martes, 6 de abril de 2010

La allnighter (un año después)


Llegamos a la estación de autobuses, de nuevo el aeropuerto para pobres, y encontramos la cafetería reformada, intentando aparentar sofisticación cuando solo debería ofrecer normalidad. Nos fuimos juntando poco a poco en una mesa, y vi el brillo, el instinto depredador en los ojos, pero no ya en mi, si no en alguno de los que esa noche iban a bailar como sólo un mod lo puede hacer, dejándose la jodida alma en la pista.

Supongo que es curioso ver a un grupo de tipos tan variado subirse a un autobús sin maletas, de nuevo en un viaje suicida, sin equipaje, de los que se hacen sin miedo a no volver. Había un rango de edades tan dispar que para un atento observador externo (de los que no hay, no nos engañemos) podría tratarse de una familia, con tíos, sobrinos, casi padres, pero sobre todo hermanos.

Mis amigos, los de verdad, los que están ahí y saben todo, los que no te ríen las gracias y te dicen lo que has hecho mal, los que te explican que el precio ha sido muy caro, me ponían la mano en el hombro, me apretaban, interesándose por mis heridas como cirujanos de campo, diciéndome que no tenían buena pinta, pero que no me moriría, al menos de momento, al menos esa noche.

Tras horas de un viaje demente, en el que había chistes desesperados, un humor tan concreto y absurdo que parecía un código de una máquina enigma, llegamos a nuestro campo de juego. Yo iba delante porque me apetecía, porque a veces, incluso para los que no competimos y lo de quedar primeros nos da igual, es bonito girarse disimuladamente y ver a la columna en formación, con sus Parkas, sus Harringtons y Pea-Coats, desfilando por las calles del Mediterraneo como si la cosa no fuera con ellos, como un grupo de húsares que se dirigen altivos a tomar una posición muy concreta.

Y me precio de ir con ellos, de ser excéntricos, de tener la heterodoxia tan lejos, y haber superado con creces la mera recreación. Eso era de verdad, tan de verdad como el aire que respiraba cada vez que pensaba en la pelota de tenis golpeando la red y cayendo en mi campo, como el ruido que hacían mis zapatos y el brillo de mis hebillas, como el pendiente que ya no llevo pero que hecho tanto de menos, como el rastro de digna tristeza que iba dejando a cada paso.

Me salto las vueltas y las primeras copas, y las tomas de contacto, y los olvidos por ciudades, y me salto lo que no me apetece poner aquí, porque a veces los chicos no están bien, porque a veces los chicos pierden las cosas con las que juegan demasiado, y la química les puede, y la química les lleva a olvidar el porque hacen tantos kilómetros para poder sentir eso con esa canción, y sentirlo con más gente como ellos, o al menos imaginarlo, pero imaginarlo en grupo.

Y empecé a bailar, y no paré. Y empecé a bailar como si me fuera la vida en ello, con precaución ante la extraña expectación y miradas, pero bailé porque era lo que había ido hacer allí y no pensaba detenerme por nada. Y recuerdo la sala, tan extraña, tan de otro momento, tan de otra gente, como una ciudad ocupada, está vez no por bárbaros, si no por liberadores. Cómo caían los temas, como tuve esa sensación, al menos por un rato, de empezar a sudar, de olvidarme de los pasos y dejar que todo fluyera, de ser un derbiche al punto de perder la conciencia para pagar mis pecados con el baile.

Y sonó Marvin Gaye, no recuerdo el tema, y vi como se me empezaron a abrir las heridas, a salir el egoísmo y la jactancia, el narcisismo y la inseguridad, el ansia, el desastre, la codicia. Sin gente como Marvin estaríamos perdidos, estaríamos a merced de las tendencias, de la manipulación, de las estrategias de mercado. Y me jode porque sé que una allnighter no arregla nada, que determinadas asociaciones están sólo en las cabezas de unos pocos. Pero más allá de eso me hizo sentir humano y falible, me hizo sentir tan solo que me acordé de mi autosuficiencia, de lo que al final nos queda a gente que sabemos los que es perder, pero que no dejamos que se nos arrugue la camisa.

La vuelta me la reservo. Es posible que por momentos, a la luz del día pareciéramos huidos del frenopático, recién expulsados de un ovni, supervivientes de un naufragio en alta mar. Pero volvíamos juntos, sin darnos la espalda, aceptando los excesos y enfrentándonos a nuestros fantasmas, pasados y presentes, algunos más hundidos que otros, pero todos, incluso los más tocados, permaneciendo con la barbilla alta frente a la puta adversidad.

Hoy escribo esto solo, sin cenar, con varias cervezas vacías y una botella de ese escocés que me da cierta constancia ante el teclado. Tengo los ojos hinchados, aspecto de Conde Orlock y una montaña de enemigos que vencer antes de dormirme. Hoy escribo esto acordándome de la allnighter del pasado, de la electricidad y la esperanza, pero también del remordimiento y de la culpabilidad. Pero no me arrepiento, no me arrepiento porque mientras que mis pies bailen, mientras que me sienta humano y libre podré seguir adelante.

(Dedicado especialmente a mis amigos, no hace falta que les nombre, estuvieran o no allí, y a todos aquellos que se emocionan ante una bonito tema de SOUL, de los que ya nadie oye, nadie salvo nosotros).

lunes, 5 de abril de 2010

Estos días


Estos días son de esos en los que se piensa demasiado, sobre lo que hicimos y sobre lo que dejamos sin hacer. Estos días son de nudo permanente en el estómago, de ser atados por los pies y arrastrados por un camino de piedras en punta. Estos días son de esos que quisieras saltar, que nunca hubieran llegado.

En estos días no encontramos las palabras justas, reescribimos torpes frases cuatro veces. Nos quedamos mirando a la tele con los ojos tan abiertos que se nos caerían, tan abstraídos que alguien podría sacarnos un diente (o el alma) y no le prestaríamos atención. En estos días el único consuelo lo encontramos en el sueño, y normalmente es químico.

Estos días son de retorcerse en la cama como un endemoniado, de arquear la espalda y estirar las piernas, de negarnos a nosotros mismos mientras que acercamos lo puños a nuestros ojos y apretamos, hasta que duele. En estos días la cama donde duermo me parece tan grande que necesito atarme una cuerda a la mesilla para no perderme. En estos días he mirado tantas veces al techo de la habitación mientras suspiraba que lo tengo cartografiado a la perfección.

En estos días el mundo pasa a ser una metáfora continua, pasa a convertirse en una identificación en la morgue. Las torres de reloj en rascacielos, los museos con la tierra en el cielo, los paseos por los que nunca pasearemos. Los pequeños detalles, todos ellos, una bolsa, una goma para el pelo, un cepillo de dientes, ese libro, regalo frustrado, que nunca leeremos.

Estos días, en los que llueven piedras, en los que ni si quiera el sexo consuela, en que la traición te vuelve para estallarte en la cara, en estos días quizá sólo podemos conformarnos con alguna canción, con algún pasaje de un libro.

En estos días sólo podemos imaginar quien nos gustaría ser.

lunes, 15 de marzo de 2010

Autodefinido

Voy saltando entre las casillas del formulario con el cursor, dando al tabulador sin energía, deslizando los dedos en el teclado escribiendo la estupidez requerida para cada celda. Miro la hora, no son ni las once, aun me queda mucho para salir a comer y escuchar un poco de música mientras que paseo sin rumbo por las calles que rodean al sitio donde paso nueve horas de mi vida todos los días.

Me encontré con ella el otro día, ha tenido una niña. Yo estuve a punto de tener una depresión, pero me pareció poco apropiado para mi edad y para mi situación gastarme el dinero en pastillas, psicoterapia y pañuelos de papel. Me quedé sólo con la tristeza y los pañuelos.

Entra otro cliente y me hace una pregunta absurda. Le miro con desprecio profesional, es decir, bordeando la linea de lo notorio para dejarle una impresión confusa. Me encanta pensar que soy un factor de desestabilización, de piedra hacia la psicosis. Si alguno de estos que vienen con aires de vizconde acaba jodido, y yo he tenido algo que ver, aunque sea un poco, creo que habré hecho un bien a la humanidad.

- ¿Cómo se llama? - la pregunté mientras que observaba lo cambiada que estaba, lo ajenamente familiar que me resultaba.
- Se llama... - pasó un autobús rugiendo, no la oí. - Pero supongo que no será ninguna sorpresa para ti.
- Claro. Bueno, todo es sorprendente, no te creas, pero no supongo que no - la dije mientras que aturdido pensaba en despedirme mirando el reloj.

Me llaman de dirección, me comentan no sé que de la puntualidad. Me jode que no me digan nada de mis cuellos de pico asomando por fuera del jersey, del botón abrochado hasta el cuello y de mis dientes amarillos por los cigarrillos soldados a mi mano. Me jode que no les molesten mis patillas de hacha de leñador de siete novias para siete hermanos. Pienso en argumentar sobre lo abstracto de la medición del tiempo y lo arbitrario que resulta todo, pero callo y dejo que se orinen encima mía una vez más.

Según avancé por la calle me dieron ganas de darme la vuelta, de salir corriendo hacia ella y preguntarle todo. Preguntarle sobre todo que opinaba de mi, no tanto ahora, si no en perspectiva, que papel jugaba yo en su narración. No sabía si tenía diálogos, era un figurante o una sombra en flashback antes de los créditos. La vi perderse con el carrito por una esquina. Me entró tanto frío que me subí el cuello del peacoat y me agarré las solapas con la mano izquierda.

Abro el mail y leo un correo ridículo. Me preguntan algo que ya he respondido, se quejan de la presunta falta de respuesta. Lo más hiriente es que adjuntan el mensaje que les envié, donde viene explicado todo. Doy al botón de nuevo, donde realmente debería poner viejo. Empiezo a escribir:

Estimado Sr. Valdavia:
Es usted un completo imbécil. No puedo comprender como puede tener usted esa cuenta bancaria tan abultada, esa posición desde la que se contemplan las cabecitas de la gente. Comprendo por contra la cara de obeso viejo pervertido, con mofletes caídos como filetes de carne barata. Pero me reitero, para que no se le olvide, es usted imbécil, tanto que no comprendo como puede siquiera andar o controlar sus esfínteres.
Atte.

Le doy a enviar, me empiezo a sentir de puta madre. Descuelgo el teléfono, marco su número. Por muchos años que pasen determinados números de teléfono nunca se olvidan.

- Sí? Quién es? - oigo su casa, la tele de fondo, la niña balbuceando. Puedo ver la luz de media tarde entrando por la ventana del salón, las motitas de polvo volando por el aire y haciendose visibles a cada rato.
- Soy yo - le digo como una corriente de aire de las que cierran las puertas con estruendo. - Siempre me gustó el nombre de Clara, lo adoré. Pero no podía ser el padre de nadie llamado Clara, ni Lucía, María o Encarna. No podía, lo siento.
- Ya sé que no podías, idiota, ya lo sé, por eso acabamos como acabamos - Me dice con rabia, naturalmente confusa, como quien recibe un bofetón cuando está contemplando un atardecer - ¡Además se llama Laura! como yo.
- Es que pasaba - el crack del corte de línea, los pitidos como árbitros sacando una tarjeta roja compulsivamente - un autobús - acabo de decir mientras que cuelgo el teléfono.

Miro hacia la pecera donde está el supervisor. Veo que está hablando por teléfono, como pidiendo disculpas, mientras que me mira y me hace el gesto de rebanarme el cuello. Cojo un folio y un rotulador grueso. Escribo: "JO-DE-TE". Se lo enseño y me voy hacia la puerta de la calle. El tipo me mira desde dentro de su cubículo haciendo gestos de mono loco.

El sol me pega en los ojos, calor y cosquilleo agradables, me siento a esperar el autobús, el del ruido, el que brama. Cojo un periódico gratuito abandonado en el asiento metálico. Me pongo a hacer el autodefinido, a medio completar:

"Que no vale para nada", 6 letras, IN - - IL.

Pienso en escribir una carta al director del periódico, deberían tener más tacto a la hora de elaborar los pasatiempos.

martes, 23 de febrero de 2010

El Espectador


Algunas veces me sentía tan alejado de todo y de todos que parecía más un espectador que una persona. Me invadía una sensación fantasmagórica, de pasar desapercibido aunque llevara puesto un sombrero llameante en la cabeza, aunque paseara arrastrando un piano desvencijado, de los que suenan como un campo de heridos tras una batalla.


Me ponía mis botines de punta negros, con hebilla plateada y tacón duro y resonante, necesitaba salir de el denso anonimato, de la forzada condición de número de la seguridad social o nombre en un ordenador de promociones telefónicas. Andaba por las calles con las manos en el bolsillo del abrigo, la bufanda a modo de ofidio estrangulante, la vista acechando como un depredador en busca de alimento, atento a ti, que no me veías ni querías verme.


Estaba el paralítico de los Lunes en su silla de ruedas, en la esquina de Gran Vía con la Calle de la Flor Alta, vociferante guardabarreras al que veía exigir un cigarro a los transeúntes con la tranquilidad del desahuciado, la maldad del criminal, el oficio del prestamista. Los Martes por la mañana estaba la chica de la zapatería, resquicio de belleza suburbial, siempre en vaqueros y colocando cosas, dejando ver su cintura al levantar los brazos, en una proporción tan sexualmente lograda con sus anchas caderas. Los Miércoles pasaba por una perpendicular a Barquillo y veía la cola de pobres esperando una ración para la cena. Eran mucho más pacientes y disciplinados que los clientes de la cola del supermercado, mas sucios, pero más pacientes. Un día a uno le regalé mi paraguas, el me regaló su indiferencia. Los Jueves comía en el bar de las chicas, sólo por ver a la camarera caribeña, con cara de aprendida seriedad castellana, camisa blanca y sujetador negro, una teatralidad femenina al moverse tan marcada como la ausencia de estaciones en el ecuador. El Viernes me veía a mi mismo, en el espejo del ascensor, contando las horas que faltaban, saboreando el alcohol aun en la boca, el tabaco supurando en la piel, y un sueño tan amplio como las contradicciones que se me agolpaban en la cabeza, cercenada de realidad y alimentada sólo por los deseos dementes de la noche anterior.


Andaba con pasos grandes, de soldado prusiano acechado por el látigo, cigarro dejando explosiones humeantes de locomotora de carbón y pelo revuelto por el aire húmedo. Andaba kilómetros, tantos que, si no practicara la exploración inconsciente y deslabazada, hubieran desplazado el mundo por la cinética de mis pies. Andaba para no volver a casa y encontrarme la tele del salón con una película en la que se veía un pistón encajando una y otra vez dentro del cilindro, haciendo andar al motor, con un movimiento profesionalmente aprendido por la fuerza de la costumbre.


Y mientras andaba grababa, catalogaba, listaba. Os reducía a recortes de collage, a trazos inconclusos, a imágenes fragmentarias. Componía con vosotros un cuadro de realidad de párpados parpadeando a ritmo estroboscópico. De calvas brillantes, jerseys confundidos y centenares de paraguas chocando entre ellos. Saltando algún ojo de vez en cuando.


Y yo no era parte de nada, y era el único que me daba cuenta de todo.


Y noté tu mano en mi hombro, mientras miraba unos discos en la Calle Salud. Tu pelo de puntas de flecha, tus ojos de abordaje, tu actitud de avalancha contenida. Me dijiste que me viste expiando mis pecados a través del baile, y aunque no fue eso lo que me dijiste fui lo que yo quise recordar. Me dijiste otras cosas y al cabo de poco me decías otras con otro lenguaje más propio de los animales, pero más sincero y falto de ambages. Y me hiciste feliz, al menos por un tiempo, pero sobre todo me hiciste parte de algo, que tu nunca supiste, y fue pasar al otro lado, y ser yo el visto y no el que veía, ser yo, por una vez, el protagonista y no el espectador.

viernes, 22 de enero de 2010

La Nota



Pues sólo existe una gran aventura
y es hacia adentro, hacia uno mismo,
y para esa, ni el tiempo, ni el espacio,
ni los actos, siquiera importan.
Trópico de Cáncer HENRY MILLER


Descubro una nota en el libro, un papel, que supongo me sirvió de marcapáginas, anotado, mi letra, una conexión con el pasado, un puente que me hace caer hacia un momento casi olvidado.

Estoy en mi casa por casualidad y en la calle llueve. Puedo ver el muñeco rojo del semáforo apareciendo a cada rato, prohibiendo el paso a nadie, trabajando un día de fiesta. Me llega el sonido de la tele del salón, de mi madre hablando sobre un programa insulso. Reconozco mi casa, mi habitación, pero ya no es la misma que dejé hace unos años. Partí de casa fingiendo ser otro, inventando un personaje costumbrista, trabajando de muñeco de semáforo sin valer para ello.

Me enciendo un cigarro y el humo me entra como una amable criatura, noto su densidad, es el metrónomo de mis pensamientos. Miro la nota y me veo con veintipocos años, anotando citas de un libro que no debí comprender. En aquel momento aún no había transitado por esos lugares que dan miedo pero que resultan irresistiblemente magnéticos. Creo, sin embargo, que aquel libro me gustó porque hablaba de dolor, y de eso yo ya iba sobrado en aquella época.

La nota me duele porque me recuerda lo que pude haber sido. Un papel a veces te tira de la tripas más que cualquier reflexión, más que la mayoría de las personas. Decido salir a la calle. Me pongo la parka, me ajusto el gorro y cojo el mismo ascensor que me ha llevado en mis días más memorables, en mis jornadas más tristes y en mis momentos más convulsos. Debería hacer un monumento a esta máquina.

La lluvia ha apagado el frío y mis pies pisan las calles mojadas y naranjas. La luz de las farolas en un día como este es de serie de televisión un domingo por la tarde, de resultados de jornada futbolística anotados por mi padre en pijama, esa quiniela que nunca llegó, ahora me parece ser un niño de siete años perdido y triste.

Creo que desde esa época empecé a odiar a la gente. Notaba un desplazamiento, una incomprensión mutua, un extrañamiento de explorador victoriano ante una tribu africana. Según fui creciendo, la brecha se agrandó y cuando escribí la nota que hace un rato ha volteado mi tarde, era un abismo de proporciones continentales.

Un coche me pasa rápido por mi derecha y puedo ver a la familia que va dentro, una pareja joven con un niño pequeño. Casi puedo reconstruir sus vidas sin conocerlos. No hay desprecio, hay miedo ante lo sabido. Entro en un bar a comprar tabaco. Mientras que el camarero cambia el billete con desgana, veo las fotos de los platos combinados, las botellas colocadas por familias de licores. Echo las monedas en la máquina y me miro en un espejo. Me veo mayor, me veo inseguro, pero con un aire de dignidad fracasada que antes no tenía. La aceptación de lo evidente, de mi fracaso como escritor, como hijo y como pareja, como producto social incluso, por lo menos te proporciona la tranquilidad de saber que ya nadie espera nada de ti.

Veo a unas señoras en una mesa, toman un café, gritan como brujas. Cojo el bolso de una. Lo hago rápido y nadie se da cuenta. Es la primera vez que robo algo y casi se me sale el corazón por la boca. M e meto en un portal y subo al entrepiso. Me siento en la escalera y empiezo la autopsia. Pañuelos de papel, un móvil viejo, una cartera con carnet, tarjetas y 20 euros, pintalabios, dos horquillas, residuos indefinidos. Abro el móvil y curioseo los mensajes: “Mi marido se va mañana A las 5 te espero para que me claves la polla bien hondo”. Siento una mezcla de excitación y asco, de nerviosismo por conocer una miseria de alguien anónimamente cercano. Pienso en llamar al marido, sólo por joder, sólo por crear un conflicto, sólo por quebrar una vida. Tiro el móvil contra la pared de la escalera y lo reviento como a un caracol.


Salgo del portal y me enciendo un cigarro. Ando rápido hacia ninguna parte como llevo haciendo años. Me paro y miro una alcantarilla. Recoge el agua de la lluvia. La suciedad y el aceite de los coches hace que se formen extrañas formas con la luz. Sólo me hace falta concentrarme un poco y empiezo a ver cosas conocidas: veo el Tíber iluminado e la curva del castillo de San Angello, veo el globo aerostático en el que subí con doce años, está mi profesora de ética del instituto, probablemente la mujer más sexual que he visto en mi vida. Veo a Steven Spielberg de joven, cuando no era ñoño, rodando ‘Tiburón’, está el sauce llorón de mi piscina y yo mismo mirando el sol entre sus ramas.

Levanto la vista y veo a una chica que me mira extrañada en la acera de enfrente. Lleva paraguas y parece que espera a alguien para salir de fiesta. Pienso en gritarla que la odio, a ella, a sus botas blancas y a sus rizos de peluquería, que odio su abrigo sin clase y su bolso a juego con sus botas. Pienso en decirla que me odio a mí mismo, pero me entra una tristeza tan fuerte que tengo que apretar la garganta para no llorar.

Me quito el gorro y me lanzo a una carrera desenfrenada. Nunca el agua de la lluvia fue tan oportuna para ocultar las lágrimas de alguien.
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Foto del flickr Ecstasy & Wine.

jueves, 21 de enero de 2010

Vías Cruzadas, o los estigmas del cine independiente

La pasada semana agarré esta película al vuelo en La 2, ya sabéis, pies encima de la mesa, zapeo constante, y "deja eso". Reconozco mi pudor para arrastrar por los suelos a películas bienintencionadas, y esta sin duda lo es, pero a mitad de la historia no tuve más remedio que levantar la cabeza y empezar a disparar a discreción contra esta previsible nadería. Más allá de la destrucción de esta semidesconocida película, me llamo la atención la cantidad de marcas, casi estigmas, que arrastra el cine independiente americano, lo sobrevalorado del mismo y sobre todo lo aburrido que es. Empecemos la autopsia:

1.- Personajes. Los protagonistas de esta cinta son un enano silencioso y taciturno al que le gustan los trenes, una mujer de mediana edad depresiva que pinta cuadros abstractos y un cubano que vende café en el lugar menos poblado de América. Para completar el cuadro tenemos a una niña extrovertida con sobrepeso (negra y pobre), un redneck con mullet en el papel de malo y una bibliotecaria lolita y cachonda que acaba embarazada. Esto se llama rareza pretendida. No construimos una historia y por necesidades de la misma aparecen tipos poco usuales. Buscamos primero gente extrañamente tópica y les colocamos como a figuritas en una maqueta. Ojo que los engranajes empiezan a chirriar.

2.- Relaciones. Ahora que tenemos montado el circo nos haría falta que los muñecos se movieran un poco para entretener al personal. Cuando los guionistas son hábiles, los personajes se conocen e interactuan de una forma sutil, como en toda historia inventada nada es casual pero nosotros, el público, no nos damos cuenta. En The Station Agent y otras muchas del estilo, más que encuentros tenemos encontronazos, situaciones de unión tan forzadas que resultan inverosímiles.

3.- Emociones. Estas películas siempre han presumido de ser un "crisol de sentimientos", que diría algún redactor cursi e imbécil de una revista de tendencias. Si nos emocionamos viendo una película es porque sentimos empatía, es decir, nos ponemos en el lugar del otro, comprendemos lo que siente y por tanto revivimos en nuestro pathos lo visto. Aquí no hay empatía posible. Casi todos los personajes suelen caracterizarse por una anemia energética notable, pasean sus caritas lánguidas por la pantalla y miran al horizonte esperando algo que no llega nunca. Todos tenemos momentos de astenia, estos la llevan en su código genético, no hay cambios, sólo una melancolía permanente.

4.- Ausencia de conflictos de clase. Vale, ya sé que en La Guerra de las Galaxias tampoco hay lugar para esto, la diferencia es que estos presumen de Cinema Verité. Pretenden reflejar la realidad, pretenden huir del borreguismo hollywoodiense y que universitarios interesados en el cine asientan con la cabecita a sus creaciones. Pero eso sí, no me expliques como coño vive un inmigrante cubano vendiendo dos cafés al día, sin derecho a contrato o asistencia sanitaria y con un padre gravemente enfermo. Y no me lo explicas por un sencillo motivo, querido creador independiente, en tu puta vida has sabido lo que es eso. Hay pues más de real en La Sirenita que en diez años de vuestro cine.

5.- Sexo. O no aparece por ninguna parte o si lo hace es de una forma patológica y pueril. En este punto no prefiero entrar, pero a mi me parece claro y cristalino como el agua en una mañana de verano.

6.- Estética. De manual, pero demasiado. Al igual que los escritores utilizan los tiempos y las personas verbales para contar diferentes tipos de historias, en el cine no deberías cambiar de plano cada tres segundos si tu tema es la quietud y la introspección. Eso es una cosa, otra no desmontar la cámara del trípode que te dejaron en la escuela de cine en noventa minutos. Esto no es teatro filmado, y, o no te enteraste en el tema 1 o el día que os pusieron Potemkin faltaste para ir a ver a Jay Jay Johanson o algo peor.

7.- Vergüenza ajena. Nunca, nunca, nunca (te has enterado ya?) filmes una escena de gritos, furia descontrolada, llantos o cualquier otro momento desmedido a no ser que esté muy justificado y cuentes con actores de primera. Si no el resultado que obtendrás es el que da nombre a este punto.

8.- Música. Si quieres meter la musiquilla que hace tu novia la cool-trendy-guay con el casio y eso justifica que a lo mejor te deje que la des algo más que un besito, vale. Si no es por eso recurre a un profesional que haga algo que enfatice y arrope tu película. Porque esto no es como aquella vez que pusiste unos emepetreses en la fiesta de primavera, no se trata de sacar porque sí a tus grupos preferidos. O sí, pero es que a nosotros nos gusta el soul...

9.- Cuanta algo por dios. Es decir, no vale que pare el DVD en cualquier momento y obtenga el mismo resultado que si me espero hasta el final. No hace falta que os ciñais a la novela decimonónica, pero no estaría mal algo de estructura, algún punto de giro y alguna pista que haga pensar al espectador que merece la pena acabar de ver tu película por algo más que hacer tiempo. De verdad, en el fondo esto se trata de contar historias, incluso aunque carezcan de interés real se pueden, se deben contar bien.

10.- El cine de entretenimiento no es malo. Incluso normalmente es mejor que el tuyo. Mira Indiana Jones y el Arca Perdida y aprende como contar algo, de forma interesante y que te lo haga pasar bien durante hora y media. ¿Qué tu eres un tipo serio y sustancial?. Te diría que vieras La Soledad del Corredor de Fondo, pero no, no te lo mereces, esa es nuestra.

miércoles, 20 de enero de 2010

El invernadero, Días de Vino y Rosas

La lluvia no cae del cielo, se desploma. La casa, sumida en medio de la tempestad, deja ver una luz a través de una de las ventanas del piso de arriba. Se deduce, erronamente, una calidez amable, de dormitorio donde se lee a Virginia Woolf, se mira a los ojos o se piensa en la preparación de la comida del día siguiente.

Dentro hay una pareja. No permanecen impasibles mirando al techo en camas separadas, saltan sobre la cama con una felicidad tóxica, hasta que caen al suelo, se desmoronan con estrépito de cien años de problemas ocultos y enterrados. Al intentar reponer sus vasos al estado deseado caen en la cuenta que la botella ya no va a dar más de sí, está exhausta, sus risas se vuelven nerviosas.

Él, en otro tiempo alguien a quien tu jefe hubiera confiado sus secretos, se agarra a la temeridad, a ese pensamiento posibilista que explota en las cabezas de todos los que alguna vez hemos necesitado algo y no lo hemos tenido. Y lo hemos necesitado no como el agua o la comida, no como el sexo, el sueño o el amor, si no como la química descompensada dentro de nuestras cabezas.

Sale por la ventana, desciende por un árbol con un júbilo inaudito, avanza unos pasos y está tan cubierto de agua como lleno de ansiedad por dentro. Tiene que llegar al invernadero donde se esconde lo que ansía, tanto, que ese momento no valen las matemáticas, las consideraciones, teorías o precauciones.

Al entrar el agua hace resonar los cristales como unas neuronas a las que les falta el estímulo, como unas serpientes que han recibido demasiado sol y poco alimento. Enterró la botella en tiesto, recordó la clave, el numero de pasillo más el número de maceta. Sólo unos pasos hasta el único polo norte magnético que importa en esos momentos.

No da con ella a la primera. Risa nerviosa, autocomplaciente, cómplice de una posible anécdota que contará entre sus sábanas a la mujer que le espera seminconsciente en la habitación. No da con ella a la segunda, ni a la tercera, números, claves, confusión, nudo en el estómago, ganas de vomitar, cabeza fluyendo a una velocidad eléctrica por un mar de densa gelatina.

Surge el enemigo abstracto pero necesario, alguien carente de forma pero que necesita ser creado para recibir la andanada de cañonazos de la frustración dictatorial que se ha apoderado de todo.

- ¿Quien sois vosotros, quién, por que me la ocultáis? - ladrando inútilmente al vació con una planta arrancada de cuajo.

La palabras dejan espacio a las acciones, al ate, la ceguera demente que impide ver como el invernadero sucumbe ante un tornado sub-humano. Las fuerzas cesan, solo queda llorar en el suelo, cubierto de tierra y cadáveres vegetales aun latientes, belleza efímera y tan débil como la personalidad de un adicto.

La botella aparece semienterrada hasta que la mano la agarra con ternura de padre. Ya sólo queda clavarla en el esófago y dejar que todo se torne raro, palpitante, oscuro, ya sólo queda esperar la nada, solo.

miércoles, 13 de enero de 2010

La noticia

Llegué a casa a la hora acostumbrada y encendí la tele en cuanto entré. Me senté con el abrigo y permanecí con el mando en la mano viendo los últimos minutos del programa previo al informativo. Unas imágenes de un desfile de moda se mezclaban con un amago de música. Las letras ocupaban la pantalla como una cortina de profesionalidad que ocultaba inútilmente las metas inalcanzables con las que bombardean a la gente. Cuando el presentador saló en pantalla dando las buenas noches, me puse aún más nervioso. Los titulares desfilaron como píldoras de comprensión de la realidad, y al llegar a la sección de cultura ella apareció en la pantalla brevemente.

Disponía de unos veinte minutos hasta el final de las noticias de deportes, y sabía que, a menos que hiciera algo, el tiempo se haría tan sólido que me costaría respirar. Fui a la habitación y me puse ropa algo más cómoda, encendí la calefacción y entré al baño un momento. De fondo oía a un político justificarse de una forma tan burda que cualquier otro día hubiera hecho un corte de mangas a la pantalla, un esfuerzo inútil de venganza personal ante la mediocridad dominante.

En la cocina empecé a llenar un plato con unas patatas. Creo que desde que se fue seguí comprándolas como un homenaje a la gastronomía de combate que seguíamos en aquella época. Miré el cuchillo que había en la tarima y me pareció más amenazador que de costumbre, brillante y afilado, como las frases que me dedicó la última vez que nos vimos.

Me senté de nuevo y abrí un botellín frío. Me gustaba el tono opaco que el vaho daba al cristal. La cerveza llenó el vaso, primero inclinado y luego girado para sacar la espuma justa. Me sorprendió, cuando la conocí, que fuera incapaz de hacer tan sencillo movimiento. Siempre tuvo la incapacidad más notable para las cosas cotidianas.

Un futbolista se había lesionado. Las imágenes del momento en que se rompía aparecían desde distintos ángulos. Con cada una me dio la sensación de que aquel deportista era una persona diferente, la misma cara de dolor se transformaba a cada toma. Ella siempre me acusó de no saber con quién estaba hablando, a qué atenerse, de contar con diferentes caracteres con los que tenía que convivir.

Cuando di otro trago más y el vaso estaba en a mitad, apareció en la pantalla. Estaba algo más mayor, pero tan guapa como siempre. Había ganado el premio en el festival y llevaba un vestido rojo con un escote tan provocador que se intuía el gesto de burla hacia casi todos. Su pelo era algo más corto, y a la vez que intentaba quedarme con sus palabras y atrapar su voz en mi mente, no podía dejar de mirar sus labios, tan de actriz italiana, tan insinuante como un cuerpo bajo unas sábanas.

El presentador despidió el informativo con una frase de un ingenio tan escaso que apagué la tele de inmediato para que no se mancharan mis recientes recuerdos.

Si hubiera podido verme desde fuera, hubiera tenido una expresión congelada, una vista mirando un horizonte lejanísimo, unas arrugas marcadas a los lados como un muñeco de ventrílocuo tirado en un rincón.

Me acordé de su olor los sábados por la mañana, de lo mal que según ella le acariciaba el pelo, del primer periódico que compramos juntos y de sus zapatos con un lazo por cordones. Me metí otra vez entre su cuello y su hombro y la besé ligeramente, le compré un billete de metro con un euro que me sobraba y la vi mezclar mostaza con ensalada. Cada patata que quedaba en el plato era como una estatua derribada.

Tuve una angustia de las que te hacen respirar como un pez fuera del agua al preguntarme si ella recordaría siquiera mi nombre. Apreté el puño y sentí como las uñas se me clavaban en la piel. Me concentré en el dolor físico, para intentar apagar la procesión de tambores aragoneses que bajaban en riada por mi cabeza.

Sonó la llave de la puerta y apreté instintivamente el mando para que se encendiera la televisión de nuevo. Apareció un hombre de aspecto ruso con un traje de lentejuelas haciendo unas pompas de jabón enormes mientras el público aplaudía.

-¿Qué haces? - me preguntó mi mujer sin mucho entusiasmo.

-Nada, lo de siempre, ver la estupideces de la tele -contesté mintiendo con una falsedad tan propia de mí, que pude comprender en ese momento porqué ella me había dejado.
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La foto es del flickr Ecstasy and wine de Felipe Ottofree.

martes, 12 de enero de 2010

Atravesando el tunel



Estábamos atravesando el túnel en la pequeña moto, una lambretta del 62, y el sonido del pequeño motor se amplificaba como horas antes lo habían hecho los acordes del concierto del que acabábamos de salir. El aire de la calle había atenuado un poco la sensación de eco mental del alcohol, pero el mascar de mandíbulas y los ojos de búho seguían tan presentes como la desorientación del navegante que conducía la pequeña scooter italiana:


- ¿Sabes por donde vas, F.? - Le pregunté sabiendo de antemano el resultado de la respuesta y la realidad de la pregunta.


- Obviamente - dijo marcando cada sílaba a gritos como un martillo neumático - Yo nunca me pierdo en Madrid, pero en estos túneles de mierda los carteles los ha puesto un demente.


Giré la cabeza alertado por un ruido de dios griego en pleno conflicto, y un camión enorme, alemán y enorme, nos pasó por el carril de al lado. La comparación más parecida que se me ocurre es la del tiburón de la película de Spielberg arrasando a un pececito de acuario. La moto bandeó peligrosamente, pero las ruedas, no mucho más grandes que un flotador infantil, mantuvieron la compostura. Cuando vi las farolas de la calle al final de la salida del túnel pensé en los astronautas llegando a Cabo Cañaveral después de una misión problemática. El camino que siguió hasta nuestro objetivo, un bar de viejos que abría pronto, me sirvió para componer una lista de mentiras plausibles que justificaran mi previsible ausencia al trabajo del día siguiente, aunque también para darme cuenta de lo rápido que cambiaba todo en tan sólo unos meses.


- Pon dos tercios de Mahou bien fríos - nuestra cerveza preferida por proletaria y castiza - y un plato de pincho moruno, por favor - dije con una pretendida serenidad y una educación muy valiosa frente a un camarero de sesenta leyendo el ABC


- Pero pinchos sin pincho, o sea, la carne sin el palo, en el plato, bien hecha, con un poco de picante, me entiendes, ¿no? - F. siempre tan previsor en cuanto a la presentación de las delicias gastronómicas de fin de noche


El camarero se fue a por los tercios sin decirnos nada, más allá de un simple gesto de aceptación profesional. Miré a mi alrededor y vi una máquina tragaperras mostrando sus luces como un pavo real electrónico, un chino fumando con un café y un par de barrenderos que miraban nuestra indumentaria extrañados. Supongo que no acababan de encajar un par de tipos de veintimuchos vestidos con trajes estrechos de rayas apoyados en la barra de metal plateado y zapatos italianos de punta pisando cáscaras de cacahuetes.


- Necesito hacerlo - le disparé en la cara a F.


- El qué, ¿invadir de una vez Polonia? - me dijo con su cara acelerada mientras que se metía un trozo de pincho moruno en la boca.


- No en serio joder, necesito hacerlo, es de recibo, él lo hubiera hecho por nosotros, se lo debemos.


- Mira, no le conocías, no sabes como era, es posible que hasta fuera un imbécil - me decía F. mirando a un par de tipos que acababan de entrar y que habían empezado a hacer los recurrentes comentarios en alto acerca de nuestro pelo modelo casco romano del año 10.


- Me da igual como fuera, me importa cero, lo que quiero decir es que se lo debo, esa canción me cambió la vida. ha sido lo más cercano a una epifanía que he tenido y me parece que...


- Sois como una aberración - me interrumpió F. dirigiéndose a los dos andobas - sois un detrito posmoderno, una pesadilla de marketing - metro sesenta y pico de F. contra la innegable condición hercúlea de los atónitos torpes de la mesa, músculo, bronceado y camisas de solista televisivo.


- Déjalos tío - le dije con una convicción de ejercito en retirada y anticipando la dolorosa tragedia que se nos venía encima.


- Míralos, son como si se los hubieran inventado un par de caricaturistas borrachos - me decía a gritos mientras que los hermanos castigo y dolor se empezaban a levantar y parecían querer devolvernos el primer impacto dialéctico de una forma física.


En ese momento oí música divina en la calle, trompetas de ángeles salvadores, San Miguel con su espada flamígera acercándose con sus legiones de querubines, ruido familiar de vespas primavera, GT de tres tiempos. Eran ellos y habían llegado en el momento justo. Le tiré el dinero al camarero y agarré a F. de la americana, le saqué del bar mientras que disparaba con el dedo a los increpadores de portada de revista y abrí la puerta viendo la luz del amanecer más bonita que nunca. Eran nuestros amigos que se habían retrasado intentando hacerse a unas poperas con el habitual fracaso anunciado - ¿Arrancáis o os empujamos? - dijo R. que solía ser nuestro consultor en materiales ácidos y uno de los chavales de treinta y pico más majetes que he conocido nunca.


Me monte de paquete agarrándome a las protecciones traseras, sentí la vibración del minúsculo motor de cuarenta años cien veces parcheado, el aire del centro de Madrid que me daba de nuevo en la cara, la sensación de sentirme vivo de verdad, más allá del salario, la costumbre y la aceptación. Creo que es cuando lo supe, si no le rendía el último homenaje todo aquello no tendría ningún sentido.

miércoles, 21 de octubre de 2009

La invitación

Me topé con él hace unos meses. Fue uno de esos encuentros casuales y reiterados, más dados por el azar de la costumbre que por deseo propio. Estoy acabando la carrera, y he dejado un par de asignaturas para el final de la mañana. Pensé que sería buena idea sacarme un dinero repartiendo gratuitos a la salida del metro, como chica siempre me había jodido acabar currando en algún trabajo típicamente femenino.

Apareció por allí al contrario de las riadas de asalariados que en una estación más o menos central salen de ella por la mañana para volver a ocultarse por la tarde. He supuesto que vive en la zona y va a estudiar, o tiene un trabajo nocturno, de esos que nadie piensa que alguien haga pero que todo el mundo echaría de menos si no se hiciesen.

Trabajando frente a tanta gente te acabas volviendo invisible, y quitando alguna señora que saluda y el barrendero que insistentemente me intenta invitar a "uncafetitoguapa" creo que me podían haber cambiado por un mono amaestrado y nadie se hubiera dado cuenta. Lo que si se desarrolla ante la hora y pico de dar el periódico es una capacidad analítica bastante importante, más por aburrimiento que por interés real. Al principio te llaman la atención los elementos que más destacan, ese bigote grande o esos zapatos tan de fulana cara que lleva la secretaria de la gestoría. Pero luego pasas a los detalles imperceptibles, de investigador social, como ver a un tipo de mirada perdida, nervioso y repitiendo ropa dos días seguidos. O se alargó demasiado la reunión o no dormiste en casa y temes no haber hecho lo correcto.

Y sí, he de reconocer que con él no me hizo falta esforzarme demasiado para verle. Su ropa no era rara, en el sentido de escandalosa, pero destacaba de alguna forma entre el resto. Pantalones tobilleros con el reborde cosido en amarillo, botas de piel vuelta marrones y cepilladas, jerseys de cisne asomando por encima de una parka verde. Y siempre afeitado y con el pelo despuntado cayendo por delante de las orejas.

Creo que he tardado más de lo debido en haberle dicho algo, cosa que no se me ha dado mal nunca, pero no me apetecía que me tomara por una repartidora aburrida y desequilibrada. Hasta que esta mañana ha sido él el que se ha decidido a hablar, más o menos:

- Ten, seguro que si vas te gusta, que ya era hora de que te diera yo algo a ti. - Y me ha pasado un pequeño flyer.



Antes de que dijera nada iba escaleras arriba, con un paraguas que llevaba del cuerpo en vez del mango. Y sí, a lo mejor me paso a saber en que anda metido este chico tan pulcramente raro.

La ilustración que acompaña a esta pequeña excusa para anunciar la fiesta de arriba es de Óscar SP, Mod pucelano afincado el el territorio independiente de Malasaña, ponediscos e ilustrador. Podéis ver su trabajo en Bizarre Studio. Y sí, sobre el libro 50 años de Motown ya hablaremos...