jueves, 12 de junio de 2008

miércoles, 4 de junio de 2008

La Feria del Libro

Llego pronto a la feria, me encamino por el paseo de coches del retiro. Apenas reparo en lo verde que está todo, es exagerado, las plantas, animadas por las incesantes lluvias primaverales, adoptan un aspecto ecuatorial, poco apropiado para el parque de ciudad secamente castellana que siempre ha sido Madrid.

Recorro con una prisa nerviosa la interminable linea blanca de casetas prefabricadas que se suceden una tras otra, por fin voy acercándome a mi número. Paso y enciendo la luz, veo los libros extrañamente quietos, demasiado. Mis armas están listas, las voy enumerando, ordenador, caja de cambio, bolsas de cartón, catálogos y marcapáginas. Esperan ansiosas la batalla mientras que la luz se cuela por las rendijas de la persiana. Es hora de abrir, la quirúrgica luz de los fluorescentes es sustituida por un sol de tormenta, que parte de un cielo imponente, con unas nubes tan plúmbeas que parece imposible que se mantengan a flote.

Me quito las wayfarer, un librero serio no puede vender libros con gafas de sol. Me miro en los cristales, justamente hoy que me hace falta no tengo mi mejor aspecto, espero que no se note demasiado. Los aficionados a cualquier espectáculo saben cuando el observado está nervioso, perciben un pequeño gesto en el torero, una mueca en el tenista. Un librero hace que coloca los libros, ordenándolos cuando no hace falta, tocando su género para sentirse más protegido ante lo inesperado.

Un librería es como un castillo, puede sufrir incursiones hostiles de algún bárbaro cliente, pero está bien protegida, es tu terreno, conoces todos los rincones, pasadizos y recovecos, además no estás solo. Un caseta de feria es como un puesto avanzado, como una cabeza de playa, el ataque puede venir de donde menos te lo esperes. Pero al final el motor arranca y cuando miras el reloj llevas ya dos horas vendiendo, hablando, explicando, y excusándote por ese libro imprescindible que no tienes, justo ese.

Una de las cosas que más me gusta de la feria del libro es mirar a la gente en los momentos de tranquilidad. Hay varias lineas de paseantes, y los más alejados nunca se dan cuenta de lo vulnerables que son a un potencial voyeur como yo. Es como ver una película neorrealista italiana gratis y en directo. Miras a las señoras del cercano barrio de Salamanca que han venido a ver a la Infanta, a una excursión de instituto donde los adolescentes tontean de forma versallesca sin saberlo, a un tipo que pasea con sus escritos pegados en una tabla, ofreciéndoselos a quien quiera verlos. Más allá pasa una pareja, están enfadados, incómodos, pero no se dicen nada, no pasarán del verano. De repente aparece un anciano cargado de bolsas, me devuelve a la realidad:

-¿Dais algo gratis aquí?. Le doy dos marcapáginas, un catálogo y hasta un boli, le pregunto si quiere una bolsita (no sé porque pero a los ancianos y a los camareros les hablo en diminutivo). El viejuno se marcha feliz, y yo también, me dice que le he dado más cosas que los del "cortinglés", se lo dirás a todos, pillín, pienso yo.

En un rato se ha pasado la mañana, voy contando el dinero en plan banquero dikensiano (que es por lo que se mueve este tinglado, más que nada). De camino al metro me encuentro con una señora que me pidió "el libro ese del éxito", en referencia a Zafón. Estoy a punto de robarle la bolsa y salir corriendo.

La foto es de Gorka Lejarcegi, y está tomada de El País.