viernes, 16 de abril de 2010

Viernes por la mañana

Me levanto desacostumbradamente pronto, y tras voltear otras costumbres como la de afeitarme siempre antes de la ducha, intento vestirme lo mejor que puedo. Una de mis camisas preferidas, entallada, pata de gallo, con tantos botones como ese día necesito. Pantalones negros, estrechos como tuberías, y unos zapatos marrones, italianos, dibujados por un preciso artista. La ropa no es una tarjeta de presentación, no hoy, es la única forma que se me ocurre para poder dar dos pasos sin caerme.

Estoy seriamente tocado, y lo noto, estoy renqueante como el motor de un coche viejo al que se le ha pedido demasiado, y en las mañanas frías (porque en Abril todavía puede hacer mucho frío), me cuesta arrancar horrores. Mientras que intento darme una fingida prisa, hoy he decidido llegar diez minutos tarde, me bebo un vaso de leche que me recuerda a los nervios infantiles antes del colegio. Creo que nunca superé el primer día, la percibida traición materna, el ser consciente una noche de que me quedaban décadas de hacer algo que no quería.

Me despido de ella, semidormida, calmada y con ese pelo que tiene la facultad de quedarle bien siempre. Se despierta sobresaltada, me mira con ojos de ciervo asustado y me dice que voy tarde.

-Ya lo sé - me acerco andando despacio - pero hoy me lo voy a permitir. Si no puedo tomarme dos minutos de mi vida para besarte no creo que merezca la pena nada en este mundo.

Bajo en el ascensor, vamos cuatro: yo, el miedo, el error y la culpa. Les doy los buenos días mientras que saco un lucky del bolsillo del abrigo como lo haría un presidiario. Me pongo los cascos y me cruzo con un vecino. Soy yo mismo años después, no sé si me gusta lo que veo.

Por los designios de la tecnología, esa posmoderna constructora de destinos, suena una canción que hace siglos que no oigo. Me doy cuenta de que aunque con dieciséis años creí entenderla no supe de que hablaba realmente. Trata del mundo moderno, de la falta de brillo en todo lo que nos rodea. Es tan británicamente sonora como el cielo gris del centro de Madrid. En ella aparecen una pareja, demasiado tiempo juntos, demasiada templanza, demasiados besos con labios secos. Y la frase resuena en mi cabeza: And the mind gets dirty, as you get closer to thirty.

Cuantas veces me he preguntado si he cambiado a peor, si ahora soy más egoísta, turbio, peor persona en todos los aspectos. He leído unos cientos de libros y visto otras tantas películas, he viajado a algunos países y he tenido algunas amantes. He conseguido dos o tres cosas y destruido otras cuantas, (y parezco seguir empeñado en llevar la dinamita conmigo). Sigo cargando mi saco de culpa a la espalda, más lleno y pesado. Siempre he creído que un hombre debe soportar sus errores toda la vida y aprender a vivir con ellos.

Busco el sol entre las calles estrechas y empinadas, ando rápido, me fijo en todo y en nada. Una ciudad, un barrio, no es más que una construcción mental de una sola persona, basta que el pensamiento se diluya para que todas las calles desaparezcan. Ojalá fuera así con esos engranajes rotos que hacen que el reloj no marque casi nunca bien la hora.

Llego al trabajo, enciendo todo como de costumbre, me tomo un simulacro de café que me anticipa el futuro de esta ciudad, entran algunos clientes.

Delante mía dos mujeres sudamericanas, nemésis de la mayoría de inmigrantes que conozco, pertenecen a una élite endogámica. Pretenden tener un aspecto respetable pero parecen un catálogo de joyería, de acento recargado y mareante, de burguesía imbécil y dañina. De esa gente que está acostumbrada a conseguir lo que quieren siempre, pase lo que pase, de esa gente que odio especialmente. Me hacen una pregunta, antes de que pueda responder me hacen otra. Paro de hablar, las miro fijamente:

- No sé si se han dado cuenta - aludo a su estupidez de golpe - pero si estoy contestando a una pregunta - mirando a la más joven - no puedo contestar a otra a la vez - le digo a la mayor. - Además - me tomo un respiro disfrutando de sus caras de estupefacción - les agradecería que dejaran de emplear chico al referirse a mi. Como pueden ver ni esta librería se parece a una mansión colonial ni yo tengo pinta de sirviente abnegado.

Salen rápido y sin hacer demasiados comentarios, no están acostumbradas a una working class respondona y malencarada. Es una victoria nimia, pero la necesito como el aire. Me hace venirme arriba y aguardar la tarde, cuando la volveré a ver, con cierta esperanza de poder ser mínimamente ilusionante.

Recuerdo de la noche anterior, hablando demasiado, construyendo inútiles trincheras con palabras de madrugada de nervios y desastres:


- ¿No te has dado cuenta de lo que te quiero?

- Pues deja de decírmelo tanto y ven aquí

And the mind gets dirty, as you get closer to thirty. Pues no, a lo mejor no está todo perdido, ya pasó el fin de siglo.

martes, 13 de abril de 2010

De medianías, huidas y reencuentros.


"Haz de tu vida una obra de arte, a ser posible de vanguardia".

"Vivir sin tiempos muertos y gozar sin trabas son las únicas reglas que podremos reconocer”.

Cuantas veces me vi huyendo de la medianía, cuantas veces me vi escalando vallas costumbristas, cercados de tradición, muros de costumbre. La aceptación de lo cotidiano siempre me ha horrorizado.

Recuerdo ser pequeño e intentar escapar del colegio a toda costa. Para mí la metáfora más cercana cuando entre en aquel edificio prefabricado de ciudad de periferia madrileña, con demasiados niños y muy poco presupuesto, eran las películas de cárceles. Emulé la Fuga de Colditz un par de veces, una intentando cavar un túnel, otra construyendo una escala con aros y cuerdas que nos daban en gimnasia. Por supuesto todo acabó mal y mis orejas sufrieron el castigo pertinente, aunque la rojez no fue nada comparado con no poder hacer lo que quería, que en ese momento era estar con mi madre, la máxima felicidad que alguien conoce cuando es pequeño. Lo peor de todo fue darme cuenta que para mis compañeros, unos pequeños salvajes asilvestrados que me daban miedo, aquel intento de fuga no fue más que un juego, un pasatiempo. ¿Cómo podían aceptar con tanta normalidad que les dijeran lo que había que hacer?.

Años después acabé agachando la cabeza, agarrado a un pasamanos en vagones llenos de prisioneros, todos con el aspecto gris de quien le han robado la vida. Ponía la música en mis cascos todo lo fuerte que podía, elevaba la cabeza entre la multitud, y mientras que el metro iba por las catacumbas del sistema, intentaba pensar en lugares mejores. Un día, que como casi todos iba tarde a realizar una ocupación ridícula y sin sentido, me miré en un escaparate mientras que subía Reina Victoria a toda hostia. Vi a alguien que me recordaba ligeramente a mi pero que distaba mucho de quien era yo. Y no era tanto por la ropa, el corte de pelo o el maletín oscuro lleno de cuadrantes de horas, era por los ojos, ojos de derrota, de hastío, de dejadez. Ojos de repetir todos los días una desgracia rutinaria que llevaba a ser un middle class man de zapatos redondos y traje grande.

Y empecé a huir, a correr como quien lleva a la muerte pisándole los talones, era un Ichabod Crane al que no le iba a importar derrumbar todo lo que había a su paso con tal de escapar del jinete sin cabeza. Y normalmente cuando comienzas una voladura incontrolada en medio de una ciudad superpoblada, haces daño a alguien que no tiene la culpa de nada. Son las víctimas de nuestra vida, de nuestra desesperación por escalar el cerco de una vida asalarida de centros comerciales e hipotecas a interés variable.

Hoy pensaba en el último libro que he regalado y he tenido una sensación curiosa, la de que había vuelto a aquel vagón de metro del que era pasajero hace algunos años. No valen sustituciones de ninguna clase, no valen componendas posibles con la normalidad enmascarada en los neones nocturnos. Las líneas de cualquier tipo acaban delimitando siempre.

Este libro en el que el azar, pero sobre todo las decisiones que se toman para vivir una vida excluyente de toda etiqueta, fue como el impacto de un rayo en un momento, hace mucho, en el que mi razón se había ido de vacaciones. Porque en esas páginas se habla sobre todo de pasión, de emocionalidad, de creer realmente que podemos salir de los raíles y hacer, o intentar, hacer lo que nos plazca.

La forma de vivir que me gusta radica en irte a Belfast a ver un concierto de dos grupos que nadie recuerda y no a una puta playa. Eso son declaraciones de principios. Quiero estar con gente que no me mire raro cuando le hable de letristas disfrazados de curas asaltando el altar de Notre-Dame, porque los squares son odiosos, pero lo son más aún los impostores. Porque las ideas no surgen de la nada, y me sigue pareciendo una muy grande fabricar máquinas de humo caseras, secuestrar a las jirafas de la cabalgata de reyes o sustituir cuidadosamente algunas páginas de un código penal y reescribirlas a nuestro antojo. Porque incluso aunque lo inverosímil de todo esto nos haga descartarlo, es muy bonito imaginarlo.

Porque la vida puede ser lo que queramos, porque es cuestión de elegir, de situarte, de ser un dandi subterraneo, porque está bien pensar que se puede ser un personaje de novela, porque tenemos que hacer algo si creemos merecerlo.

lunes, 12 de abril de 2010

Deconstrucción



Recuerdo que el murmullo de la calle subía hasta tu piso como una tormenta lejana a bordo de un barco. Como la luz azul del previo amanecer se colaba por entre las hojas de madera, trayendo un frío ligero, el suficiente como para que pudiera taparte con mi camiseta. El sueño entrecortado, una Ben Sherman de cuadros tirada en la silla, un zippo inglés guardado en el cajón, a modo de pequeña aliciente para la memoria.



Recuerdo restaurantes italianos cambiados de nombre, con parejas vecinas de escasa conversación. Me acuerdo de miradas de sorpresa ante emblemáticos hoteles, del diccionario del dandi, de declaraciones en bares que no existen y rabietas de niña delante de estupefactos barrenderos. Música como tarjeta de presentación y entrevistas ajenas tomando un absurdo sorbete.



Recuerdo un bar de jazz con pinchos de jamón, J.F.K. en la tele y una mesilla válida para escribir una nota de suicidio. Recuerdo los sillones de cuero, Rastros de Carmín y mi falta de costumbre ante semejante actriz italiana. Los aperitivos de señora mayor, carpaccio y escaladas a camionetas abandonadas. Instalaciones en museos que querriamos para casa. Recuerdo los secuestros en estaciones de tren, a los vecinos de Southampton y hacer el Peter Seller con un paragüas en la mano.



Recuerdo pequeños gestos heroicos de no respetar nunca el horario de vuelta. Creo que salvamos de la quiebra a más de una compañía.



Recuerdo apariciones estelares en el trabajo, comida en Recoletos, festivales de consumo que sólo vi por ti. Pastas inglesas por encima de nuestras posibilidades, una bolsa de la Motown en perpetuo movimiento. Bajar un domingo a por golosinas, como quien va a asaltar un castillo fantasmal. Recuerdo un día triste en el que no pudiste estar a mi lado, doblarte las camisetas y ayudarte con la ingeniería escandinava. Recuerdo el hielo formándose sobre el cristal de tu ventana. Recuerdo el obligado silencio en momentos de orquesta wagneriana.



Recuerdo helados de chocolate en tardes libres, mantas rojas y sábados de discos raros. Especial inquietud por colocar las latas, dejar los zapatos por cualquier parte, asaltar mis camisetas sin orden alguno. Barry Lindon y Lolita, las semanas de quince días, tus tontos saludos ante el telefonillo, tus mejillas frias en invierno. Recuerdo el espejo de la entrada, el odio (merecido) a mis cortinas, la curiosa relación entre las mañanas y esa especial fisonomía de tu cara.


Recuerdo todos y cada uno de los momentos, de los detalles. Son estos y no los grandes momentos los que construyen la vida de la gente, los que dan sentido a todo.

miércoles, 7 de abril de 2010

El sonido de los pasos


Se me cruzaron en mi vida los autobuses, me atravesaron y me atraparon dentro. Viajes por carreteras de provincias, una road movie de prostíbulos abandonados en arcenes, de bocadillitos de jamón y queso y nervios en el estómago.


Nervios de chaval, de adolescente de treinta, de pasar la mirada por las palabras de un libro y reparar unas hojas después en lo inútil del gesto, en la dispersión de la mente hacia lugares mejores. De esperar el abrazo, morderte en el cuello, besarte como si me fuera la vida en ello.


Un día te encuentras de pronto en el cauce de un río, en un día soleado. La gente pasea despreocupada, y el frío, marca de la casa, se te mete a través del cuello Mao y te explica donde estás, te recuerda tu lugar, ese en el que ves como otros, puta escoria, se van a llevar lo tuyo. Ves el agua bajar fluyendo, haciendo pequeños remolinos, los críos jugando al lado de sus padres, te gustaría ser uno de ellos. Caerte y que alguien te ayude a levantarte.


Las palabras son como dinero en la República de Weimar, son el último asidero desesperado, el último enganche a la cordura. Y cuándo las palabras no valen, para alguien como yo, es como que se te encasquille el rifle en ese momento justo, en ese momento en el que los indios bajan por la ladera sedientos de sangre hacia ti. Sangre justa, quizás.


Cae una bomba, y como en las películas, escucho todo con eco, desorientado, a punto de la nausea en un estómago vacío. Me quedan horas por delante en las que me fijo en los ancianos, que sin nada que hacer vienen a sentarse en la estación. Un inmigrante espera a alguien, nervioso, cruza su mirada con la mía, creo que es el único que se ha dado cuenta de que estoy allí. El es negro, pobre y está a miles de kilómetros de su casa, yo estoy a años luz de donde debería estar.


Las puertas arrastran sus escobillas por el suelo, y producen un ruido de susurro fantasmal. Oigo pasos de mujer y me torturan. Sé que no son los suyos, pero me imagino que se acercan y que me ponen la mano en la espalda, una mano que nunca llega. Y oigo esos pasos una y otra vez, el siseo de la puerta, y pese a que no quiero me giro, para encontrarme con el vacío, con la tarde ya cayendo, con una pareja reencontrandose. Creo que un tiro en la rodilla tiene que ser más agradable. Pasos, pasos y más pasos.


Finjo leer en un intento absurdo por evadirme, por escapar de ese edificio de estructura funcional, tanto como una cárcel o un patíbulo. Y vuelvo a pasar la mirada por las palabras saltándolas, sin que estas revelen ningún significado, resbalando por entre las letras como en un tobogán acuático. Pasos, pasos y más pasos. Me doy cuenta que lo único que encuentro agradable, seguro, pacificador en un área de explosión atómica, el libro que hago que leo, ni si quiera era para mí. Me parece que sostengo entre mis manos un órgano al que han equivocado de trasplante, y que carece ya de valor alguno.


Pasos, los míos, me dirijo al autobús, salgo de allí lo más rápido que puedo. Prometo no volver la vista atrás, pero tan pronto como lo pienso estoy girando la cabeza. Sólo veo a los viejos apagándose en sus asientos.


El único consuelo que me queda, el único, es que yo ya había leído ese libro.

martes, 6 de abril de 2010

La allnighter (un año después)


Llegamos a la estación de autobuses, de nuevo el aeropuerto para pobres, y encontramos la cafetería reformada, intentando aparentar sofisticación cuando solo debería ofrecer normalidad. Nos fuimos juntando poco a poco en una mesa, y vi el brillo, el instinto depredador en los ojos, pero no ya en mi, si no en alguno de los que esa noche iban a bailar como sólo un mod lo puede hacer, dejándose la jodida alma en la pista.

Supongo que es curioso ver a un grupo de tipos tan variado subirse a un autobús sin maletas, de nuevo en un viaje suicida, sin equipaje, de los que se hacen sin miedo a no volver. Había un rango de edades tan dispar que para un atento observador externo (de los que no hay, no nos engañemos) podría tratarse de una familia, con tíos, sobrinos, casi padres, pero sobre todo hermanos.

Mis amigos, los de verdad, los que están ahí y saben todo, los que no te ríen las gracias y te dicen lo que has hecho mal, los que te explican que el precio ha sido muy caro, me ponían la mano en el hombro, me apretaban, interesándose por mis heridas como cirujanos de campo, diciéndome que no tenían buena pinta, pero que no me moriría, al menos de momento, al menos esa noche.

Tras horas de un viaje demente, en el que había chistes desesperados, un humor tan concreto y absurdo que parecía un código de una máquina enigma, llegamos a nuestro campo de juego. Yo iba delante porque me apetecía, porque a veces, incluso para los que no competimos y lo de quedar primeros nos da igual, es bonito girarse disimuladamente y ver a la columna en formación, con sus Parkas, sus Harringtons y Pea-Coats, desfilando por las calles del Mediterraneo como si la cosa no fuera con ellos, como un grupo de húsares que se dirigen altivos a tomar una posición muy concreta.

Y me precio de ir con ellos, de ser excéntricos, de tener la heterodoxia tan lejos, y haber superado con creces la mera recreación. Eso era de verdad, tan de verdad como el aire que respiraba cada vez que pensaba en la pelota de tenis golpeando la red y cayendo en mi campo, como el ruido que hacían mis zapatos y el brillo de mis hebillas, como el pendiente que ya no llevo pero que hecho tanto de menos, como el rastro de digna tristeza que iba dejando a cada paso.

Me salto las vueltas y las primeras copas, y las tomas de contacto, y los olvidos por ciudades, y me salto lo que no me apetece poner aquí, porque a veces los chicos no están bien, porque a veces los chicos pierden las cosas con las que juegan demasiado, y la química les puede, y la química les lleva a olvidar el porque hacen tantos kilómetros para poder sentir eso con esa canción, y sentirlo con más gente como ellos, o al menos imaginarlo, pero imaginarlo en grupo.

Y empecé a bailar, y no paré. Y empecé a bailar como si me fuera la vida en ello, con precaución ante la extraña expectación y miradas, pero bailé porque era lo que había ido hacer allí y no pensaba detenerme por nada. Y recuerdo la sala, tan extraña, tan de otro momento, tan de otra gente, como una ciudad ocupada, está vez no por bárbaros, si no por liberadores. Cómo caían los temas, como tuve esa sensación, al menos por un rato, de empezar a sudar, de olvidarme de los pasos y dejar que todo fluyera, de ser un derbiche al punto de perder la conciencia para pagar mis pecados con el baile.

Y sonó Marvin Gaye, no recuerdo el tema, y vi como se me empezaron a abrir las heridas, a salir el egoísmo y la jactancia, el narcisismo y la inseguridad, el ansia, el desastre, la codicia. Sin gente como Marvin estaríamos perdidos, estaríamos a merced de las tendencias, de la manipulación, de las estrategias de mercado. Y me jode porque sé que una allnighter no arregla nada, que determinadas asociaciones están sólo en las cabezas de unos pocos. Pero más allá de eso me hizo sentir humano y falible, me hizo sentir tan solo que me acordé de mi autosuficiencia, de lo que al final nos queda a gente que sabemos los que es perder, pero que no dejamos que se nos arrugue la camisa.

La vuelta me la reservo. Es posible que por momentos, a la luz del día pareciéramos huidos del frenopático, recién expulsados de un ovni, supervivientes de un naufragio en alta mar. Pero volvíamos juntos, sin darnos la espalda, aceptando los excesos y enfrentándonos a nuestros fantasmas, pasados y presentes, algunos más hundidos que otros, pero todos, incluso los más tocados, permaneciendo con la barbilla alta frente a la puta adversidad.

Hoy escribo esto solo, sin cenar, con varias cervezas vacías y una botella de ese escocés que me da cierta constancia ante el teclado. Tengo los ojos hinchados, aspecto de Conde Orlock y una montaña de enemigos que vencer antes de dormirme. Hoy escribo esto acordándome de la allnighter del pasado, de la electricidad y la esperanza, pero también del remordimiento y de la culpabilidad. Pero no me arrepiento, no me arrepiento porque mientras que mis pies bailen, mientras que me sienta humano y libre podré seguir adelante.

(Dedicado especialmente a mis amigos, no hace falta que les nombre, estuvieran o no allí, y a todos aquellos que se emocionan ante una bonito tema de SOUL, de los que ya nadie oye, nadie salvo nosotros).

lunes, 5 de abril de 2010

Estos días


Estos días son de esos en los que se piensa demasiado, sobre lo que hicimos y sobre lo que dejamos sin hacer. Estos días son de nudo permanente en el estómago, de ser atados por los pies y arrastrados por un camino de piedras en punta. Estos días son de esos que quisieras saltar, que nunca hubieran llegado.

En estos días no encontramos las palabras justas, reescribimos torpes frases cuatro veces. Nos quedamos mirando a la tele con los ojos tan abiertos que se nos caerían, tan abstraídos que alguien podría sacarnos un diente (o el alma) y no le prestaríamos atención. En estos días el único consuelo lo encontramos en el sueño, y normalmente es químico.

Estos días son de retorcerse en la cama como un endemoniado, de arquear la espalda y estirar las piernas, de negarnos a nosotros mismos mientras que acercamos lo puños a nuestros ojos y apretamos, hasta que duele. En estos días la cama donde duermo me parece tan grande que necesito atarme una cuerda a la mesilla para no perderme. En estos días he mirado tantas veces al techo de la habitación mientras suspiraba que lo tengo cartografiado a la perfección.

En estos días el mundo pasa a ser una metáfora continua, pasa a convertirse en una identificación en la morgue. Las torres de reloj en rascacielos, los museos con la tierra en el cielo, los paseos por los que nunca pasearemos. Los pequeños detalles, todos ellos, una bolsa, una goma para el pelo, un cepillo de dientes, ese libro, regalo frustrado, que nunca leeremos.

Estos días, en los que llueven piedras, en los que ni si quiera el sexo consuela, en que la traición te vuelve para estallarte en la cara, en estos días quizá sólo podemos conformarnos con alguna canción, con algún pasaje de un libro.

En estos días sólo podemos imaginar quien nos gustaría ser.

lunes, 15 de marzo de 2010

Autodefinido

Voy saltando entre las casillas del formulario con el cursor, dando al tabulador sin energía, deslizando los dedos en el teclado escribiendo la estupidez requerida para cada celda. Miro la hora, no son ni las once, aun me queda mucho para salir a comer y escuchar un poco de música mientras que paseo sin rumbo por las calles que rodean al sitio donde paso nueve horas de mi vida todos los días.

Me encontré con ella el otro día, ha tenido una niña. Yo estuve a punto de tener una depresión, pero me pareció poco apropiado para mi edad y para mi situación gastarme el dinero en pastillas, psicoterapia y pañuelos de papel. Me quedé sólo con la tristeza y los pañuelos.

Entra otro cliente y me hace una pregunta absurda. Le miro con desprecio profesional, es decir, bordeando la linea de lo notorio para dejarle una impresión confusa. Me encanta pensar que soy un factor de desestabilización, de piedra hacia la psicosis. Si alguno de estos que vienen con aires de vizconde acaba jodido, y yo he tenido algo que ver, aunque sea un poco, creo que habré hecho un bien a la humanidad.

- ¿Cómo se llama? - la pregunté mientras que observaba lo cambiada que estaba, lo ajenamente familiar que me resultaba.
- Se llama... - pasó un autobús rugiendo, no la oí. - Pero supongo que no será ninguna sorpresa para ti.
- Claro. Bueno, todo es sorprendente, no te creas, pero no supongo que no - la dije mientras que aturdido pensaba en despedirme mirando el reloj.

Me llaman de dirección, me comentan no sé que de la puntualidad. Me jode que no me digan nada de mis cuellos de pico asomando por fuera del jersey, del botón abrochado hasta el cuello y de mis dientes amarillos por los cigarrillos soldados a mi mano. Me jode que no les molesten mis patillas de hacha de leñador de siete novias para siete hermanos. Pienso en argumentar sobre lo abstracto de la medición del tiempo y lo arbitrario que resulta todo, pero callo y dejo que se orinen encima mía una vez más.

Según avancé por la calle me dieron ganas de darme la vuelta, de salir corriendo hacia ella y preguntarle todo. Preguntarle sobre todo que opinaba de mi, no tanto ahora, si no en perspectiva, que papel jugaba yo en su narración. No sabía si tenía diálogos, era un figurante o una sombra en flashback antes de los créditos. La vi perderse con el carrito por una esquina. Me entró tanto frío que me subí el cuello del peacoat y me agarré las solapas con la mano izquierda.

Abro el mail y leo un correo ridículo. Me preguntan algo que ya he respondido, se quejan de la presunta falta de respuesta. Lo más hiriente es que adjuntan el mensaje que les envié, donde viene explicado todo. Doy al botón de nuevo, donde realmente debería poner viejo. Empiezo a escribir:

Estimado Sr. Valdavia:
Es usted un completo imbécil. No puedo comprender como puede tener usted esa cuenta bancaria tan abultada, esa posición desde la que se contemplan las cabecitas de la gente. Comprendo por contra la cara de obeso viejo pervertido, con mofletes caídos como filetes de carne barata. Pero me reitero, para que no se le olvide, es usted imbécil, tanto que no comprendo como puede siquiera andar o controlar sus esfínteres.
Atte.

Le doy a enviar, me empiezo a sentir de puta madre. Descuelgo el teléfono, marco su número. Por muchos años que pasen determinados números de teléfono nunca se olvidan.

- Sí? Quién es? - oigo su casa, la tele de fondo, la niña balbuceando. Puedo ver la luz de media tarde entrando por la ventana del salón, las motitas de polvo volando por el aire y haciendose visibles a cada rato.
- Soy yo - le digo como una corriente de aire de las que cierran las puertas con estruendo. - Siempre me gustó el nombre de Clara, lo adoré. Pero no podía ser el padre de nadie llamado Clara, ni Lucía, María o Encarna. No podía, lo siento.
- Ya sé que no podías, idiota, ya lo sé, por eso acabamos como acabamos - Me dice con rabia, naturalmente confusa, como quien recibe un bofetón cuando está contemplando un atardecer - ¡Además se llama Laura! como yo.
- Es que pasaba - el crack del corte de línea, los pitidos como árbitros sacando una tarjeta roja compulsivamente - un autobús - acabo de decir mientras que cuelgo el teléfono.

Miro hacia la pecera donde está el supervisor. Veo que está hablando por teléfono, como pidiendo disculpas, mientras que me mira y me hace el gesto de rebanarme el cuello. Cojo un folio y un rotulador grueso. Escribo: "JO-DE-TE". Se lo enseño y me voy hacia la puerta de la calle. El tipo me mira desde dentro de su cubículo haciendo gestos de mono loco.

El sol me pega en los ojos, calor y cosquilleo agradables, me siento a esperar el autobús, el del ruido, el que brama. Cojo un periódico gratuito abandonado en el asiento metálico. Me pongo a hacer el autodefinido, a medio completar:

"Que no vale para nada", 6 letras, IN - - IL.

Pienso en escribir una carta al director del periódico, deberían tener más tacto a la hora de elaborar los pasatiempos.

martes, 23 de febrero de 2010

El Espectador


Algunas veces me sentía tan alejado de todo y de todos que parecía más un espectador que una persona. Me invadía una sensación fantasmagórica, de pasar desapercibido aunque llevara puesto un sombrero llameante en la cabeza, aunque paseara arrastrando un piano desvencijado, de los que suenan como un campo de heridos tras una batalla.


Me ponía mis botines de punta negros, con hebilla plateada y tacón duro y resonante, necesitaba salir de el denso anonimato, de la forzada condición de número de la seguridad social o nombre en un ordenador de promociones telefónicas. Andaba por las calles con las manos en el bolsillo del abrigo, la bufanda a modo de ofidio estrangulante, la vista acechando como un depredador en busca de alimento, atento a ti, que no me veías ni querías verme.


Estaba el paralítico de los Lunes en su silla de ruedas, en la esquina de Gran Vía con la Calle de la Flor Alta, vociferante guardabarreras al que veía exigir un cigarro a los transeúntes con la tranquilidad del desahuciado, la maldad del criminal, el oficio del prestamista. Los Martes por la mañana estaba la chica de la zapatería, resquicio de belleza suburbial, siempre en vaqueros y colocando cosas, dejando ver su cintura al levantar los brazos, en una proporción tan sexualmente lograda con sus anchas caderas. Los Miércoles pasaba por una perpendicular a Barquillo y veía la cola de pobres esperando una ración para la cena. Eran mucho más pacientes y disciplinados que los clientes de la cola del supermercado, mas sucios, pero más pacientes. Un día a uno le regalé mi paraguas, el me regaló su indiferencia. Los Jueves comía en el bar de las chicas, sólo por ver a la camarera caribeña, con cara de aprendida seriedad castellana, camisa blanca y sujetador negro, una teatralidad femenina al moverse tan marcada como la ausencia de estaciones en el ecuador. El Viernes me veía a mi mismo, en el espejo del ascensor, contando las horas que faltaban, saboreando el alcohol aun en la boca, el tabaco supurando en la piel, y un sueño tan amplio como las contradicciones que se me agolpaban en la cabeza, cercenada de realidad y alimentada sólo por los deseos dementes de la noche anterior.


Andaba con pasos grandes, de soldado prusiano acechado por el látigo, cigarro dejando explosiones humeantes de locomotora de carbón y pelo revuelto por el aire húmedo. Andaba kilómetros, tantos que, si no practicara la exploración inconsciente y deslabazada, hubieran desplazado el mundo por la cinética de mis pies. Andaba para no volver a casa y encontrarme la tele del salón con una película en la que se veía un pistón encajando una y otra vez dentro del cilindro, haciendo andar al motor, con un movimiento profesionalmente aprendido por la fuerza de la costumbre.


Y mientras andaba grababa, catalogaba, listaba. Os reducía a recortes de collage, a trazos inconclusos, a imágenes fragmentarias. Componía con vosotros un cuadro de realidad de párpados parpadeando a ritmo estroboscópico. De calvas brillantes, jerseys confundidos y centenares de paraguas chocando entre ellos. Saltando algún ojo de vez en cuando.


Y yo no era parte de nada, y era el único que me daba cuenta de todo.


Y noté tu mano en mi hombro, mientras miraba unos discos en la Calle Salud. Tu pelo de puntas de flecha, tus ojos de abordaje, tu actitud de avalancha contenida. Me dijiste que me viste expiando mis pecados a través del baile, y aunque no fue eso lo que me dijiste fui lo que yo quise recordar. Me dijiste otras cosas y al cabo de poco me decías otras con otro lenguaje más propio de los animales, pero más sincero y falto de ambages. Y me hiciste feliz, al menos por un tiempo, pero sobre todo me hiciste parte de algo, que tu nunca supiste, y fue pasar al otro lado, y ser yo el visto y no el que veía, ser yo, por una vez, el protagonista y no el espectador.

viernes, 22 de enero de 2010

La Nota



Pues sólo existe una gran aventura
y es hacia adentro, hacia uno mismo,
y para esa, ni el tiempo, ni el espacio,
ni los actos, siquiera importan.
Trópico de Cáncer HENRY MILLER


Descubro una nota en el libro, un papel, que supongo me sirvió de marcapáginas, anotado, mi letra, una conexión con el pasado, un puente que me hace caer hacia un momento casi olvidado.

Estoy en mi casa por casualidad y en la calle llueve. Puedo ver el muñeco rojo del semáforo apareciendo a cada rato, prohibiendo el paso a nadie, trabajando un día de fiesta. Me llega el sonido de la tele del salón, de mi madre hablando sobre un programa insulso. Reconozco mi casa, mi habitación, pero ya no es la misma que dejé hace unos años. Partí de casa fingiendo ser otro, inventando un personaje costumbrista, trabajando de muñeco de semáforo sin valer para ello.

Me enciendo un cigarro y el humo me entra como una amable criatura, noto su densidad, es el metrónomo de mis pensamientos. Miro la nota y me veo con veintipocos años, anotando citas de un libro que no debí comprender. En aquel momento aún no había transitado por esos lugares que dan miedo pero que resultan irresistiblemente magnéticos. Creo, sin embargo, que aquel libro me gustó porque hablaba de dolor, y de eso yo ya iba sobrado en aquella época.

La nota me duele porque me recuerda lo que pude haber sido. Un papel a veces te tira de la tripas más que cualquier reflexión, más que la mayoría de las personas. Decido salir a la calle. Me pongo la parka, me ajusto el gorro y cojo el mismo ascensor que me ha llevado en mis días más memorables, en mis jornadas más tristes y en mis momentos más convulsos. Debería hacer un monumento a esta máquina.

La lluvia ha apagado el frío y mis pies pisan las calles mojadas y naranjas. La luz de las farolas en un día como este es de serie de televisión un domingo por la tarde, de resultados de jornada futbolística anotados por mi padre en pijama, esa quiniela que nunca llegó, ahora me parece ser un niño de siete años perdido y triste.

Creo que desde esa época empecé a odiar a la gente. Notaba un desplazamiento, una incomprensión mutua, un extrañamiento de explorador victoriano ante una tribu africana. Según fui creciendo, la brecha se agrandó y cuando escribí la nota que hace un rato ha volteado mi tarde, era un abismo de proporciones continentales.

Un coche me pasa rápido por mi derecha y puedo ver a la familia que va dentro, una pareja joven con un niño pequeño. Casi puedo reconstruir sus vidas sin conocerlos. No hay desprecio, hay miedo ante lo sabido. Entro en un bar a comprar tabaco. Mientras que el camarero cambia el billete con desgana, veo las fotos de los platos combinados, las botellas colocadas por familias de licores. Echo las monedas en la máquina y me miro en un espejo. Me veo mayor, me veo inseguro, pero con un aire de dignidad fracasada que antes no tenía. La aceptación de lo evidente, de mi fracaso como escritor, como hijo y como pareja, como producto social incluso, por lo menos te proporciona la tranquilidad de saber que ya nadie espera nada de ti.

Veo a unas señoras en una mesa, toman un café, gritan como brujas. Cojo el bolso de una. Lo hago rápido y nadie se da cuenta. Es la primera vez que robo algo y casi se me sale el corazón por la boca. M e meto en un portal y subo al entrepiso. Me siento en la escalera y empiezo la autopsia. Pañuelos de papel, un móvil viejo, una cartera con carnet, tarjetas y 20 euros, pintalabios, dos horquillas, residuos indefinidos. Abro el móvil y curioseo los mensajes: “Mi marido se va mañana A las 5 te espero para que me claves la polla bien hondo”. Siento una mezcla de excitación y asco, de nerviosismo por conocer una miseria de alguien anónimamente cercano. Pienso en llamar al marido, sólo por joder, sólo por crear un conflicto, sólo por quebrar una vida. Tiro el móvil contra la pared de la escalera y lo reviento como a un caracol.


Salgo del portal y me enciendo un cigarro. Ando rápido hacia ninguna parte como llevo haciendo años. Me paro y miro una alcantarilla. Recoge el agua de la lluvia. La suciedad y el aceite de los coches hace que se formen extrañas formas con la luz. Sólo me hace falta concentrarme un poco y empiezo a ver cosas conocidas: veo el Tíber iluminado e la curva del castillo de San Angello, veo el globo aerostático en el que subí con doce años, está mi profesora de ética del instituto, probablemente la mujer más sexual que he visto en mi vida. Veo a Steven Spielberg de joven, cuando no era ñoño, rodando ‘Tiburón’, está el sauce llorón de mi piscina y yo mismo mirando el sol entre sus ramas.

Levanto la vista y veo a una chica que me mira extrañada en la acera de enfrente. Lleva paraguas y parece que espera a alguien para salir de fiesta. Pienso en gritarla que la odio, a ella, a sus botas blancas y a sus rizos de peluquería, que odio su abrigo sin clase y su bolso a juego con sus botas. Pienso en decirla que me odio a mí mismo, pero me entra una tristeza tan fuerte que tengo que apretar la garganta para no llorar.

Me quito el gorro y me lanzo a una carrera desenfrenada. Nunca el agua de la lluvia fue tan oportuna para ocultar las lágrimas de alguien.
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Foto del flickr Ecstasy & Wine.

jueves, 21 de enero de 2010

Vías Cruzadas, o los estigmas del cine independiente

La pasada semana agarré esta película al vuelo en La 2, ya sabéis, pies encima de la mesa, zapeo constante, y "deja eso". Reconozco mi pudor para arrastrar por los suelos a películas bienintencionadas, y esta sin duda lo es, pero a mitad de la historia no tuve más remedio que levantar la cabeza y empezar a disparar a discreción contra esta previsible nadería. Más allá de la destrucción de esta semidesconocida película, me llamo la atención la cantidad de marcas, casi estigmas, que arrastra el cine independiente americano, lo sobrevalorado del mismo y sobre todo lo aburrido que es. Empecemos la autopsia:

1.- Personajes. Los protagonistas de esta cinta son un enano silencioso y taciturno al que le gustan los trenes, una mujer de mediana edad depresiva que pinta cuadros abstractos y un cubano que vende café en el lugar menos poblado de América. Para completar el cuadro tenemos a una niña extrovertida con sobrepeso (negra y pobre), un redneck con mullet en el papel de malo y una bibliotecaria lolita y cachonda que acaba embarazada. Esto se llama rareza pretendida. No construimos una historia y por necesidades de la misma aparecen tipos poco usuales. Buscamos primero gente extrañamente tópica y les colocamos como a figuritas en una maqueta. Ojo que los engranajes empiezan a chirriar.

2.- Relaciones. Ahora que tenemos montado el circo nos haría falta que los muñecos se movieran un poco para entretener al personal. Cuando los guionistas son hábiles, los personajes se conocen e interactuan de una forma sutil, como en toda historia inventada nada es casual pero nosotros, el público, no nos damos cuenta. En The Station Agent y otras muchas del estilo, más que encuentros tenemos encontronazos, situaciones de unión tan forzadas que resultan inverosímiles.

3.- Emociones. Estas películas siempre han presumido de ser un "crisol de sentimientos", que diría algún redactor cursi e imbécil de una revista de tendencias. Si nos emocionamos viendo una película es porque sentimos empatía, es decir, nos ponemos en el lugar del otro, comprendemos lo que siente y por tanto revivimos en nuestro pathos lo visto. Aquí no hay empatía posible. Casi todos los personajes suelen caracterizarse por una anemia energética notable, pasean sus caritas lánguidas por la pantalla y miran al horizonte esperando algo que no llega nunca. Todos tenemos momentos de astenia, estos la llevan en su código genético, no hay cambios, sólo una melancolía permanente.

4.- Ausencia de conflictos de clase. Vale, ya sé que en La Guerra de las Galaxias tampoco hay lugar para esto, la diferencia es que estos presumen de Cinema Verité. Pretenden reflejar la realidad, pretenden huir del borreguismo hollywoodiense y que universitarios interesados en el cine asientan con la cabecita a sus creaciones. Pero eso sí, no me expliques como coño vive un inmigrante cubano vendiendo dos cafés al día, sin derecho a contrato o asistencia sanitaria y con un padre gravemente enfermo. Y no me lo explicas por un sencillo motivo, querido creador independiente, en tu puta vida has sabido lo que es eso. Hay pues más de real en La Sirenita que en diez años de vuestro cine.

5.- Sexo. O no aparece por ninguna parte o si lo hace es de una forma patológica y pueril. En este punto no prefiero entrar, pero a mi me parece claro y cristalino como el agua en una mañana de verano.

6.- Estética. De manual, pero demasiado. Al igual que los escritores utilizan los tiempos y las personas verbales para contar diferentes tipos de historias, en el cine no deberías cambiar de plano cada tres segundos si tu tema es la quietud y la introspección. Eso es una cosa, otra no desmontar la cámara del trípode que te dejaron en la escuela de cine en noventa minutos. Esto no es teatro filmado, y, o no te enteraste en el tema 1 o el día que os pusieron Potemkin faltaste para ir a ver a Jay Jay Johanson o algo peor.

7.- Vergüenza ajena. Nunca, nunca, nunca (te has enterado ya?) filmes una escena de gritos, furia descontrolada, llantos o cualquier otro momento desmedido a no ser que esté muy justificado y cuentes con actores de primera. Si no el resultado que obtendrás es el que da nombre a este punto.

8.- Música. Si quieres meter la musiquilla que hace tu novia la cool-trendy-guay con el casio y eso justifica que a lo mejor te deje que la des algo más que un besito, vale. Si no es por eso recurre a un profesional que haga algo que enfatice y arrope tu película. Porque esto no es como aquella vez que pusiste unos emepetreses en la fiesta de primavera, no se trata de sacar porque sí a tus grupos preferidos. O sí, pero es que a nosotros nos gusta el soul...

9.- Cuanta algo por dios. Es decir, no vale que pare el DVD en cualquier momento y obtenga el mismo resultado que si me espero hasta el final. No hace falta que os ciñais a la novela decimonónica, pero no estaría mal algo de estructura, algún punto de giro y alguna pista que haga pensar al espectador que merece la pena acabar de ver tu película por algo más que hacer tiempo. De verdad, en el fondo esto se trata de contar historias, incluso aunque carezcan de interés real se pueden, se deben contar bien.

10.- El cine de entretenimiento no es malo. Incluso normalmente es mejor que el tuyo. Mira Indiana Jones y el Arca Perdida y aprende como contar algo, de forma interesante y que te lo haga pasar bien durante hora y media. ¿Qué tu eres un tipo serio y sustancial?. Te diría que vieras La Soledad del Corredor de Fondo, pero no, no te lo mereces, esa es nuestra.