lunes, 10 de septiembre de 2007

Provincianismo


Releyendo Aurora Roja, libro que publicó Pío Baroja en 1905, me encuentro con este estupendo pasaje en el que los protagonistas salen a una verbena y Juan, el escultor anarquista que lleva el pelo largo, es increpado con sorna por unos individuos tabernarios:

"- Esto es lo que no pasa en ningún lado -dijo Juan-. Sólo aquí hay este afán de insultar y de molestar a la gente... Es muy desagradable eso de no poder ir a ningún lado sin que alguien trate de ofenderle a uno. En el fondo de esto -dijo después burlonamente- hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes veía jugar a la raqueta a dos señores, uno gordo, bajito, con una gorrita en la cabeza, y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero de paja. Yo iba con un español y un inglés, , y el español, como es natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos, verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de personas que les miraban muy serios, el español dijo: "esto no podría pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su juego". "Sí -contestó el inglés- ése es el espíritu provinciano, propio de un pueblo pequeño; pero a un inglés de Londres no le asombra nada, ni por muy grande ni por muy ridículo que sea".

Aunque dudo mucho que lo lean, que lean algo, que sepan que es un blog o sencillamente que sepan que internet es algo más que el "mesenller", dedico este post a todos aquellos que sueltan al aire frases del tipo: "pos´mira que pinta lleva ese".

En la foto elegantes mods barceloneses circa 1980, foto tomada de aquí.


viernes, 7 de septiembre de 2007

Muchachada Nui


El otro día me encontré con la agradable sorpresa de ver en La 2 de TVE una promoción del nuevo programa Muchachada Nui. Prometo, antes de nada no incluir en este post la palabras surrealista, mítico y paranoia, ya que NO vienen al caso, y no sé porque cuando se habla de los chanantes aparecen indisolublemente unidas a ellos, y al igual que otros muchos lugares comunes los detesto.

Ahora que estos cómicos saltan a una televisión nacional generalista con un formato similar al que les dio la fama convendría explicar a los neófitos quienes son. Joaquín Reyes se saca de la manga en 2002 un programa mensual de humor bastante inclasificable, su nombre, La hora Chanante. El programa se emite en el canal de cable Paramount Comedy, y en el se acaban agrupando Ernesto Sevilla, Raul Cimas, Julian López y Carlos Areces, que acaban formando el grueso de LHC.
El programa es presentado por algún personaje famoso (alguno de los cómicos caracterizados), tan dispares cómo Mr.T o Anatoli Karpov. A lo largo del programa se suceden diversos gags y animaciones, tomando algunos de ellos periodicidad y casi vida propia, como "El Gañán". Otra de las señas de identidad es que todos los personajes hablan siempre con palabras propias de Albacete, lugar del que son la mayoría de los humoristas.
Se emiten 50 programas de La Hora Chanante, siendo el último en Noviembre de 2006. En estos cuatro años los gags del programa se hacen bastante conocidos en internet gracias a youtube y la mayoría de los colaboradores emprenden diversos proyectos en diferentes cadenas de ámbito nacional. Por ejemplo, Joaquín Reyes empezó colaborando en la última temporada de Lo + plus, aparece en Camera Café y tuvo un programa de entrevistas en La Sexta junto a Raul Cimas. Ernesto Sevilla aparecía en Buenafuente y presentando un programa juvenil de madrugada en Cuatro. En esta misma cadena Julian López aparecía como colaborador en Noche H. Carlos Areces ha presentado un programa de humor en La Sexta. Sin embargo todos los fans de La Hora Chanante esperaban con ansiedad el regreso de todos juntos y en un formato que continuara las andanzas del programa de Paramount Comedy, que eso sí, se queda con los derechos del nombre "La Hora Chanante".

A mi, personalmente, estos tipos me hacen muchísima gracia, comprendo por otra parte que otros les encuentren detestables, cuestión de gustos, a unos nos apasionan los who y otros se decantan por Bisbal. Si no le conocen en los múltiples enlaces del post se pueden hacer una ligera idea de que va el estilo de estos gambiteros. He preferido dotar a lo escrito de un tono algo más informativo y serio voluntariamente. Para hacer reir ya están ellos. En un panorama audiovisual tan triste como el que tenemos, me parece inaudito que unos amigos, con cierta imaginación y bastante esfuerzo, hayan conseguido llevar sus tontunas tan lejos, y me alegro por ellos. Veremos que tal acogida tiene Muchachada Nui, felicidades a la tele pública, que falta le hacía.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Biohazard andante

Todo comenzó hace un par de días. Me desperté extrañado por una corriente incesante de aire que me golpeaba en la cara. Aun faltaba una media hora para levantarme, así que me tapé con la débil sábana e intenté conciliar de nuevo el sueño. Algo iba mal.
Te estiras y notas como el cuerpo te duele, y al levantarte la tos de fumador avanza unos años y es como si tuvieras cincuentaypico y no perdonaras los dos paquetes de ducados diarios. Sabes que te vas a poner malo, aunque mientras te duchas piensas que a lo mejor es algo momentáneo, es Septiembre, aún hace calor, todavía no es el momento.
Llega la tarde y según se van precipitando los vergonzantes programas vespertinos tu cuerpo empieza a tomar la elasticidad de un chicle demasiado mascado. Cuando te vuelves a dormir ya no hay duda, algún virus cabrón ha tomado tus sistema respiratorio como lugar de replicación pasajero.
Ayer tuve la intención de ir al médico, pero confié que el propio curso de la naturaleza jugara a mi favor, además me encontraba estéticamente mal, y no me apetecía salir más allá de los seguros dominios del sofá y mi pijama de Antoñito. Por la tarde llega el segundo acto en la tragedia, la fiebre.
La fiebre es un mecanismo que autogeneramos para curarnos, pero a ratos parece que nuestro cuerpo se ha descontrolado y está reclamando ser candidato al Óscar a toda una carrera. El momento delirio nocturno es ya para tirar cohetes, como metáfora visual más cercana se me ocurre a Renton pasando el mono en Trainspotting.
Bien, hoy es el momento de ir a buscar ayudas químicas: "me encanta el olor de la amoxicilina quemada por la mañana, huele a victoria". He de confesarles que padezco de cierta hipocondria, y eso me hace carne de cañón de sala de espera. Al final el médico siempre me manda lo mismo, antibióticos y calmantes, pero nunca tengo la valentía personal de pasar olímpicamente del galeno e irme de cabeza a la farmacia yo solito.
Hoy el ambulatorio ha sido tan deprimente como el par de veces al año que lo visito. Recuerdo a flashes a muchas señoras hablando alto, a las cuales no les pasa nada pero que tras acabar de ver a AR se bajan a pasar el rato hablando de enfermedades, parece un concurso " A ver quien está más chunga". Había una que daba miedo, toda vestida de lino blanco y con unos labios rojos enormes, cara de mala hostia que de vez en cuando me miraba como si fuera un apestado. "Toso porque yo SÍ estoy enfermo, señora". Cómo no estaban los omnipresentes niños. Los niños se supone que son majos, estos eran la peste. Corrían alrededor mía gritando sin parar, las señoras parecían encontrarlos adorables, yo he tenido un serio impulso homicida.
En estos momentos se supone que estoy algo mejor, ya por lo menos no se pueden freír cosas sobre mí. Así que aprovecho para soltarles este ladrillo, el cual espero que disculpen debido a la falta de oxígeno que aun padezco, y hacer un poco de catarsis que nunca viene mal del todo.
Y recuerden, lleven sus mascarillas a mano, mañana pueden cruzarse en el metro conmigo.

martes, 4 de septiembre de 2007

The Jam - Just Who Is The 5 O'Clock Hero

Hola cariño, ya estoy en casa otra vez
cubierto de mierda, molestias y dolores,
demasiado confuso para pensar,
así que dame tiempo para recuperarme,
dame sólo el ritmo del sonido de la tele del salón.

Mi paga ganada duramente se va en facturas y comida,
y ¡el príncipe Philip dice que tenemos que trabajar más duro!,
Es como un constante esfuerzo sólo para existir,
escatimando, ahorrando y tachando cosas de la lista.

Desde esta ventana he visto pasar el mundo entero,
desde el alba al anochecer,
he oído la última risa,
he visto lágrimas suficientes para lavar esta calle,
he oído campanas de boda y una marcha fúnebre,
cuando una vida acaba otra empieza.

Bien cariño, me marcho ya de vuelta al trabajo y las peleas con el jefe
Tiene que haber más en esta vieja vida que esto,
escatimar, ahorrar y tachar cosas de la lista.

Paul Weller, 1982


sábado, 1 de septiembre de 2007

Death Proof


Quentin Tarantino ha realizado junto a su amigo Robert Rodríguez la sesión doble Grindhouse, compuesta por las películas Planet Terror y Death Proof. Desgraciadamente en nuestro país la película del fronterizo director de Abierto hasta el amanecer se lanzó hace unas semanas por separado, a excepción de una proyección que se realizó en el madrileño parque de la bombilla con el motivo del estreno de la película que nos ocupa. (vía mmm).

Death Proof es una película que no se ajusta a ninguno de los cánones del cine tal y como lo enseñan en las academías. No he leído todavía ninguna crítica sobre la película, pero supongo que la ponen a parir. Death Proof es una película con un guión descompensado, una fotografía de zoom setentero, y un montaje premeditadamente disléxico. Pero yo hacía tiempo que no oía a la gente aplaudir en el cine, al final de la película y en medio de ella, en resumen, y tal y como expresó un amigo que me acompañaba: "Tarantino es el puto amo".

Empecemos. La historia es aparentemente bastante simple, un demente, ex-especialista de series del oeste y películas a lo Cannonball (Stunt Mike - Kurt Russell)(¡viva "Golpe en la pequeña China!) se dedica a asesinar a jovencitas voluptuosas estrellando su coche modificado contra el de las ninfas sureñas en cuestión. A partir de aquí cabe todo lo que encierra una película de Tarantino, y cada vez le sale mejor, o al menos más divertido. Tarantino ya tiene la suficiente fama y dinero para darse los caprichos que le apetezca, y hacernos pasar un buen rato a los demás de paso. En Kill Bill supongo que dijo con su incontenible verborrea speedica: "Tronco quiero hacer algo en el que salgan yakuzas, Katanas, Kung fu y David Carradine, como las de los Sawn Brothers pero a mi manera". En esta es parecido: "Ahora una de coches potentes, tías buenas y violencia demente, ah! y a Kurt Ruseell".

Pero quedándonos aquí no seríamos justos, ya que el director de Pulp Fiction, no vuelve a rodar las películas exploitation que tanto le gustan, las personaliza y las convierte en algo igual pero muy diferente. De momento los diálogos de Death Proof son tremendos, es muy difícil hacer un plano secuencia de diez minutos en el que tres tías hablen de algo intrascendente, quede verídico y además divertido. Mención aparte merece la transformación femenina de la primera escena conversacional de Reservoir Dogs en la cafetería. La fotografía y la estética, en la que parecen haber utilizado un negativo quemado al sol de Nuevo México (filtros digitales inteligentes) se adaptan a la perfección al ambiente sureño y especiado de la historia. Por cierto, la escena del choque del coche deleitará a los paladares más gores utilizando el recurso de la repetición con un sadismo exquisito.

Otro de los puntos fuertes de la película son las actrices. Es difícil plasmar más femenineidad por plano, las mujeres de Death Proof son una explosión de estrógenos. Si Salma Hayek hizo que medio mundo babeara en el 96 en esta ocasión la responsable de hacer aumentar la venta de baberos es Vanessa Ferlito, que se encarga de matar definitivamente (si es que no estaba ya muerto) el ideal de belleza anoréxico. Pero no se piensen que las chicas de esta historia de neumáticos humeantes se dejan hacer, son mujeres activas, dominantes y con las que hay que andarse con ojo, y si no que se lo pregunten a Stunt Mike.

Además la ultima de Tarantino está llena de autoreferencias y guiños para satisfacer a los Jeff Albertson de la sala. Al igual que el equipo letal de Kill Bill era calcadito al episodio piloto del que decía haber sido parte Mia Wallace (Uma Thurman), en esta desde los politonos, los cigarros Red Apple, y el pussy wagon estan presentes, pero sobre todo el segundo pack de chicas, que por lo que cuentan están trabajando en una película sobre una vengativa novia. Mención aparte merece la especialista Zoe Bell que hace de ella misma, esta vez con líneas de dialogo.

Para pasar un buen rato, oír muy buena música, y ver coches de cuatrocientos caballos conducidos por fatales bellezas afro, lo que tienen que hacer es irse a su complejo de megacines más cercano y sacarse la entrada. Luego no se quejen si no tienen de que hablar con sus amigos.

Sydney Poiter, ¿cuando diablos sale Sydney Poiter en la peli?

La página oficial de la Grindhouse.

¿Lo de Pete Townshend es verídico?


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Now playing: Dave Dee, Dozy, Beaky, Mick & Titch - Hold Tight
via FoxyTunes

viernes, 31 de agosto de 2007

Constructivismo

Esto fue antes del realismo socialista, que ni era realismo ni era socialista.

Esto fue la destrucción del mito del genio, del artista obnubilado consigo mismo y con su obra. El artista creía ser alguien especial, alejado de las masas de borregos que le contemplaban porque así convenía y sigue conviniendo.

Esto fue la creación de construcciones artísticas con un fin concreto, la construcción de una nueva sociedad.

Esto fue antes del hundimiento, mucho antes, antes incluso de la llegada del hombre que representaba la miserable mediocridad del aparato.

Era un arte nuevo, un cine en contrapicado, una fotografía de composición impactante, una bandera roja golpeando al maldito círculo blanco.

Se creaba con un fin determinado, antípoda del museo y la contemplación a la que sustituyó. Antítesis del adoctrinamiento y la rigidez por el que fue sustituido.

Hoy somos evidentemente mucho más actuales pero infinitamente más antiguos. Hoy somos postmodernos, hoy nada significa nada, hoy prima el pastiche sobre la evolución.


Constructivismo

jueves, 30 de agosto de 2007

Oda a la temeridad


Reconozco, antes de entrar en faena, que no tengo absolutamente idea del mundo del toro, por otra parte, tampoco tengo ningún interés en él.
De pequeño sufrí tardes interminables de tauromaquia popular en las fiestas del pueblo de mi madre. Supongo que desde esos momentos empecé a odiar todo lo relacionado con los toros: el olor a puro rancio, la piedra caliente por un sol de septiembre que, en Cáceres, más que iluminar ciega y sobre todo, la desigual lucha de un animal que, más que atacar, intentaba defender su espacio vital, rodeado por decenas de homínidos que no paraban de increparle de todas las formas posibles. Desarrollé también una atracción natural hacía la cogida. Cuando uno de los nativos (permitaseme la expresión, yo era forastero) era volteado por el animal y la plaza soltaba un grito ahogado yo tenía ganas de saltar y decir: Gooooooooooooool!. No lo hacía, evidentemente, era pequeño pero no gilipollas. En la adolescencia, ya imbuido de la primera y salvaje ideología, con el parche de La Idea sobre la chupa vaquera del Alcampo empecé a detestar la fiesta nacional. Ahora tenía razones poderosas, y los grupos de rock urbano me daban la razón.
Más tarde atemperé mi odio por los toros. Conocí a varias personas inteligentes, en el polo opuesto a cantar himnos haciendo el saludo romano, que eran amantes de los toros. E incluso empecé a desarrollar cierta aversión a los que hacían el ser antitaurino una profesión.
No me interpreten mal, los toros y todo lo que les rodea me sigue sin gustar un ápice. El espectáculo del animal con la espada clavada y vomitando sangre, que dicho sea de paso, los realizadores nos ahorran enfocando el escote de una buena moza, me sigue repugnando. Lo que ocurre es que es una más de mis repugnancias, en un mundo con un catálogo desgraciadamente amplio.
Descontextualicemos. Un señor con un traje de colores y espejitos esta dentro de lo que parece un circo romano. Como buen circo su superficie es arenada, nada de compuestos de última tecnología. Enfrente tiene a un animal imponente, ochocientos kilos, astas puntiagudas, un aspecto temible. El señor de los espejitos se dedica a bailar con el animal una danza macabra. Engaña al toro con un trapo de colores chillones, para que embista donde el quiere, no a su cuerpo. Al final el tipo de los espejos saca una espada (sí, una espada, nada de modernos y abyectos instrumentos de destrucción, jedi dixit) y mata al toro con ella, con el peligro que supone acercarse tanto.
La mayoría de personas dirían que el torero es un valiente, es un héroe. Nada más lejos de la realidad. El torero, u hombre de la espada es temerario. El valiente es el que realiza una acción arriesgada para obtener un objetivo. El héroe es el que realiza una acción arriesgada aun sabiendo que va a fracasar. El temerario es el que hace algo arriesgado, arriesgadísimo sin tener claro el por qué, lo hace porque sí. Los toreros pertenecen a esta última categoría, son temerarios. Es verdad que obtienen fama y dinero, pero podrían obtener más fama y dinero con otra profesión. Además, cosas como las que muestra el vídeo de más arriba no se hacen por dinero, se hacen por un apego inconsciente, casi clínico al peligro y la muerte.
La imágenes son brutales, brutalmente verídicas. El señor de los espejitos fracasa en su intento de burlar al toro, y este le embiste con su poderoso cuello, generador de toneladas de fuerza. El tipo sale volando por los aires, al caer descubre en su pierna un boquete sangrante de un tamaño desproporcionado. Una persona normal, con una décima parte de lo ocurrido a José Tomás, el torero protagonista de las imágenes, se hubiera conmocionado, hubiera colapsado. El torero se levanta, se ata, atención por favor, un torniquete con una corbata de uno de sus subalternos, y sigue a lo suyo, es decir a cargarse a la bestia corrupia con una espada.
No puedo dejar de ver el vídeo. No dejo de preguntarme que hubiera pasado en este país si el torero cae fulminado tras matar al toro en plena arena. No puedo dejar pensar si José Tomás es un señor que necesita por su propio bien algún tipo de terapia.
Vivimos en un país, no de valientes, no de héroes, si no de temerarios, y eso acojona.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Umbral, un dandy castizo

Francisco Umbral era un personaje autoreferente.

Para los más jóvenes, esas chicas, por ejemplo, que se hacen fotos a contrapicado, imitando a Eisenstein sin saberlo, para colgarlas en los myspace y poner cachondos a sus pretendientes informáticos, era alguien absolutamente desconocido, pese a haber escrito una de las mejores novelas en lengua española de la segunda mitad del siglo XX, Mortal y Rosa (1975).

Para la gente que ronda la treintena, como yo, Umbral era un viejo con el pelo blanco que un día montó un chocho tremendo en un programa de la impresentable de la Milá porque quería hablar de su libro.

Supongo que para alguien con veinte o treinta años más, como mis padres, Umbral era un escritor que en los estertores de la dictadura se destapó como "el snob", que en el fondo daba lo que se esperaba de un escritor heterodoxo, de un tipo raro pero inteligente.

Umbral hacía años que había muerto, pero no porque él quisiera, si no porque vivía en un país que ya no era el suyo. No era la ciudad de provincias vallisoletana, ni el Café Gijón ya mítico en su llegada. No era el Madriz de la movida, donde una niña pija vestida de punk quedaba bien al lado de un cincuentón con botines y chaqueta cruzada de botones dorados. Era un país diferente, en el que él se había situado en un lugar cómodo, en ese lugar donde los escritores progresistas críticos con el reformismo son acogidos por la reacción como mascotas exóticas. El otro lugar es la izquierda antisistema, y ahí no hay mesa en Lardy ni oneroso cheque a fin de mes.

Recuerdo que hace unos años una simpática reportera rubia de un programa pretendidamente humorístico le pregunto a Umbral que opinaba de " Operación Triunfo". No se que redactor le escribió la pregunta a la rubia, pero o bien era un genio o bien un absoluto imbécil. Cualquier otro personaje serio, es decir, un tipo que recoge premios de manos del rey, hubiera despreciado a la muchacha del micrófono. Umbral sin embargo la miro con deseo, para luego contestar: "Yo estoy con Bustamante, ese muchacho se juega el andamio" y elevando la voz y mirando a los impertérritos comensales de su mesa "¡se juega el andamio!".

Umbral fue nuestro Valleinclán postmoderno, no se porqué al Marqués de Bradomín yo le ponía cara de Umbral. Supongo que en la adolescencia uno tiende a continuar con esa necesidad infantil de identificar todo, pero especialmente aquello que resulta turbador, con elementos que conoce.

En su novela "Las Ninfas" (1975) aparecía una frase de Baudelaire antes del comienzo de la historia, y que creo que no le vendría mal como epitafio:

"Hay que ser sublime sin interrupción"


La foto es de María España, mujer de Umbral, y está tomada de el periódico El Mundo

domingo, 26 de agosto de 2007

De ocho y veinte a ocho y media

A las ocho y veinte estoy llegando a la estación donde me bajo. Me quito los cascos y me pongo las gafas. Desde que cambiaron la hora el sol me cae de cara y necesito mis wayfarer para no adoptar una forzada expresión asiática.
Siempre me levanto del asiento un poco antes de que el tren haya parado, me gusta apretar el botón que abre la puerta y salir el primero.
Cuando era pequeño e iba en el tren con mi madre, ella no me dejaba acercarme a las puertas hasta que el tren se hubiese detenido. Era la época en que los trenes eran azules, llevaban asientos de piel sintética y tenían vagones para fumadores.
Abro los tornos y me viene el olor de la panadería de la estación, ya llevo el cigarro en la mano y lo enciendo al salir de la estación, justo cuando paso por la sombra de unos árboles, ya que nunca consigo encender un mechero si me da la luz del sol.
Ando rápido, más bien tengo las piernas largas y suelo acabar dejando atrás a la gente, teniendo un espacio por delante libre, que me recuerda mi estado natural hasta que suene mañana el despertador.
Me cruzo con unos chavales con una estética sólo comprensible en la periferia. Me recuerdan a Tarzán, en la selva era Dios, en Nueva York sólo era un payaso, una atracción de feria. Uno de ellos lleva zapatillas de piscina, un pantalón corto azulón y satinado, su camiseta es blanca de tirantes, ajustada, como esas que sólo se ponen los niños o los oficinistas bajo la camisa en invierno. Lleva una gorra tres tallas más pequeña que casi apunta al cielo, y que cubre un una cabeza de la que se descuelga un mullet de un tamaño descomunal.
Les he dejado atrás, hace mucho, y paso por una terraza donde revolotean unos niños mientras que sus padres beben una cerveza. Ahora miro a mi izquierda, la conversación de unas chicas sentadas en un parque me llega de pasada, hablan de un coche, al parecer corría mucho. Cuando yo me sentaba en ese mismo parque hace diez años hablaba de anarquismo y Jimi Hendrix con mis amigos del instituto. Suena pretencioso, pero es la puta verdad.
Ya voy por el taller, es la hora en el que los aprendices recogen y los más mayores hablan delante de un poster de una rubia con unas tetas enormes. Al doblar la esquina veo al chino en "el chino", se fuma un cigarro en la puerta, yo ya llevo el mío a la mitad.
Subo por la calle que hace frontera con el campo, hay menos gente y existe algo de sombra. empieza la cuesta, aprieto el paso como un ciclista subiendo un puerto. Voy sólo, me permito tirar el cigarro con una chulería desmesurada contra la pared del colegio.
Miro a los adosados, parodia de una verdadera urbanización residencial en una ciudad de bloques de nueve plantas.
Veo como se acercan unas señoras que vienen de andar, que es el deporte de las señoras de mediana edad en mi ciudad. Algunas van teñidas, siempre van riendo como cuando en un programa de televisión una mujer de cincuenta años con gafas, permanente y un colgante de alguna virgen, cuenta un chiste verde.
Veo el final, me meto en la sombra de mis pisos, que no son míos, ni si quiera en el que vivo, que es de alquiler. Llego al portal y abro la cremallera del maletín de burócrata del Carrefour donde guardo las llaves. Siempre, siempre, por algún tipo de atractor extraño saco las de la oficina en vez de las de mi casa, y eso me jode a horrores.
La frustración dura poco, hasta que entro en el fresco del portal y disimuladamente me miro en el espejo, para intentar discernir a quién han visto las personas que me he encontrado en el camino.
Abro la puerta de casa, son las ocho y media.