jueves, 16 de septiembre de 2010
Zapping
Cambiaba rápido, apretando el mando, confundiendo al aparato, escapando, intentando encontrar un reposo perdido en un ámbito tan hostil.
Un collage de barbaridades inconexas, de caras sin sentimiento, de imágenes vacías camino del cementerio de la razón.
Lo que me aterraba era romper el papel de la pared y que detrás hubiera algo, rumiando la maldad acumulada durante años, emparedados de sección de sucesos en periódico amarillento.
La incapacidad del esquizoide para sentir, para conectar, dicen, la capacidad del humano medio para estar más cerca del chimpancé que del privilegiado genio.
No puedo dormir y me revuelvo en la cama como una larva tirada en la arena de la playa, las ojeras tan pronunciadas que casi puedo ver el pasado.
Ni en la lencería más bonita encuentro el consuelo, sólo quedan horquillas al final de todo, y yo, en la cama de mi amigo, soñando despierto por el efecto de la anfetamina.
Comiendo techo hasta el final, con el blanco en mis sienes, el que anula mis pensamientos, y la culpa en un saco, a mi espalda, como en ese disco de los Dexy´s.
Paro, respiro, veo tu arte final.
Leo a Óscar: No sé si merece la pena vivir así.
martes, 14 de septiembre de 2010
Desde la ventana
La calle estaba abarrotada como de costumbre. Desde mi ventana era capaz de ver a la gente sin que me vieran, sin que imaginaran por un segundo que alguien se fijaba en ellos, con la curiosidad que un entomólogo pone en el descubrimiento de cada nuevo ejemplar. Mi apartamento, pequeño, en el centro, no estaba demasiado alto, con lo que aquellos habitantes tan acostumbrados a la normalidad no perdían sus detalles, su específica absurdez que les hacía elevarse hasta mis ojos, mientras que paseaban y representaban tener algún objetivo.Me puse un café de los que rezumaban nerviosismo antes de una cita, de esas importantes para las que te preparas y no dejas ningún detalle al azar, de esas de las que carecía. Pensé en animarme un poco con una recopilación de jazz de la Kent, de las de músicos golfeando en las calles del Soho londinense a mediados de los sesenta. Dejé el libro que había estado leyendo cerca, por si la función de hoy no resultaba agradable. Allí iba el primero, una mezcla de banquero fracasado de los noventa y presentador de variedades, primer individuo a la lista. Un compendio tan desastroso y ruin no merecía quedarse en el anonimato.
Seguí apuntando en el cuaderno, rasgueando con el lápiz, en una letra sólo legible por mí, una pequeña descripción de cada uno. No me interesaban todos. La chica de veintipico aspirante a azafata de congresos, de pantaloncitos blancos y camiseta dos tallas más pequeña se quedaba en el camino, en el suyo, allá donde quisiera ir. Por contra, un señor con aspecto de funcionario de hacienda, con una calvicie disimulada torpemente y que miraba el reloj nervioso en la plaza, me llamó la atención. Alguien que parecía surgido de una máquina de hacer gente y que tenía tal necesidad de controlar su tiempo era aterradoramente real, era como un actor de película española de sábado por la tarde, de comedia costumbrista irrumpiendo en un mundo de falsa sofisticación para el que no estaba preparado.
Aquella tarde cayeron en la libreta algunos tipos más. Una señora de Albacete (seguro que era de allí) a la que se le cayó el pan al suelo y tras dudar en recogerlo dejó la barra reclamando su ayuda mientras que huía de su pequeña tragedia personal sin mirar atrás. Un tío que tocaba la trompeta y cantaba sin escrúpulos, mientras que hacía movimientos pélvicos a toda muchachita que se le acercara, moviendo unos pies pequeñísimos que tenía enfundados en unos zapatos de charol negros. Alguien así seguro que se gastaba en putas todo el dinero que lograba ganar. También me llamó la atención un hombre muy delgado vestido con un traje negro, estilo enterrador del lejano oeste, que miraba un plano como buscando la ayuda de alguien. Llevaba una maleta enorme y antigua que sólo podía contener alguna frustración inconfesable.
Sonó el teléfono cuando estaba a punto de atrapar a un anciano calcado al Kaiser Guillermo.
Lo cogí sin mirar quién era mientras que contestaba sin perder detalle del mundo exterior. Era una promoción telefónica en la que para intentar venderme una tarjeta de crédito me preguntaban si era feliz, si viajaba al extranjero o si compraba productos frescos por internet. Empecé a intentar razonar con la chica del otro lado de la línea acerca de la economía mundial y los peligros de las sectas orientales; me encantaba regalar a los aburridos operadores unos minutos de conversación surrealista, cuando se me coló por los ojos algo que no estaba previsto.
Apenas tuve tiempo de verla, pasó rápido mientras que comentaba a mi estupefacta oyente el ascenso del oro en los mercados. Me impresionó que andara como si cada paso significara algo, como si el resto del mundo fuera en blanco y negro a su lado. Creo que acabo de tener una epifanía, dije mientras que apretaba la tecla de colgar y ponía una mano en el cristal.
Tenía el pelo huracanado, un bolso rojo y negro que movía como un péndulo que marcaba mis necesidades y que llevaba dentro lo que un arqueólogo buscaría jugándose la vida. Vi sus piernas de cantante de vestido largo en el París ocupado y su boca volcánica de labios rojos de los que sólo podían surgir besos y palabras de los que te marcan al fuego sin vuelta atrás. Fue sólo un momento, creo que menos de treinta segundos, pero fueron suficientes para saber lo mismo que si hubiera estado observándola durante meses.
Fui al armario con tranquilidad y empecé a elegir la ropa que me iba a poner mientras que el agua de la ducha caía huérfana a la bañera, esperando a calentarse y humear. La ciudad era enorme, y aunque sabía que a cada respiración que pasaba mis posibilidades de encontrarme con ella se reducían también sabía que no quería que fuera de cualquier forma, que igual que el sacerdote exige de un hábito y la misa de una liturgia, yo necesitaba tener un aspecto digno para enfrentarme a esa breve imagen de la que había sido testigo.
Mientras que el agua caía me tapé los oídos con las manos y dejé que el ruido de las gotas sobre mí me condujera por donde había venido en estos últimos años. Mi accidente personal sin vuelta atrás, de esas catástrofes que ocurren durante años, en las que te ves envuelto sin saber cómo, hasta que un día tu vida se ve marcada por las cadenas de la costumbre, por el pozo de la cotidianeidad y los grilletes de una hipoteca a interés variable. Empecé a secarme el pelo y me vi montado en la scooter italiana de un amigo, pasando por túneles mientras que dejaba que el aire golpeara mi cara, el aire de una noche de Madrid de apenas hace un año en la que decidí que si las cosas no cambiaban no tenía demasiado sentido denominarme persona.
Cerré la puerta y salí por el pasillo, largo, con paredes de color salmón (siempre dudé si mi casa había sido diseñada por un arquitecto de frenopáticos) y llegué al ascensor. Me crucé con una vecina que no dejó de mirarme los zapatos de hebilla plateada durante el trayecto. Casi estuve a punto de confesarle que eran mi fetiche, mi instrumento de hipnosis, pero que preferían funcionar con público algo más joven. Es posible que mi aspecto, más cercano al de Michael Caine en Alfie que al que se espera de un tío de treinta y pocos en esta época de confusión la hubieran recordado tiempos mejores en su vida, en su vida de ascensores con bolsas vacías de mercados atestados.
Empecé a andar, tenía el tono correcto, ese que marcan las grandes ocasiones, de los pasos que te permiten andar a la deriva sin ningún destino ni itinerario, sin ninguna meta, escribiendo con los pies líneas de las que André Bretón se sentiría orgulloso. Me crucé con el vagabundo de la esquina que anunciaba el desastre en el que estábamos metidos, con su cartón mal escrito y en el que me pareció leer una acusación contra todos. Esquivé a un grupo de adolescentes que andaban jodiendo con sus monopatines, saltaban unas escaleras haciendo un ruido de látigo romano sobre espalda de esclavos remeros. Me encontré con un conocido de los que preferimos evitar, intercambié con él unas palabras inútiles mientras que miraba sobre su hombro buscándola, encaramado a un mástil catalejo en mano, sin resultados ni tierra en la que desembarcar.
Dejé las calles y me metí en una tienda de discos que era un reducto de pasión impresa en vinilos negros. Saludé al dueño, un ex-yippie con cara de pena que se había dejado las ganas de saludar en el San Francisco de autobuses escolares pintados con colores fosforescentes. Recorrí con mis dedos las carátulas intentado recordar el nombre de nada en particular, fijándome en los detalles de mis héroes, de esos tíos que creyeron que se podía hacer algo digno con una guitarra en las manos. Cogí un LP amarillo, la portada era la foto del deseo. Un brasileño, Sergio Mendes miraba fijamente al posible oyente desde detrás de la cara de una mujer que se dirigía al cielo en pleno éxtasis, de esos que nos anticipan la explosión. Alguien me tocó el hombro, unos pequeños dedos de chica eléctrica.
Me giré, era ella, evidentemente que lo era. No esperaba otra cosa. La miré mientras que se detenía el tiempo, y las motitas de polvo que volaban en el aire de la tienda, efectos especiales de la naturaleza, se fijaron como piezas de mosaico que tuve que apartar con la mano. Dejé que me hablara para oír su voz y para esperar que la imagen breve de mi ventana empezara a dejar de ser spot para convertirse en largometraje.
Estuvimos hablando unos minutos sobre alguna intrascendencia musical, nuestras voces eran un ruido de fondo del que se produce cuando se necesita llenar un vacío, cuando las palabras comunican más por su tono, por la forma en la que los labios se mueven, reclamando ir más allá, que por lo que significan en sí mismas. La miraba como un astronauta miraría la Tierra desde su nave espacial, la miraba como un investigador pegado al microscopio, viendo sus extensiones y sus más pequeños detalles. Un par de lunares gemelos en el fin del cuello, un giro del pelo en el comienzo de su ceja, una boca de actriz italiana, de las que sólo son comprensibles en películas de culto donde las imágenes en movimiento acaban tomando la textura de la realidad.
Salimos de la tienda. La calle, pequeña, apenas transitada tenía aire de decorado más que de calle de verdad. La cogí la mano sabiendo, por esas imperceptibles sensaciones que desciframos sin saber cómo, que no iba a obtener un rechazo. La miré y le dije que me parecía lo más bonito que había visto en años. Ella, ligeramente asombrada, agachó la mirada mientras que reía de la forma en que se ríen los niños cuando son descubiertos haciendo algo que está mal. Me acerqué a su oído y le dije algo que sólo se me ocurrió por la intensidad volcánica de las grandes situaciones, le dije una frase por la que un guionista mataría para poder acabar su película con el público sinceramente emocionado.
Dejé que ella se fuera primero, que doblara la esquina y se diera la vuelta para sonreírme y decirme adiós con la mano.
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(Dedicado a la chica que se va más allá del Atlántico, al otro lado del continente de Borroughs, Allen y Los Soprano, a la ciudad de los autobuses escolares pintados de alucinantes colores.)
lunes, 23 de agosto de 2010
La actitud

miércoles, 18 de agosto de 2010
Días asaigonados

Días de latitudes perdidas y brújulas estropeadas, de campos magnéticos totalitarios y caminos de indicaciones fallidas, círculos alrededor de un mismo punto, abrir una salida y entrar al mismo sitio del que has huido.
Salgo a la calle, son las doce, la luz es hostil, casi tanto como mi propia cabeza. El aire es extraño, como dulce, exageradamente, y los colores, alterados, tienden al violeta. La gente, ocupada en algo habitual, me resulta grotesca, y sus ocupaciones, comprar el periódico, pasear al perro, deleznables.
Días perdidos excepto para el cansancio, para la extenuación mental, el regodeo en las mismas ideas fangosas y los mismos problemas acuciantes. Ni el hacer nada consuela, ni el quedarte quieto, estático, como un bicho esperando el golpe que quiebre el caparazón, sirve para algo.
Ando buscando la trayectoria más corta hacia mi casa, pero sé que allí no voy a encontrar descanso. Aun así es el mejor plan que se me ocurre, el más cabal dentro de la sopa de imbecilidades que me he bebido. Cruzo una calle sin mirar y casi me arrolla un coche. En esos momentos la perspectiva del desmayo por el golpe me resulta razonable.
Acabé arremolinado alrededor del polvo, con otros muchos, zumbando estrepitosamente en un ruido de conversaciones inútiles y contemplativas, autoindulgentes, vacuas y asquerosas. Al menos me gustaría afrontar el hecho con naturalidad, y darme el gran atracón de una vez por todas, sin esperar sonrisas, disculpas y miradas de indulgencia.
Llego a mi calle y me veo atrapado en una procesión de Hare Krishnas. Es una demostración pública de su fuerza, tocan panderetas y hacen sonar unos cascabelillos. Uno de ellos, horrible, con una sonrisa mongoloide y dientes de conejo me intenta dar un folleto. Pienso seriamente en atrapar su cuello con mis manos y matarle allí mismo, delante de sus amigos, de los transeúntes que miran complacidos la estupidez orientalista. No lo hago porque cuando estoy dispuesto a ello me doy cuenta que ha pasado un rato, y estoy sólo y en mi casa.
Abro el grifo y un plato mal colocado derrama agua sobre mí. Mi indumentaria, reluciente hace horas, siglos, parece el sudario de un muerto. Me la quito, me quedo desnudo, me voy a la ducha, esperando quedarme en blanco y poder dormir algo. Sé que es imposible, sé que es mentira, pero tengo que intentarlo.
Como me gustan los domingos por la mañana.
martes, 3 de agosto de 2010
Euroyeyé 2010
Algo fallaba en aquel momento, lo noté en la piel, en el aire, como un montañero que ha alcanzado demasiada altura y le empieza a faltar el oxígeno. Acabábamos de llegar a la estación y ya me empezaba a sentir raro, muy fuera de lugar. Sé que tengo poco que ver con las familias que vuelven de vacaciones, y llevan en sus maletas recuerdos de estantería para la abuela, o con los camareros que miran la tele mientras te ponen un café horrendo, pero me encuentro con ellos todos los días, y no me siento tan mal. Subimos al tren y antes de quedarme dormido me empecé a despedir de ese paisaje asturiano tan raro, tan verde, con casitas desperdigadas, chimeneas que echan humo blanco y una luz gris que empapa todo de un estatismo de postal. Sabía porque me sentía con el estómago tan dado la vuelta y sabía porque quería dormirme, lo sabía porque no es la primera vez que siento algo así. domingo, 18 de julio de 2010
Andar sobre raíles

Madrid era una ciudad que aun le resultaba desconocida. Tenía un par de puntos de referencia para poder llegar a los sitios que le interesaban, y más que andar, perderse por sus calles, circulaba por ellas como un tren por unos raíles, sin salirse de ellos, procurando no perder la ruta que le llevaba de su escuela a casa y de casa a su escuela.
Su llegada coincidió con el final del verano, cuando el calor es todavía notable y sincero, explicando a los recién llegados de latitudes más al norte que esta ciudad no perdona las medianías, y que obvia por completo los equinoccios, las chaquetas de entretiempo y las decisiones que se toman sin demasiada convicción.
Le llamaron la atención varías cosas, pero sobre todo se sintió amenazada por la locura abstracta que flotaba en la atmósfera. Era como si en cualquier momento alguien se le fuera a abalanzar con cuchillo en mano y le fuera a transformar en un reportaje de la sección de sucesos, de los de cinta policial y manta térmica cubriendo un bulto inmóvil en el suelo. Más tarde le expliqué que había menos peligro del que parecía, y que este sobre todo venía de dentro, de las miradas perdidas a través de la ventana cuando ya hace mucho frío, y de las luces naranjas de las farolas recién encendidas cuando se reflejan en el asfalto mojado. Pero eso fue luego, eso fue después de encontrarnos de la forma en la que nos teníamos que encontrar.
Madrid era una ciudad de gente que come sola, pensó. De gente que sobre las dos y pico o las siete va con prisa individual a algún lado, como balas de cañón lanzadas sin un objetivo preciso, como en una guerra sin frentes definidos en los que los enemigos son todos los que se mueven. La impresión fue de restaurantes de menú del día con señores de mediana edad que rebuscan en el plato, o mirando a la tele sin molestarse en fingir interés por la actualidad condensada en pildoritas inconexas.
Sabía que su vida había cambiado pero no se quería dar cuenta de ello. Fue después cuando tuvo que admitirlo, cuando vio que no es posible vivir en una ciudad como esta sin asideros, que no es conveniente montarse en montañas rusas sin barra de sujeción si no se quiere salir despedido muy lejos. El problema no era la costumbre, haber estado mucho tiempo dejándose llevar en lugares más amables, menos complejos y angulosos, el verdadero problema era no querer darse cuenta de que las cosas habían cambiado, y cuando las cosas cambian, y esto es una ley universal tan verdadera como la gravedad, no hay forma de que vuelvan a ser igual nunca. Lo otro es teatro, y del malo, del de declamación forzada, libreto exagerado y tramoyistas a la vista de todos.
Su calle, en la que vivía cuando llegó, era de las del centro, de las aptas para barricadas, de las de cubos de basura desparramados, de las de olor indeseable. De ella, a pesar de todo, le gustaban un restaurante japonés barato, una librería de excentricidades postmodernas y una tienda de lencería donde John Waters se hubiera sentido como en casa. No le gustaba que el sol sólo apareciera a las doce de la mañana.
Un Sábado fue a visitar el Viaducto, esta vez salió con las gafas puestas, que normalmente no solía llevar a pesar de que realmente sin ellas veía borroso a un par de metros. No le interesaban las vistas, ni el palacio cercano, ni los bares de la zona. El puente, que salvaba uno de los mayores desniveles de la ciudad, había servido durante décadas como lugar de suicidio preferido para los precipitados. Lo siniestro no era que la gente sinceramente harta de todo quisiera dar un primer y último vuelo, si no que el Ayuntamiento había colocado unas mamparas de metacrilato para impedirlo. Además de joder el puente, pensó, usurpan a la gente la comodidad de la autoaniquilación, y eso, exigir un esfuerzo en un momento tan íntimo, era como poco de mala educación.
A la vuelta, a pesar de que creyó saber el itinerario de memoria, acabó perdida. No le importó demasiado, sabía que encontraría el camino tarde o temprano, es más, le gusto no saber muy bien donde estaba. Pasó por una plaza donde había dibujado un mural en la fachada de un edificio, por otra donde vendían flores y colgaba un cartel de
Y fue cuando la vi, por primera vez. Entró a la sala y dejó un bolso que se caía a cachos en el asiento de al lado. Yo estaba un par de filas más atrás en reposo, ya que había decidido un tiempo atrás que cuando necesitara curarme en vez de ir al médico iría al cine, a las sesiones raras donde hay poca gente, y la sala acaba siendo casi tuya.
De ella me gustó el aspecto que le daban sus gafas, excesivamente grandes para su cara. Parecía una niña que le ha quitado algo a su padre y se lo pone para imitarle inútilmente resultando encantadora sin saberlo. Me gustó que llevara una camiseta de MC5 (quien no demuestra gusto musical no merece la pena ser conocido) y un pelo castaño, largo, rizado que prometía salvajismo incontenible. Me gustaron otras cosas, pero nunca se me ha dado bien escribir sobre el cuerpo femenino sin resultar demasiado procaz o demasiado escueto.
Al comenzar la película, un documental sobre un californiano que más que tocar la trompeta la besaba, ví que se encendió un cigarro. A pesar de mis inclinaciones ácratas siempre he tenido un respeto victoriano por las normas más imbéciles (soy de los que se sienten incómodos colándose en el metro) y normalmente me hubiera molestado. Pero en ella me resultó aceptable, como quien roba un diamante con el museo lleno y a la vista de todos. Además su humo se confundía con el de la pantalla.
Me pasé la película entera buscando el ángulo apropiado para verla, sus cambios de piernas, sus gestos ante la evolución de la historia, su mano siguiendo el ritmo de la música, pero no la dije nada ni cuando acabó. En vez de eso, (nunca he encontrado las palabras apropiadas cuando las necesito) la lancé un mirada de las que no se pueden evitar, de las de hostilidades declaradas, de las de indecencia sin camuflaje. Ella la atrapó y salió de la sala sin poder evitar sonreír, sin demasiada prisa, sin incomodidad, sabiendo lo que significaba.
La dejé irse, alguien que me había gustado tanto merecía la oportunidad de perderse entre el tráfico del fin de semana por la tarde, merecía la confianza de un segundo encuentro fortuito entre cuatro millones de personas, un segundo encuentro en el que no se me escaparía.
Me hubiera parecido casi vulgar no haberme abandonado al azar, no haber dejado a las bolas golpearse unas a otras y chascar haciendo combinaciones irrepetibles en cada partida. Dejemos la planificación para otros, pensé, total, nunca he sabido actuar siguiendo el guión.
Ella volvió a su casa, encontró el camino, y pensó que quizá, después de la mirada de aquel tío en el cine era hora de perderse un poco más y salirse de sus raíles, de dar carpetazo a su anterior vida, de darle una oportunidad a Madrid.
jueves, 17 de junio de 2010
La Horquilla

Aquella tarde volví a ser incapaz de dormir unas pocas horas. En mi casa, pasara lo que pasara, era imposible dormir la siesta. Era como una maldición de un antiguo templo en la selva, de los que conocemos sólo por las películas, y que probablemente no existan, pero que sintetizan lo imposible de vivir en algunos sitios.
Un viejo con aspecto de haberse caído de una caravana que iba camino del ocaso llamó a mi telefonillo. Aparecía en la pantallita azul sin saber que estaba siendo observado y preguntó torpemente por el piso que justo difería del mío por un número. Con la boca pastosa y la mente trabajando como una máquina que carece de vapor le contesté que se había equivocado. Podría haberle soltado algún desastre verbal, o haberle intentado confundir, o haberle dicho que sí era la casa que buscaba, pero que en ella no vivía nadie que él conociera. Si mi respuesta fue la normal se debió a un pasador de corbata. Ese pequeño detalle humanizó a mi enemigo, y convirtió al mal en persona, alguien que te despierta en ese cálido momento en el que empiezas a caer dormido, en un hombre despistado, superado por el absurdo peso del presente, por un telefonillo de mierda que te pide un código, como si para avisar a alguien fuera necesario haber trabajado para alguna agencia de inteligencia.
Me fui a la cocina, algo derrotado, y puse la cafetera a calentar. Me empecé a rascar las pelotas mientras que con la otra mano cambiaba los canales con la única intención de escapar de una tarde triste de Noviembre, de esas que se te caen encima cuando estás sólo en casa y te dejan cerca de la extenuación emocional. La televisión era como una sopa confusa a la que han echado tantos ingredientes que ya no sabe a nada, pero que de una forma estupefaciente necesitaba tener encendida, para que me golpeara con esa fantasmal tonalidad azul y llenara con su murmullo un espacio tan ausente como una casa que acaba de perder a un ocupante.
Pensé en bajar a la calle y darme una vuelta. El frío aun no era totalitario y me vendría bien respirar un poco el humo de algún bar. La sensación más similar que se me ocurre era la de el comandante Bowman siendo vigilado por HAL, y aunque mi habitación no tenía ojos rojos creo que era sólo porque habían sido tapados por la pintura blanco hospital.
Descarté el café humeante en previsión de la cerveza y me fui al baño a arreglarme un poco. En otros tiempos no hubiera bajado a comprar el pan sin comprobar que no tenía todos los pelos en su sitio, con un corte más cercano al de un arquitecto del international style, pero por una falta alarmante de público en mi sitcom personal había empezado a descuidar detalles, a ir dejándome llevar por cierta inclinación al splin. Fui a coger el cepillo de dientes que esperaba en un vaso repleto de artefactos de cirugía de baja intensidad como cortauñas y cosas así y de repente la toque con la punta del dedo.
Metálica, nacarada, dura, redondeada, la punta de una horquilla.
Mantuve el dedo quieto, tocando el pequeño domador capilar, como un artificiero que sabe que ha presionado donde no debe. Estuve así unos segundos, esperando un engaño de mi cabeza que me permitiera negar el hecho, deseando poder limpiar los últimos minutos para que aun estuviera delante de la pantalla haciendo que veía alguna absurdez compensatoria de emociones.
Pero no hubo manera. Retiré el dedo y me miré al espejo. Respiré y a la tercera bocanada de aire me vi sin ningún filtro de condescendencia.
Empecé a llorar, primero en silencio, intentando contenerme, luego sin ritmo, siguiendo casi con los gritos, las lamentaciones, con las rodillas en las baldosas frías del baño y la luz neutra del fluorescente golpeándome como una radiación nuclear japonesa. Lloré hasta que acabé exhausto, cansado como un corredor de maratón de los que se caen justo al alcanzar la meta en un estadio vacío por la lluvia.
Con los ojos muy cerca del suelo y una sensación de extraña calma tras una tormenta de dimensiones oceánicas, enfoqué a un pequeño insecto que corría mucho más rápido de lo que era de esperar por el suelo cerámico. Le seguí con la vista y casi me pareció oír los golpes de sus mircroextremidades con el oído que tenía pegado a la baldosa. Se perdió por una pequeña grieta de la pared, la cual ignoraba hasta ese momento.
Me levanté, pensando en que creí haberlo recogido todo. En que ya no quedaban calcetines sueltos por casa, ni nada de su ropa interior en algún cajón raro. Me levante dándome cuenta de mi error, no por haber fallado en intentar borrar cualquier rastro físico para obviar mi dolor y su ausencia, si no por haber creído el que eso se podía conseguir de algún modo tan simple.
Cogí la horquilla y la metí por la hendidura minúscula por la que se había perdido el bicho veloz. No hubo resistencia, entró toda, de una vez, y casi me pareció que se precipitó por un abismo de dimensiones insondables.
Cerré la puerta con un golpe seco y bajé a la calle, esta vez con un objetivo claro: La peluquería de un par de calles más atrás.
Era el momento de volver a prestar atención a los detalles en mi vida.
martes, 1 de junio de 2010
Parones, ruegos y barquitos de recreo
martes, 27 de abril de 2010
Searching for the young mod rebels
...Con el tiempo empezó a surgir una reacción, muy parecida a las reacciones políticas que suceden a las grandes revoluciones. Pedían todas las cosas que eran anatema al brillo: limitación, imitación, tradición, repetición. Finalmente, lo mod quedó adscrito a una mera repetición de detalles pasados."
Kiko Amat. Los Años del Frescor. LEM #2
Tienen todo el derecho a pensar como quieran, a ser reduccionistas, encapsular las pasiones, a legislar, incluso sin haber sido elegidos. Tienen todo el derecho a hablar de la música como si se tratara de un compendio farmacéutico, trazando tantas líneas entre estilos que el otro día me pareció ver a Georgie Fame esposado en espera de sentencia. Tienen todo el derecho a confundir la subversión cultural modernista con un elitismo más propio de La Regenta que del Flamingo Club. Tienen todo el derecho, lo cual no significa que les vayamos a hacer caso, lo cual no significa que representen algo, más allá de representarse a ellos mismos.
Es que esto al final es una cuestión de filosofía, si me apuráis. Las recreaciones están bien, de hecho el otro día estuve en un museo y me encantaron sus dioramas, figuras decorativas estáticas que intentan crear una escena de un momento y un lugar pasado. Lo que me temo es el completo fracaso de intentar trasladar un diorama al mundo real. No sé vosotros, yo no quiero ser parte de un museo, no quiero ser parte de algo estático, de algo que coge polvo sobre los hombros como no se le pase una balletita de vez en cuando. No quiero porque esto es algo vivo, y tan dinámico que todos los fines de semana mucha gente sale a vivir la idea mod, la de vivir limpio bajo circunstancias difíciles, la de aprender y avanzar, la del gang irreductible, la de sentirte un absolute beginner cada sábado, como gente del Rockola que se mezcla con chavales de diecisiete.
Y serían más me temo, si lo mod no desprendiera a veces ese hedor a cerrado, ese tufo insoportable a tergal, a ropero viejo, a uniforme de guardia civil de posguerra. Y serían más porque conozco a los expatriados, a los que llevan camisetas de rayas, pelo largo, fulares o pitillos con Rekords. Y porque conozco a los que nunca fueron por miedo a ser señalados, por miedo a percibir la hostilidad de los próceres, de los jueces, del consejo de la tribu. Y mira que pena, porque todos ellos tienen un gusto musical acojonante, colecciones de vinilos asombrosas e incluso cierto gusto al vestir. Pero no, no me llames mod, parecen decir.
A mi a pesar de todo, esto me sigue gustando, a pesar de que los chicos a veces no están bien, a pesar de que somos pocos y mal avenidos, a mi me sigue gustando. Y espero estar aquí mucho tiempo, andando, como Al Apollo, o corriendo, como Colin Smith. Voy a seguir levantando el puño cada vez que oiga aquello de quizá mañana (por muy básico y callejero que os resulte), o recordando mi emoción teenager cuando sonaba aquel bajo en the riverboat song. Pienso seguir bailando hasta que me ardan los pies ese northern que detestáis, y siendo un seven day fool en los sótanos de malasaña en los que nos recluimos en espera de tomar las calles. Y lo voy a hacer porque me gusta y porque quiero, y porque soy MOD. No se os ocurra decirme lo contrario.
jueves, 22 de abril de 2010
Tirando piedras
Luces indirectas lacerantes, diseño visual de 2001 para vender filetes envasados. Me paseo con el carrito por los pasillos y en vez de comida veo una pugna de colores y abstracciones visuales combatiendo por colarse en mi lista de la compra. Recuerdo ir a comprar con mi abuela al mercado de San Fernando, en Lavapiés, donde la comida se veía, y no estaba oculta en envoltorios tan aberrantes que parecen salidos de alguna alucinación ácida.Voy por la calle y estoy a punto de ser atropellado por un todoterreno enorme, que brama gastando litros de gasolina como yo gasto inútiles insultos hacia el tipo que lo conduce. El coche, con capacidad para siete personas va vacío y me resulta tan fuera de lugar como una moto acuática en el Sahara. El asfalto de Madrid es como una ridícula alfombra por el que rueda un ingenio preparado para combatir en alguna guerra recóndita. Creo que su conductor se equivocó, fue a comprar seguridad, juventud y status y como no tenían envasados le dieron el puto coche.
La calle sólo sirve para dos cosas, o bien como intermedio por el que te desplazas para llegar de un punto a otro, o como gigantesco escaparate de tiendas calcadas la una de la otra. Las calles son un centro comercial al aire libre, peatonalizadas para facilitar no la vida a los vecinos, si no para dirigir a los consumidores de una forma más eficiente. Viendo la oferta deduzco que el capitalismo avanzado ofrece unos bienes de consumo tan ridículamente parecidos que no creo que haya demasiada diferencia con los almacenes estatales de la antigua URSS. Bueno sí, allí la ropa era más barata.
Intento tomarme una cerveza con mi chica en alguna terraza de algún bar de verdad. La llevo a lugares que son como secretos de sociedad hermética, comunicados al oído por otros supervivientes del vendaval de estupidez. Si no los conoces estás perdido. Acabarás en algún bar temático para modernos, con precios vergonzosamente caros y tapas asombrosamente ausentes. Eso sí, podrás sentirte dentro del tópico conveniente: país exótico, París para ñoños, el Korova sin Álex y lleno de pijos.
Tópicos convenientes, imágenes que conducen al cementerio de la razón, un espectáculo constante donde la realidad no importa y donde el espectador nunca puede ser actor.
Una calle grande cumple cien años. Las putas de repente son imágenes románticas bajo farolas, sólo se les ven los pies y cuando salen en la telepantalla suena música de acordeón francés (otro tópico más hoy y vomito). Las calles de atrás de la calle grande que cumple años parecen sacadas de un Blade Runner rodado por Eloy de la Iglesia. Dicen que ahora están mejor ya que han sido rescatadas por unos diseñadores de moda cara para gente sin gusto. Creo que Bagdag anda ahora mejor también.
Un violinista de Europa del Este toca esperando unas monedas. El hombre lo hace francamente bien, tanto que no me queda más remedio que pararme y verle mover los dedos por el violín como si fuera un escultor de sonidos de otro tiempo. Pasan unos imbéciles haciendo ruido solo por joder. Su relación con la música se reduce al teléfono móvil, donde pagan por descargarse hamburguesas sonoras casi putrefactas. Creo que las empresas deberían echarse al monte y ofrecer descargas de todo tipo de good stuff (creo que ahora en trendy-lengua se dice así). Si me ofrecen tranquilidad de espíritu, o felicidad completa por sólo un euro el mensaje, yo pico seguro, que quieren que les diga.
Me encuentro una foto de unos chavales tirando piedras. Obviamente sabemos donde está tomada y en que época a la gendarmerie le salían chichones como al mundo le salían conatos de incendio. Creo que está gente se apoyó en el horizonte e hizo un agujero. Se dieron cuenta que era sólo un papel pintado, un decorado de película de bajo presupuesto. Lo que vieron detrás no les gustó nada y decidieron que era hora de cambiarlo. No salió del todo bien, realmente salió bastante mal. Ahora el decorado está bastante conseguido y es a prueba de agujeros, creo que está hecho con tecnología LED. Incluso llevando unas gafas polarizadas por no aparecer no aparecen putas ni otro tipo de gente molesta. Se convierten en mobiliario urbano.