan normal que nadie le había seguido nunca, no estaba en sus fichas, no representaba un peligro. Era sólo un tipo raro al que la gente miraba en el metro, al que mirarían al día siguiente en una foto bajo una manta térmica.

Pero antes de eso, antes del final, antes del chasquido y del blanco en la pantalla, justo antes de que se enciendan las luces y suene el último acorde, volvió a acordarse de la chica que se estaría levantando. Y empezó a escuchar una canción, como a veces antes de dormir del todo, que venía de dentro, de su propia cabeza. Y empezó a viajar al norte, a viajar al norte, para encontrarse con ella y no volver más.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Mr. Commuter y la felicidad verdadera.


No te atrevas a salirte de la linea, tienes un futuro asegurado, de casa, comodidades y aburrimiento. Domingos por la tarde recibiendo a los vecinos, tomando un café, hablando de las últimas obviedades que la televisión ha vomitado.

La rutina es como el tren de todas las mañanas, como esos tipos de bostezo prolongado que se sientan enfrente de tu cara. Es algo pegajoso, pero a la vez presuntamente agradable por su amable placidez.

Ya no recuerdas cuando fue la última vez que sacaste los pies del tiesto, quizá en aquella cena de empresa en navidad, en la que te permitiste una copa y alguna mirada al escote de tu compañera de cafés en la máquina. Fue un atrevimiento pactado, te conformas con imaginarte, en esos momentos impensables en la misa del domingo, que podías haber llegado algo más lejos. Pero sabías donde estaba tu sitio y el de todos.

La ley está hecha para ser respetada, el lugar común para ser glosado, la tradición para ser venerada. El centro comercial para ser visitado el sábado por la tarde.

Sientes esa extraña emoción cuando las puertas de cristal se abren solas, un cosquilleo te recorre el cuerpo, y te obliga a sacar esa tarjetita verde con la que compras el sucedáneo de emociones empaquetas, listas para ser usadas, sólo tres minutos en el microondas.

Berlina familiar pagada en cinco años, depresión marital compensada con ansiolíticos (las visitas al psiquiatra de tu mujer desgravan en hacienda), hijo presunta promesa de nada, zapatillas de plomo que te mantienen pegado al suelo con seguridad, nunca se sabe cuando puede haber un terremoto, y tu eres precavido, sobre todo precavido.

El mundo está lleno de amenazas, pero siempre está la alarma, el perro ladrando que te protegen. Siempre está esa gente rara, de costumbres raras, con ropas raras y con miradas más raras aun, casi amenazadoras en su orgullo y autosuficiencia. Seguro que se drogan.

Mañana volverá a salir el sol, sonará el despertador y la cuchilla estará brillando sobre el lavabo. El café cortito de café en el bar, junto a la columna impresa de odio matemáticamente trazado. Da gusto oír a los pájaros, las excavadoras y esa moto tronante, todo va como debería de ir. Entras a la oficina, y tu jefe, ese hombre siempre dispuesto a tener un gesto de aliento te mira condescendiente. Y te sientes bien.

Al fin y al cabo, quien querría cambiar cuando se es tan sinceramente feliz.

(Giorgo Birdman, mod capitalino e inquieto danzante de Northern, ha tenido el buen gusto de subir el temazo de Mike Proctor a youtube)

miércoles, 26 de agosto de 2009

El concierto de Jazz

Llegue a aquella ciudad sobre las nueve de la noche, el viaje había sido estúpido, una mala planificación de autobuses y había perdido la jornada entera. No tenía pensado parar allí, iba más hacia el norte, pero era mejor eso que estar toda la noche en un asiento mínimo acompañado de un señor que hacía ruido al respirar.

Busque un hostal, barato y cercano a la estación, de los de habitación de muebles exhaustos y una mesita en la que sólo se puede escribir una nota de suicidio o colgar los pantalones. Decidí hacer lo segundo y poner la tele, al día siguiente saldría pronto. En media hora la cabeza me daba vueltas, no había por donde agarrar el mando a distancia, y entre esposas infieles y teleproducciones bastas, acabé andando por la calle, buscando un sitio para tomar algo.

El plano de muchas ciudades de provincias, el sentimental, no el urbanístico, es muy parecido, y me sentía algo observado, como si llevara un cartel que dijera "extraño", en palabras fosforescentes de tipografía publicitaria japonesa. Un bar, oscuro y con gente pensando en beber sería un buen habitáculo para las siguientes horas. Ahora sólo me faltaba encontrar uno, cosa difícil teniendo en cuenta mi manía persecutoria y mi odio hacia la música convencional. Según caminaba con las manos en los bolsillos del peacoat, se me agarro a mi visión lateral una ventana con gente sentada, mirando a un escenario, donde había unos músicos empezando algo. Concierto de Jazz, que en aquellos momentos sonó como "muchacho, esto lo hemos pensado para ti y para ahora".

Visita a la barra, abriéndome paso entre la gente a modo de insecto reptante, cerveza fría y un sitio al fondo. Me venía como un traje a medida, perfecto para pensar que iba a hacer mientras que hacía que atendía al concierto con la mirada perdida.

Entre recuerdos groseros de mi última y desastrosa camástrofe, presiones laborales por no entregar a tiempo lo que mi escuálida imaginación no desarrollaba, la vi. Fue una epifanía hormonal, una corriente eléctrica recorriéndome la espalda, un uppercut de boxeador experimentado. Me hubiera gustado decirme que no estaba bien, que no estaba bien recibir un destello de flash decimonónico por una de las tipas que tocaba en el combo. No era buen negocio seguro, tendría a su novio por allí, al final tendría que hablar con mucha gente, recibir las felicitaciones y los besos, hacerse la simpática, sin tiempo de atender a un desconocido de aspecto cansado y ojos hundidos por pesos inconfesables. Pero este tipo de cosas no se planifican, no se cuadra el impacto del meteorito ni se abre el obturador en el momento en que cae el rayo, te golpea y te ciega, te aturde y sólo quieres una cosa.

Durante lo que duró la interpretación me dedique a seguirla visualmente, a caminar con mis ojos sobre su cara, captando sus gestos, ese labio mordido o ese pelo por la frente. Al acabar me situé a una distancia prudencial, viendo que era más bonita de pie que sentada, deseando agarrarla con mis manos, observando como reía con desconocidos y los golpeaba como pelotas de tenis lanzadas por una máquina. Esperando mi oportunidad de sacar los colmillos y devorar a la presa, aunque sintiéndome fuera de mi hábitat, fuera de mi campo de juego habitual.

Y en nada dos cervezas, tres, cuatro, reuniendo el valor necesario, juntando las fuerzas adecuadas, trazando la estrategia para tomar la posición. Decido situar mi mirada sobre ella, nos cruzamos. Choque de trenes, se me acelera la respiración, es intenso, podría andar por el aire si quisiera. Me acerco, la tengo a cuatro pasos.

Y sí, el tiempo va más despacio, puedo ver casi los átomos girar, la risas grotescas de unos borrachos moviendo sus facciones como gelatina, los mecheros encenderse con un fulgor de chispas explosivas.

No me mira con superioridad, ni con condescendencia ante el posible fracaso, intuyo deseo, leve, contenido, potencialmente inflamable. Me abre la puerta con un ligero movimiento de sus párpados, pasa, inténtalo y procura no fallar, no te voy a dar una segunda oportunidad, me dice arqueando su cara.

- Pero ¿y tú? ¿y tú de donde has salido?

lunes, 24 de agosto de 2009

Emmy Hemmings

"Apareció en el centro del cabaret con cintas alrededor del cuello, la cara como de cera. Con el pelo amarillo muy corto y un vestido de terciopelo escaso y oscuro y con rígidos volantes, era algo absolutamente distinto al resto de la humanidad... vieja y estragada... Una mujer posee infinitos matices, caballeros, pero desde luego, uno no ha de confundir lo erótico con la prostitución... ¿Quién puede impedir que esta chica que ya es la mismísima histeria... se hinche hasta constituir una avalancha? Cubierta de maquillaje, hipnotizada con morfina, absenta y la llama color sangre de su eléctrica versión de Gloire, una violenta distorsión de lo gótico, su voz brinca sobre los cadáveres, se burla de ellos, trinando conmovedora como un canario flauta".

Ravien Sirluai en Die Akction citado por Greil Marcus en Rastros de Carmín.

martes, 18 de agosto de 2009

Comiendo Techo

- ... y entonces empezó todo, era como tener fiebre, joder que horror
- Estuviste comiendo techo
- No que va, no estaba despierto estaba en un estado de somnolencia, del que no me podía despertar aunque quisiera, y circulando por lo peor de mi
- Eso mismo, comiendo techo

Te has sumergido demasiado profundo y no puedes salir a la velocidad que quisieras, sientes la falta de aire, ves el límite que separa el agua del exterior, sus ondulaciones, no te pones nervioso, lo procuras, pero empiezas a sentir el cosquilleo en tus pies y manos, el agobio en tu cerebro, la quemazón en tus pulmones. Normalmente acabas elevándote por encima del agua, tomando una bocanada en el momento preciso, sintiendo el aire más limpio, intenso y fresco que nunca. Pero lo pasas mal, muy mal.

Os veía frente a mí, con la mayor de las perversidades en vuestras cuencas, graznando odio y no veía donde asirme. Lo que más me dolía era la gente que conocía, en quien confío, como se retiraban, miraban para otro lado, no intervenían pero tampoco ayudaban. Y yo necesitaba su respaldo más que nunca.

Había algunos que se mostraban especialmente crueles, enseñando esos detalles antes del ataque que te hacen temerlo, pavoneándose de conocer tus más secretas debilidades, saltando con un cuchillo entre los dientes. Intentaba razonar con ellos pero el juicio ya estaba visto para sentencia, ya había solución final para mi persona.

En algunos momentos en los que no podía más me planteaba que nada era de verdad, que no podía estar pasando, y que todo mi sufrimiento partía de un dato falso. Me daba cuenta entonces y podía sacar la cabeza del agua y respirar. Me valía de poco, sólo para seguir circulando entre las oquedades de mis subconsciente.

Yo mismo corregía la narración, como un guionista judío trabajando en una sit-com inversa donde no había risas enlatadas, sino carcajadas hirientes. Aportaba un nuevo dato que me llevaba a descartar mi suspicacia, y volvía a meterme en el círculo de insidias y de dolor, de incertidumbre ante lo que se avecinaba.

Y así seis o siete horas.

Cuando desperté definitivamente parecía un tipo arrastrado por una caravana en medio de Arizona, pero con camiseta sudada a modo de única vestimenta. No se trata de lo que nos ponemos en la bandeja de plata, se trata de nosotros mismos, de abrir determinadas puertas de golpe y encontrate todos esos sinceros monstruos de la razón que esperan para clavarte los colmillos.

lunes, 17 de agosto de 2009

El festival (Euroyeyé)

Sólo nos quedan los recuerdos, pensaba mientras encendía el ordenador y abría las puertas para que entrara algo de aire nuevo en el zoo de ácaros donde trabajo. Tres semanas de asueto programado, de descompresión permitida y de nuevo en la negritud asalariada de un Madrid caluroso, polvoriento y permanentemente levantado, como sufriendo una insurrección del tercer mundo al mando de máquinas sacadas de una película de desastres futuristas.

Hace nada volvía por el paseo de San Lorenzo a algo parecido a una casa. Los amaneceres siempre son bonitos, pero en Gijón, con un traje de tres botones lo son más todavía. Intentamos mantener la compostura, no siempre lo conseguimos, pero al menos mantenemos la dignidad. Seis días festivos prácticamente sin interrupción, y al acabar la allnighter me gusta ver a la gente como se disemina por entre las calles, sentados en los bares tomando un café, o la enésima copa. Parecen dandis derrotados por el maquinismo, artesanos de la estética con el pelo revuelto por la humedad, húsares en plena retirada, con la chaqueta en la cabeza, señalando el desastre, participando en la performance.

Hay gente que nos acusa de que todo es mentira, de pretender revivir un momento que no es nuestro, que no nos pertenece, que no es de ahora. No han comprendido nada, y muchos de ellos comparten pista con nosotros, que no bailes. Algunos no revivimos, vivimos, ponemos al día sonidos que nos pertenecen, porque sin nadie que los oyera, sin nadie que los bailara, estarían muertos, no tendrían sentido. Algunos se acercan con una curiosidad malsana, mirando con condescendencia a los adolescentes de treinta y pico que deslizan con dinamismo milimétrico sus zapatos de punta y tartán por el suelo. Vivimos en una noche más que vosotros en un año, porque entre otras cosas, no nos queda más remedio, aceptamos gustosos el título de césares de la basura, y ponemos algo de color en vuestras vidas de sillón orejero y normalidad indie.

Todo festival es mejorable, sobre todo por la conformidad musical de algunos profesionales del plato. Quizá me gustaría ver a más gente de verdad y a menos adosados de plástico, de uniforme imposible de comprender fuera de esas cuatro paredes. Quizá me gustaría poder prescindir de los paraísos artificiales, y coger sólo la electricidad del soul. Pero soy de memoria selectiva, y me quedo sólo con lo bueno, con lo que me gustó de verdad, con las caras de mis amigos, con toda esa gente a la que saludo e intercambio tres palabras cuando me gustaría que fueran trescientas, con esos desconocidos con quien compartes miradas de complicidad al sonar ese tema, al ejecutar ese paso tan jodidamente difícil.

El año que viene, en la dieciseis edición del Euroyeyé espero volver a ver amanecer en San Lorenzo, a atusarme las patillas, convertidas por el sudor en dos abrevaderos de hamsters, echarme las manos a la cara, frotármela y ver que aun seguimos allí, que pese a todo, los buenos esta vez hemos ganado.

(En la foto, Felix Explosión, alma-mater del Euroyeyé. Instantánea tomada por Felipe Ottofree, gran fotógrafo, mejor persona.)