miércoles, 20 de enero de 2010

El invernadero, Días de Vino y Rosas

La lluvia no cae del cielo, se desploma. La casa, sumida en medio de la tempestad, deja ver una luz a través de una de las ventanas del piso de arriba. Se deduce, erronamente, una calidez amable, de dormitorio donde se lee a Virginia Woolf, se mira a los ojos o se piensa en la preparación de la comida del día siguiente.

Dentro hay una pareja. No permanecen impasibles mirando al techo en camas separadas, saltan sobre la cama con una felicidad tóxica, hasta que caen al suelo, se desmoronan con estrépito de cien años de problemas ocultos y enterrados. Al intentar reponer sus vasos al estado deseado caen en la cuenta que la botella ya no va a dar más de sí, está exhausta, sus risas se vuelven nerviosas.

Él, en otro tiempo alguien a quien tu jefe hubiera confiado sus secretos, se agarra a la temeridad, a ese pensamiento posibilista que explota en las cabezas de todos los que alguna vez hemos necesitado algo y no lo hemos tenido. Y lo hemos necesitado no como el agua o la comida, no como el sexo, el sueño o el amor, si no como la química descompensada dentro de nuestras cabezas.

Sale por la ventana, desciende por un árbol con un júbilo inaudito, avanza unos pasos y está tan cubierto de agua como lleno de ansiedad por dentro. Tiene que llegar al invernadero donde se esconde lo que ansía, tanto, que ese momento no valen las matemáticas, las consideraciones, teorías o precauciones.

Al entrar el agua hace resonar los cristales como unas neuronas a las que les falta el estímulo, como unas serpientes que han recibido demasiado sol y poco alimento. Enterró la botella en tiesto, recordó la clave, el numero de pasillo más el número de maceta. Sólo unos pasos hasta el único polo norte magnético que importa en esos momentos.

No da con ella a la primera. Risa nerviosa, autocomplaciente, cómplice de una posible anécdota que contará entre sus sábanas a la mujer que le espera seminconsciente en la habitación. No da con ella a la segunda, ni a la tercera, números, claves, confusión, nudo en el estómago, ganas de vomitar, cabeza fluyendo a una velocidad eléctrica por un mar de densa gelatina.

Surge el enemigo abstracto pero necesario, alguien carente de forma pero que necesita ser creado para recibir la andanada de cañonazos de la frustración dictatorial que se ha apoderado de todo.

- ¿Quien sois vosotros, quién, por que me la ocultáis? - ladrando inútilmente al vació con una planta arrancada de cuajo.

La palabras dejan espacio a las acciones, al ate, la ceguera demente que impide ver como el invernadero sucumbe ante un tornado sub-humano. Las fuerzas cesan, solo queda llorar en el suelo, cubierto de tierra y cadáveres vegetales aun latientes, belleza efímera y tan débil como la personalidad de un adicto.

La botella aparece semienterrada hasta que la mano la agarra con ternura de padre. Ya sólo queda clavarla en el esófago y dejar que todo se torne raro, palpitante, oscuro, ya sólo queda esperar la nada, solo.

miércoles, 13 de enero de 2010

La noticia

Llegué a casa a la hora acostumbrada y encendí la tele en cuanto entré. Me senté con el abrigo y permanecí con el mando en la mano viendo los últimos minutos del programa previo al informativo. Unas imágenes de un desfile de moda se mezclaban con un amago de música. Las letras ocupaban la pantalla como una cortina de profesionalidad que ocultaba inútilmente las metas inalcanzables con las que bombardean a la gente. Cuando el presentador saló en pantalla dando las buenas noches, me puse aún más nervioso. Los titulares desfilaron como píldoras de comprensión de la realidad, y al llegar a la sección de cultura ella apareció en la pantalla brevemente.

Disponía de unos veinte minutos hasta el final de las noticias de deportes, y sabía que, a menos que hiciera algo, el tiempo se haría tan sólido que me costaría respirar. Fui a la habitación y me puse ropa algo más cómoda, encendí la calefacción y entré al baño un momento. De fondo oía a un político justificarse de una forma tan burda que cualquier otro día hubiera hecho un corte de mangas a la pantalla, un esfuerzo inútil de venganza personal ante la mediocridad dominante.

En la cocina empecé a llenar un plato con unas patatas. Creo que desde que se fue seguí comprándolas como un homenaje a la gastronomía de combate que seguíamos en aquella época. Miré el cuchillo que había en la tarima y me pareció más amenazador que de costumbre, brillante y afilado, como las frases que me dedicó la última vez que nos vimos.

Me senté de nuevo y abrí un botellín frío. Me gustaba el tono opaco que el vaho daba al cristal. La cerveza llenó el vaso, primero inclinado y luego girado para sacar la espuma justa. Me sorprendió, cuando la conocí, que fuera incapaz de hacer tan sencillo movimiento. Siempre tuvo la incapacidad más notable para las cosas cotidianas.

Un futbolista se había lesionado. Las imágenes del momento en que se rompía aparecían desde distintos ángulos. Con cada una me dio la sensación de que aquel deportista era una persona diferente, la misma cara de dolor se transformaba a cada toma. Ella siempre me acusó de no saber con quién estaba hablando, a qué atenerse, de contar con diferentes caracteres con los que tenía que convivir.

Cuando di otro trago más y el vaso estaba en a mitad, apareció en la pantalla. Estaba algo más mayor, pero tan guapa como siempre. Había ganado el premio en el festival y llevaba un vestido rojo con un escote tan provocador que se intuía el gesto de burla hacia casi todos. Su pelo era algo más corto, y a la vez que intentaba quedarme con sus palabras y atrapar su voz en mi mente, no podía dejar de mirar sus labios, tan de actriz italiana, tan insinuante como un cuerpo bajo unas sábanas.

El presentador despidió el informativo con una frase de un ingenio tan escaso que apagué la tele de inmediato para que no se mancharan mis recientes recuerdos.

Si hubiera podido verme desde fuera, hubiera tenido una expresión congelada, una vista mirando un horizonte lejanísimo, unas arrugas marcadas a los lados como un muñeco de ventrílocuo tirado en un rincón.

Me acordé de su olor los sábados por la mañana, de lo mal que según ella le acariciaba el pelo, del primer periódico que compramos juntos y de sus zapatos con un lazo por cordones. Me metí otra vez entre su cuello y su hombro y la besé ligeramente, le compré un billete de metro con un euro que me sobraba y la vi mezclar mostaza con ensalada. Cada patata que quedaba en el plato era como una estatua derribada.

Tuve una angustia de las que te hacen respirar como un pez fuera del agua al preguntarme si ella recordaría siquiera mi nombre. Apreté el puño y sentí como las uñas se me clavaban en la piel. Me concentré en el dolor físico, para intentar apagar la procesión de tambores aragoneses que bajaban en riada por mi cabeza.

Sonó la llave de la puerta y apreté instintivamente el mando para que se encendiera la televisión de nuevo. Apareció un hombre de aspecto ruso con un traje de lentejuelas haciendo unas pompas de jabón enormes mientras el público aplaudía.

-¿Qué haces? - me preguntó mi mujer sin mucho entusiasmo.

-Nada, lo de siempre, ver la estupideces de la tele -contesté mintiendo con una falsedad tan propia de mí, que pude comprender en ese momento porqué ella me había dejado.
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La foto es del flickr Ecstasy and wine de Felipe Ottofree.

martes, 12 de enero de 2010

Atravesando el tunel



Estábamos atravesando el túnel en la pequeña moto, una lambretta del 62, y el sonido del pequeño motor se amplificaba como horas antes lo habían hecho los acordes del concierto del que acabábamos de salir. El aire de la calle había atenuado un poco la sensación de eco mental del alcohol, pero el mascar de mandíbulas y los ojos de búho seguían tan presentes como la desorientación del navegante que conducía la pequeña scooter italiana:


- ¿Sabes por donde vas, F.? - Le pregunté sabiendo de antemano el resultado de la respuesta y la realidad de la pregunta.


- Obviamente - dijo marcando cada sílaba a gritos como un martillo neumático - Yo nunca me pierdo en Madrid, pero en estos túneles de mierda los carteles los ha puesto un demente.


Giré la cabeza alertado por un ruido de dios griego en pleno conflicto, y un camión enorme, alemán y enorme, nos pasó por el carril de al lado. La comparación más parecida que se me ocurre es la del tiburón de la película de Spielberg arrasando a un pececito de acuario. La moto bandeó peligrosamente, pero las ruedas, no mucho más grandes que un flotador infantil, mantuvieron la compostura. Cuando vi las farolas de la calle al final de la salida del túnel pensé en los astronautas llegando a Cabo Cañaveral después de una misión problemática. El camino que siguió hasta nuestro objetivo, un bar de viejos que abría pronto, me sirvió para componer una lista de mentiras plausibles que justificaran mi previsible ausencia al trabajo del día siguiente, aunque también para darme cuenta de lo rápido que cambiaba todo en tan sólo unos meses.


- Pon dos tercios de Mahou bien fríos - nuestra cerveza preferida por proletaria y castiza - y un plato de pincho moruno, por favor - dije con una pretendida serenidad y una educación muy valiosa frente a un camarero de sesenta leyendo el ABC


- Pero pinchos sin pincho, o sea, la carne sin el palo, en el plato, bien hecha, con un poco de picante, me entiendes, ¿no? - F. siempre tan previsor en cuanto a la presentación de las delicias gastronómicas de fin de noche


El camarero se fue a por los tercios sin decirnos nada, más allá de un simple gesto de aceptación profesional. Miré a mi alrededor y vi una máquina tragaperras mostrando sus luces como un pavo real electrónico, un chino fumando con un café y un par de barrenderos que miraban nuestra indumentaria extrañados. Supongo que no acababan de encajar un par de tipos de veintimuchos vestidos con trajes estrechos de rayas apoyados en la barra de metal plateado y zapatos italianos de punta pisando cáscaras de cacahuetes.


- Necesito hacerlo - le disparé en la cara a F.


- El qué, ¿invadir de una vez Polonia? - me dijo con su cara acelerada mientras que se metía un trozo de pincho moruno en la boca.


- No en serio joder, necesito hacerlo, es de recibo, él lo hubiera hecho por nosotros, se lo debemos.


- Mira, no le conocías, no sabes como era, es posible que hasta fuera un imbécil - me decía F. mirando a un par de tipos que acababan de entrar y que habían empezado a hacer los recurrentes comentarios en alto acerca de nuestro pelo modelo casco romano del año 10.


- Me da igual como fuera, me importa cero, lo que quiero decir es que se lo debo, esa canción me cambió la vida. ha sido lo más cercano a una epifanía que he tenido y me parece que...


- Sois como una aberración - me interrumpió F. dirigiéndose a los dos andobas - sois un detrito posmoderno, una pesadilla de marketing - metro sesenta y pico de F. contra la innegable condición hercúlea de los atónitos torpes de la mesa, músculo, bronceado y camisas de solista televisivo.


- Déjalos tío - le dije con una convicción de ejercito en retirada y anticipando la dolorosa tragedia que se nos venía encima.


- Míralos, son como si se los hubieran inventado un par de caricaturistas borrachos - me decía a gritos mientras que los hermanos castigo y dolor se empezaban a levantar y parecían querer devolvernos el primer impacto dialéctico de una forma física.


En ese momento oí música divina en la calle, trompetas de ángeles salvadores, San Miguel con su espada flamígera acercándose con sus legiones de querubines, ruido familiar de vespas primavera, GT de tres tiempos. Eran ellos y habían llegado en el momento justo. Le tiré el dinero al camarero y agarré a F. de la americana, le saqué del bar mientras que disparaba con el dedo a los increpadores de portada de revista y abrí la puerta viendo la luz del amanecer más bonita que nunca. Eran nuestros amigos que se habían retrasado intentando hacerse a unas poperas con el habitual fracaso anunciado - ¿Arrancáis o os empujamos? - dijo R. que solía ser nuestro consultor en materiales ácidos y uno de los chavales de treinta y pico más majetes que he conocido nunca.


Me monte de paquete agarrándome a las protecciones traseras, sentí la vibración del minúsculo motor de cuarenta años cien veces parcheado, el aire del centro de Madrid que me daba de nuevo en la cara, la sensación de sentirme vivo de verdad, más allá del salario, la costumbre y la aceptación. Creo que es cuando lo supe, si no le rendía el último homenaje todo aquello no tendría ningún sentido.

miércoles, 21 de octubre de 2009

La invitación

Me topé con él hace unos meses. Fue uno de esos encuentros casuales y reiterados, más dados por el azar de la costumbre que por deseo propio. Estoy acabando la carrera, y he dejado un par de asignaturas para el final de la mañana. Pensé que sería buena idea sacarme un dinero repartiendo gratuitos a la salida del metro, como chica siempre me había jodido acabar currando en algún trabajo típicamente femenino.

Apareció por allí al contrario de las riadas de asalariados que en una estación más o menos central salen de ella por la mañana para volver a ocultarse por la tarde. He supuesto que vive en la zona y va a estudiar, o tiene un trabajo nocturno, de esos que nadie piensa que alguien haga pero que todo el mundo echaría de menos si no se hiciesen.

Trabajando frente a tanta gente te acabas volviendo invisible, y quitando alguna señora que saluda y el barrendero que insistentemente me intenta invitar a "uncafetitoguapa" creo que me podían haber cambiado por un mono amaestrado y nadie se hubiera dado cuenta. Lo que si se desarrolla ante la hora y pico de dar el periódico es una capacidad analítica bastante importante, más por aburrimiento que por interés real. Al principio te llaman la atención los elementos que más destacan, ese bigote grande o esos zapatos tan de fulana cara que lleva la secretaria de la gestoría. Pero luego pasas a los detalles imperceptibles, de investigador social, como ver a un tipo de mirada perdida, nervioso y repitiendo ropa dos días seguidos. O se alargó demasiado la reunión o no dormiste en casa y temes no haber hecho lo correcto.

Y sí, he de reconocer que con él no me hizo falta esforzarme demasiado para verle. Su ropa no era rara, en el sentido de escandalosa, pero destacaba de alguna forma entre el resto. Pantalones tobilleros con el reborde cosido en amarillo, botas de piel vuelta marrones y cepilladas, jerseys de cisne asomando por encima de una parka verde. Y siempre afeitado y con el pelo despuntado cayendo por delante de las orejas.

Creo que he tardado más de lo debido en haberle dicho algo, cosa que no se me ha dado mal nunca, pero no me apetecía que me tomara por una repartidora aburrida y desequilibrada. Hasta que esta mañana ha sido él el que se ha decidido a hablar, más o menos:

- Ten, seguro que si vas te gusta, que ya era hora de que te diera yo algo a ti. - Y me ha pasado un pequeño flyer.



Antes de que dijera nada iba escaleras arriba, con un paraguas que llevaba del cuerpo en vez del mango. Y sí, a lo mejor me paso a saber en que anda metido este chico tan pulcramente raro.

La ilustración que acompaña a esta pequeña excusa para anunciar la fiesta de arriba es de Óscar SP, Mod pucelano afincado el el territorio independiente de Malasaña, ponediscos e ilustrador. Podéis ver su trabajo en Bizarre Studio. Y sí, sobre el libro 50 años de Motown ya hablaremos...

martes, 20 de octubre de 2009

El blanco y negro y el jazz

Creo que nací en una época equivocada. Intuyo que hubo un momento en el que todo parecía tener importancia, en el que las cosas no daban igual, y en el que la diferencia entre lo que era interesante y lo que era prescindible, era tan grande como una brecha abierta en la tierra por un río de proporciones continentales.
Lo sé cuando escucho a Billie Holiday en algún recopilatorio de la Atlantic, con una producción tan elegante que pienso que el disco debería venir envuelto en una funda a medida hecha con mohaire. Oigo la voz de esta mujer, y más allá de enciclopedismos musicales, de aficiones pasajeras, lo que percibo es contenido.
Quien canta tiene que tener algo que decir, y no me refiero a un mensaje explicito, si no a un interés vital que se acaba marcando en las notas que salen de su garganta. No es un producto ensamblado en un laboratorio por técnicos en el arte de vender, es carne, humo, dificultades, entereza y abnegación. Es la vida hecha música.
Pienso que tenemos la suerte de que en esos momentos había fotógrafos dispuestos a pintar los cuadros del siglo XX, a recoger con su cámara en un sólo momento, practicando un decó inverso, tantas horas de esa gente que sólo tenía su música para hacerse valer. Uno de ellos fue Herman Leonard, quien capturó imágenes en las noches del Mahattan de los cincuenta, en el que era normal poder ver cada semana a Dizzie Gillespie, Charlie Parker, o Duke Ellington enseñando a los que no se acostaban pronto que era aquello llamado La Música.
Y por encima de consideraciones fotográficas, la gran diferencia entre un retratista de las fiestas del Upper East Side y de este fotógrafo era estar. Estar en los sitios en los que sucedía la vida carente de sucedáneos, alejada de las componendas, las sonrisas de plástico y los tipos de gesto adusto con más dinero que educación.
Hoy me cuesta encontrar esas fotos y esos lugares, pero sobre todo me cuesta encontrar a gente, de esa que se denomina creativa, que sepa cual es la diferencia entre el sabor de un whisky sólo y un combinado de bebida energética, entre un button-down y una camiseta arrugada de 200 euros, y entre que las cosas tienen importancia, más allá del dinero que generen, por lo que significan en realidad.

sábado, 17 de octubre de 2009

Gracias

Perteneciste a una generación mucho más valiente que la mía, más preocupada por lo que realmente importaba, por lo real, y supongo que quien ha vivido una guerra con catorce años, quien ha visto pasar hambre a sus hermanos pequeños, nunca en su vida pierde el norte, siempre distingue lo accesorio de lo fundamental.

Tuve la suerte de pasar los años de mi niñez a tu lado. Quizá por eso eche tanto de menos los despertares tranquilos en tu casa, la mía, de Mesón de Paredes. Me acuerdo, en esos años previos de ir al colegio, de oírte cantar en la cocina tus coplas andaluzas, de oler el café y de hacerme el dormido cuando venías a despertarme y darme un beso. Me acuerdo del tacto de tu mano, o de las historias que me contabas sobre tu pueblo de Jaén, o del Madrid de los años cuarenta.

Recuerdo que siempre estabas hablando de tus nietos con esas expresiones tan sentidamente humanas. Te gustaban los veranos en los que nos juntábamos y comíamos los bollos de la Calle de Encomienda, hasta que casi nos poníamos malos. Supongo que el apego por las cosas sencillas, la alegría que nos transmitías aunque no tuvieras ganas, la educación y el respeto hacia los demás son cosas que siempre te deberé.

Me quedará la deuda de no haberte podido devolver lo que hiciste por mi, más allá de poner unas torpes y apresuradas palabras que se repetirán y ampliarán en las horas que tengo por delante para despedirte. Me quedan muchas cosas por contar de ti, me quedarían cientos de páginas con tantas ocasiones que viví a tu lado.

Gracias.

viernes, 9 de octubre de 2009

El desayuno


La presentadora habla en la tele con una cara de preocupación fingida, como si todas las noticias, luctuosas en su totalidad, la afectaran personalmente. Su voz, inaudible por el muro de sonido de la clientela, la da un aspecto de muñeca animatrónica, de rubia pija profesional más interesada en su aspecto que en el último asesinato adolescente. La seriedad siempre es fingida cuando cada día luces un nuevo peinado en pantalla.


Pido un café con leche y dos porras, desayuno castizo destructor de estómagos, pero más sincero que los enrevesados diseños de establecimientos con nombre de crucero espacial. Me asombra el momento de calma que me proporciona abrir el sobrecito del azúcar y volcarlo en el vaso, siempre en vaso, mientras que ya tengo el cigarro encendido en la boca, humeando, haciéndome guiñar los ojos por el humo.


Dos tipos jóvenes hablan detrás mía sobre lo cansados que están, uno dice que está mayor. Es asombroso que gente joven, que tiene toda la pinta de vivir bien y haberse acostado pronto el jueves, esté cansada. Pienso que a lo mejor están cansados de si mismos, de su hipoteca, su adosado en el noroeste y de sus corbatas anchas de colores chillones. Que mal gusto tiene la gente para las corbatas en esta ciudad.


Unos obreros discuten a voces. Visten con el uniforme oficial de currela, pantalón azul de mono y camiseta publicitaria de tienda de deportes de su barrio. Uno lleva un metro amarillo a la cintura, como una pistola métrica que le sirve para medir el tiempo que le queda hasta volver a su sofá. Estos son de verdad (demasiado), no actúan, hablan de fútbol y uno de ellos, menos interesado por el balón, mira la contraportada del periódico deportivo, escrutando las curvas de la jamona del día.


Llegan unas funcionarias de un ministerio cercano, de las que pueblan las calles a las diez y pico y siempre van en grupo. Por su forma de hablar, más bajo de lo habitual y agarrándose el brazo unas a otras, diría que están hablando de sexo. No sé si del artículo de la revista de turno para mujeres maduras pretendidamente liberadas, del nuevo que ha entrado y que está cañón o de la hazaña de su marido la noche anterior (lo dudo). Lo que sí sé es que una de ellas, con un ahuecado anclado en los noventa, parece sentirse incómoda. Mira a las cañas de crema buscando una salida a tan bochornoso momento.


Miro los estantes donde están los aperitivos, de cristal y metal barato dorado. A esta hora los acaban de cocinar y aun están calientes. Empañan el vidrio y crean una atmósfera irreal, ayudada por la luz blanca del fluorescente oculto, síntoma de un intento de sofisticación fallida. Ese vaho me traslada unos años atrás y unos miles de kilómetros al este. Vi lo mismo mirando otros aperitivos en una ciudad asiática. Me pregunto si algún ex-turista de ojos rasgados sentirá lo mismo en esos momentos, dentro de uno de los bares de las estaciones de tren, llamadas Eki por ellos. Simultaneidad, me gusta pensar en los lugares donde he estado, moviéndose todos a la vez, en conjunto, como un mecanismo imcomprensible y relacionado.


Vuelvo a la realidad. Ahora la rubia pija profesional de la tele, mamá y experta en microorganismos estomacales, está en una telepromoción. Después de sufrir un rato por la violencia doméstica toca epatar con colchones de tejidos creados por la nasa. El camarero hace un comentario sobre lo agradable que resultaría yacer con ella en esos jergones de tecnología punta, pero no lo dice así, claro.


Tengo el café casi terminado. Es imposible acabárselo del todo, siempre queda algo en el fondo. Un par de servilletas, casi transparentes por el aceite de las porras están arrugadas en el plato. Diez minutos, poco más o menos y tengo que volver a mi sitio rápido. Mañana será igual pero diferente. Mañana me pido un bollo.
(La foto que ilustra este texto está sacada de aquí)

jueves, 8 de octubre de 2009

Justicia poética y vulgaridad triunfante


Aquella ciudad huele desde hace años muy mal, tanto que creo llevar parte de ese olor conmigo cuando salgo fuera. Lavo mi ropa a conciencia la noche antes de viajar, pero siempre tengo la sensación de que es imposible quitarme de encima esa atmósfera irrespirable, cerrada, como de olor a cartón húmedo y abandonado.


Veo sus rostros a diario, los de la complacencia, la mendicidad humillante, parecen sacados de una novela de posguerra, de campesinos rogando trabajo en la plaza del pueblo, esperando que el señorito se apiade de ellos y les ofrezca unas horas de explotación a cambio de un platillo de comida caliente y viscosa. Veo esos rostros también cuando me miro al espejo, y creo sinceramente, que son parte del mal olor que impregna todo.


Pero no lo causan, no son la fuente de la podredumbre, la fosa séptica de la que salen cientos de moscas glotonas y repletas de pus. No forman parte nunca de los lugares de los que sale esa pestilencia insistente, de vapor verde y denso, y de sonido metafóricamente tintineante. Los billetes, los cheques y las transferencias no suenan como un saco de monedas que se pasa de una mano a otra, pero su tacto repugna lo mismo, o casi tanto como el cuero sobado y pegajoso que las contiene.


Sois la vulgaridad triunfante, la victoria de lo mediocre, el ascenso de lo podrido hasta la cúspide. Porque esto es importante que os lo recurde alguien, pequeños aprendices de mafioso italiano, es importante. Podéis vestir con trajes caros aunque feos, viajar en berlinas de lujo con chofer, hablar por el móvil como si os fuera la vida en ello, y tratar a los demás con un desprecio inusitado, podéis incluso jactaos con formas toscas y lenguaje tabernario de lo abultado de vuestra cuenta, del encanto exagerado de vuestras hembras de monta, podéis reiros como dementes encima de vuestra pequeña montaña de poder.


Podéis, lo cual no os exime de lo que realmente sois, el producto último de una sociedad decadente, reyes absolutitas dieciochescos, con un genoma tan depauperado que os cuesta manteneros en pie. Sois la gañanada que se ata el pantalon del traje de Gucci con una cuerda, la misma que si tuvieramos algo de dignidad os tendriamos que poner al cuello, aunque sólo fuera por ver vuestro miedo.

jueves, 1 de octubre de 2009

El último tren



Se levantó más pronto de la habitual, en ese momento en el que aun no es de día pero ya no es de noche, cuando la luz es de un azul profundo y acurruca todo lo que toca. La casa, breve, y pobremente moderna, estaba en un silencio que amplificaba cada paso sobre la madera, y que sólo se rompió cuando ella ronroneó levemente desde la cama.

Era preciosa, dormida aun más que despierta, con esa inaccesibilidad amable, tan cerca pero tan hundida en sus curiosos sueños, que siempre, los días normales, le contaba en algún momento del desayuno. Se acordó de lo bien que lo habían pasado todo ese tiempo, de lo completo que se sentía, de lo cerca que habían llegado a estar. Hoy sería la última vez que la vería, y aunque él, no se iba a poder enterar, estaba seguro de que nunca le perdonaría por lo que iba a hacer, incluso aunque le comprendiera, incluso aunque estuviera de acuerdo.

Miraba una taza de metal blanco que tenían en la cocina, antigua y no usada, con un roce en la laca que la cubría y que llegaba hasta el borde azul. Se la encontró un día en una tienda del barrio, de esas que parecen museos de ciudades extinguidas, de antiguas culturas enterradas por el ruido, y que le recordaba, casi con dolor, a una que había visto tantas veces de pequeño. Con el sabor de esa época oyó la moto cerca del portal, pequeña, insistente, como un niño golpeando una lata rítmicamente.

Cogió su bolso cuadrado de cuero negro y bajo las escaleras rápido, haciendo ruido con sus botas de punta, que asomaban orgullosas bajo unos estrechos pantalones color vino. Llevaba un jersey de cisne negro, y un cinturón con una hebilla rectangular plateada, como una insignia de las que explican muchas cosas a quien sabe entenderla. Al llegar a la calle y ponerse su gorra de plato miró a la ventana, aun estaba a tiempo de retroceder, de quitarse la ropa y volver a la cama con ella. Aun estaba a tiempo de volver a situarse detrás y ponerle la mano sobre la tripa, mientras que le olía el pelo. Pero no era una cuestión de tiempo, era de principios, alguien tenía que hacerlo.

Se subió a la parte de atrás y golpeó al conductor en el hombro un par de veces, pasándole el mensaje de que estaba listo, de que no era momento de dudar, de que estaba seguro de que aunque lo que fuera a hacer no iba a valer para nada, alguien lo tenía que llevar a buen puerto . No por orgullo, ni por ética o justicia, lo iba a hacer por enseñarles que es el miedo, que es sufrir, que es sentirse vulnerable. Lo iba a hacer por ponerles un ejemplo práctico, directo, diametralmente comprensible, de lo que era que tu vida no te perteneciera.

Lo había visto muchas veces, había gritado a la tele incapaz de comprender como se podía encerrar tanta maldad en tan pocas pulgadas. Intentó cambiarlo, hacer lo que pudiera, hasta que se dio por vencido, hasta que vio que su control no se basaba en la coacción o el chantaje, en el miedo o la duda, se basaba en apropiarse de lo más profundo de las personas, sus ilusiones. Y ya habían llegado.

Se despidió brevemente de su acompañante, leve conocido, cercano a la gente con la que se había juntado en los últimos tiempos, y que tan claro tenían lo que él había intuido durante años. Sólo tuvo que andar un par de calles que se sabía de memoria, tocar el metal en el bolsillo interior de la cazadora de ante, repasar lo que había diseñado tantas veces en su cabeza. Saldrían por la puerta de cristal giratoria, camino del aeropuerto, a donde nunca llegarían si él era sólo algo más rápido.

Sólo necesitaba velocidad, asombrosos reflejos entrenados como resortes de una máquina binaria, engrasados, tan acoplados como movimientos del mecanismo dentado del reloj de torre que le decía que estaba en el lugar exacto en el momento justo. Sólo necesitaba velocidad.

Y todo fue muy rápido. Apenas se dio cuenta de lo que había pasado hasta casi antes del final, hasta ese momento en el que las letras siguen en la pantalla, pero la música ya se ha terminado.

Lo había conseguido, y ahora él también estaba en el suelo, notando el olor del dinero en su boca, manchando la ropa por varios puntos, que había elegido para acabar de una forma digna. Era tan normal que nadie le había seguido nunca, no estaba en sus fichas, no representaba un peligro. Era sólo un tipo raro al que la gente miraba en el metro, al que mirarían al día siguiente en una foto bajo una manta térmica.

Pero antes de eso, antes del final, antes del chasquido y del blanco en la pantalla, justo antes de que se enciendan las luces y suene el último acorde, volvió a acordarse de la chica que se estaría levantando. Y empezó a escuchar una canción, como a veces antes de dormir del todo, que venía de dentro, de su propia cabeza. Y empezó a viajar al norte, a viajar al norte, para encontrarse con ella y no volver más.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Mr. Commuter y la felicidad verdadera.


No te atrevas a salirte de la linea, tienes un futuro asegurado, de casa, comodidades y aburrimiento. Domingos por la tarde recibiendo a los vecinos, tomando un café, hablando de las últimas obviedades que la televisión ha vomitado.

La rutina es como el tren de todas las mañanas, como esos tipos de bostezo prolongado que se sientan enfrente de tu cara. Es algo pegajoso, pero a la vez presuntamente agradable por su amable placidez.

Ya no recuerdas cuando fue la última vez que sacaste los pies del tiesto, quizá en aquella cena de empresa en navidad, en la que te permitiste una copa y alguna mirada al escote de tu compañera de cafés en la máquina. Fue un atrevimiento pactado, te conformas con imaginarte, en esos momentos impensables en la misa del domingo, que podías haber llegado algo más lejos. Pero sabías donde estaba tu sitio y el de todos.

La ley está hecha para ser respetada, el lugar común para ser glosado, la tradición para ser venerada. El centro comercial para ser visitado el sábado por la tarde.

Sientes esa extraña emoción cuando las puertas de cristal se abren solas, un cosquilleo te recorre el cuerpo, y te obliga a sacar esa tarjetita verde con la que compras el sucedáneo de emociones empaquetas, listas para ser usadas, sólo tres minutos en el microondas.

Berlina familiar pagada en cinco años, depresión marital compensada con ansiolíticos (las visitas al psiquiatra de tu mujer desgravan en hacienda), hijo presunta promesa de nada, zapatillas de plomo que te mantienen pegado al suelo con seguridad, nunca se sabe cuando puede haber un terremoto, y tu eres precavido, sobre todo precavido.

El mundo está lleno de amenazas, pero siempre está la alarma, el perro ladrando que te protegen. Siempre está esa gente rara, de costumbres raras, con ropas raras y con miradas más raras aun, casi amenazadoras en su orgullo y autosuficiencia. Seguro que se drogan.

Mañana volverá a salir el sol, sonará el despertador y la cuchilla estará brillando sobre el lavabo. El café cortito de café en el bar, junto a la columna impresa de odio matemáticamente trazado. Da gusto oír a los pájaros, las excavadoras y esa moto tronante, todo va como debería de ir. Entras a la oficina, y tu jefe, ese hombre siempre dispuesto a tener un gesto de aliento te mira condescendiente. Y te sientes bien.

Al fin y al cabo, quien querría cambiar cuando se es tan sinceramente feliz.

(Giorgo Birdman, mod capitalino e inquieto danzante de Northern, ha tenido el buen gusto de subir el temazo de Mike Proctor a youtube)