viernes 22 de enero de 2010

La Nota



Pues sólo existe una gran aventura
y es hacia adentro, hacia uno mismo,
y para esa, ni el tiempo, ni el espacio,
ni los actos, siquiera importan.
Trópico de Cáncer HENRY MILLER


Descubro una nota en el libro, un papel, que supongo me sirvió de marcapáginas, anotado, mi letra, una conexión con el pasado, un puente que me hace caer hacia un momento casi olvidado.

Estoy en mi casa por casualidad y en la calle llueve. Puedo ver el muñeco rojo del semáforo apareciendo a cada rato, prohibiendo el paso a nadie, trabajando un día de fiesta. Me llega el sonido de la tele del salón, de mi madre hablando sobre un programa insulso. Reconozco mi casa, mi habitación, pero ya no es la misma que dejé hace unos años. Partí de casa fingiendo ser otro, inventando un personaje costumbrista, trabajando de muñeco de semáforo sin valer para ello.

Me enciendo un cigarro y el humo me entra como una amable criatura, noto su densidad, es el metrónomo de mis pensamientos. Miro la nota y me veo con veintipocos años, anotando citas de un libro que no debí comprender. En aquel momento aún no había transitado por esos lugares que dan miedo pero que resultan irresistiblemente magnéticos. Creo, sin embargo, que aquel libro me gustó porque hablaba de dolor, y de eso yo ya iba sobrado en aquella época.

La nota me duele porque me recuerda lo que pude haber sido. Un papel a veces te tira de la tripas más que cualquier reflexión, más que la mayoría de las personas. Decido salir a la calle. Me pongo la parka, me ajusto el gorro y cojo el mismo ascensor que me ha llevado en mis días más memorables, en mis jornadas más tristes y en mis momentos más convulsos. Debería hacer un monumento a esta máquina.

La lluvia ha apagado el frío y mis pies pisan las calles mojadas y naranjas. La luz de las farolas en un día como este es de serie de televisión un domingo por la tarde, de resultados de jornada futbolística anotados por mi padre en pijama, esa quiniela que nunca llegó, ahora me parece ser un niño de siete años perdido y triste.

Creo que desde esa época empecé a odiar a la gente. Notaba un desplazamiento, una incomprensión mutua, un extrañamiento de explorador victoriano ante una tribu africana. Según fui creciendo, la brecha se agrandó y cuando escribí la nota que hace un rato ha volteado mi tarde, era un abismo de proporciones continentales.

Un coche me pasa rápido por mi derecha y puedo ver a la familia que va dentro, una pareja joven con un niño pequeño. Casi puedo reconstruir sus vidas sin conocerlos. No hay desprecio, hay miedo ante lo sabido. Entro en un bar a comprar tabaco. Mientras que el camarero cambia el billete con desgana, veo las fotos de los platos combinados, las botellas colocadas por familias de licores. Echo las monedas en la máquina y me miro en un espejo. Me veo mayor, me veo inseguro, pero con un aire de dignidad fracasada que antes no tenía. La aceptación de lo evidente, de mi fracaso como escritor, como hijo y como pareja, como producto social incluso, por lo menos te proporciona la tranquilidad de saber que ya nadie espera nada de ti.

Veo a unas señoras en una mesa, toman un café, gritan como brujas. Cojo el bolso de una. Lo hago rápido y nadie se da cuenta. Es la primera vez que robo algo y casi se me sale el corazón por la boca. M e meto en un portal y subo al entrepiso. Me siento en la escalera y empiezo la autopsia. Pañuelos de papel, un móvil viejo, una cartera con carnet, tarjetas y 20 euros, pintalabios, dos horquillas, residuos indefinidos. Abro el móvil y curioseo los mensajes: “Mi marido se va mañana A las 5 te espero para que me claves la polla bien hondo”. Siento una mezcla de excitación y asco, de nerviosismo por conocer una miseria de alguien anónimamente cercano. Pienso en llamar al marido, sólo por joder, sólo por crear un conflicto, sólo por quebrar una vida. Tiro el móvil contra la pared de la escalera y lo reviento como a un caracol.


Salgo del portal y me enciendo un cigarro. Ando rápido hacia ninguna parte como llevo haciendo años. Me paro y miro una alcantarilla. Recoge el agua de la lluvia. La suciedad y el aceite de los coches hace que se formen extrañas formas con la luz. Sólo me hace falta concentrarme un poco y empiezo a ver cosas conocidas: veo el Tíber iluminado e la curva del castillo de San Angello, veo el globo aerostático en el que subí con doce años, está mi profesora de ética del instituto, probablemente la mujer más sexual que he visto en mi vida. Veo a Steven Spielberg de joven, cuando no era ñoño, rodando ‘Tiburón’, está el sauce llorón de mi piscina y yo mismo mirando el sol entre sus ramas.

Levanto la vista y veo a una chica que me mira extrañada en la acera de enfrente. Lleva paraguas y parece que espera a alguien para salir de fiesta. Pienso en gritarla que la odio, a ella, a sus botas blancas y a sus rizos de peluquería, que odio su abrigo sin clase y su bolso a juego con sus botas. Pienso en decirla que me odio a mí mismo, pero me entra una tristeza tan fuerte que tengo que apretar la garganta para no llorar.

Me quito el gorro y me lanzo a una carrera desenfrenada. Nunca el agua de la lluvia fue tan oportuna para ocultar las lágrimas de alguien.
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Foto del flickr Ecstasy & Wine.

jueves 21 de enero de 2010

Vías Cruzadas, o los estigmas del cine independiente

La pasada semana agarré esta película al vuelo en La 2, ya sabéis, pies encima de la mesa, zapeo constante, y "deja eso". Reconozco mi pudor para arrastrar por los suelos a películas bienintencionadas, y esta sin duda lo es, pero a mitad de la historia no tuve más remedio que levantar la cabeza y empezar a disparar a discreción contra esta previsible nadería. Más allá de la destrucción de esta semidesconocida película, me llamo la atención la cantidad de marcas, casi estigmas, que arrastra el cine independiente americano, lo sobrevalorado del mismo y sobre todo lo aburrido que es. Empecemos la autopsia:

1.- Personajes. Los protagonistas de esta cinta son un enano silencioso y taciturno al que le gustan los trenes, una mujer de mediana edad depresiva que pinta cuadros abstractos y un cubano que vende café en el lugar menos poblado de América. Para completar el cuadro tenemos a una niña extrovertida con sobrepeso (negra y pobre), un redneck con mullet en el papel de malo y una bibliotecaria lolita y cachonda que acaba embarazada. Esto se llama rareza pretendida. No construimos una historia y por necesidades de la misma aparecen tipos poco usuales. Buscamos primero gente extrañamente tópica y les colocamos como a figuritas en una maqueta. Ojo que los engranajes empiezan a chirriar.

2.- Relaciones. Ahora que tenemos montado el circo nos haría falta que los muñecos se movieran un poco para entretener al personal. Cuando los guionistas son hábiles, los personajes se conocen e interactuan de una forma sutil, como en toda historia inventada nada es casual pero nosotros, el público, no nos damos cuenta. En The Station Agent y otras muchas del estilo, más que encuentros tenemos encontronazos, situaciones de unión tan forzadas que resultan inverosímiles.

3.- Emociones. Estas películas siempre han presumido de ser un "crisol de sentimientos", que diría algún redactor cursi e imbécil de una revista de tendencias. Si nos emocionamos viendo una película es porque sentimos empatía, es decir, nos ponemos en el lugar del otro, comprendemos lo que siente y por tanto revivimos en nuestro pathos lo visto. Aquí no hay empatía posible. Casi todos los personajes suelen caracterizarse por una anemia energética notable, pasean sus caritas lánguidas por la pantalla y miran al horizonte esperando algo que no llega nunca. Todos tenemos momentos de astenia, estos la llevan en su código genético, no hay cambios, sólo una melancolía permanente.

4.- Ausencia de conflictos de clase. Vale, ya sé que en La Guerra de las Galaxias tampoco hay lugar para esto, la diferencia es que estos presumen de Cinema Verité. Pretenden reflejar la realidad, pretenden huir del borreguismo hollywoodiense y que universitarios interesados en el cine asientan con la cabecita a sus creaciones. Pero eso sí, no me expliques como coño vive un inmigrante cubano vendiendo dos cafés al día, sin derecho a contrato o asistencia sanitaria y con un padre gravemente enfermo. Y no me lo explicas por un sencillo motivo, querido creador independiente, en tu puta vida has sabido lo que es eso. Hay pues más de real en La Sirenita que en diez años de vuestro cine.

5.- Sexo. O no aparece por ninguna parte o si lo hace es de una forma patológica y pueril. En este punto no prefiero entrar, pero a mi me parece claro y cristalino como el agua en una mañana de verano.

6.- Estética. De manual, pero demasiado. Al igual que los escritores utilizan los tiempos y las personas verbales para contar diferentes tipos de historias, en el cine no deberías cambiar de plano cada tres segundos si tu tema es la quietud y la introspección. Eso es una cosa, otra no desmontar la cámara del trípode que te dejaron en la escuela de cine en noventa minutos. Esto no es teatro filmado, y, o no te enteraste en el tema 1 o el día que os pusieron Potemkin faltaste para ir a ver a Jay Jay Johanson o algo peor.

7.- Vergüenza ajena. Nunca, nunca, nunca (te has enterado ya?) filmes una escena de gritos, furia descontrolada, llantos o cualquier otro momento desmedido a no ser que esté muy justificado y cuentes con actores de primera. Si no el resultado que obtendrás es el que da nombre a este punto.

8.- Música. Si quieres meter la musiquilla que hace tu novia la cool-trendy-guay con el casio y eso justifica que a lo mejor te deje que la des algo más que un besito, vale. Si no es por eso recurre a un profesional que haga algo que enfatice y arrope tu película. Porque esto no es como aquella vez que pusiste unos emepetreses en la fiesta de primavera, no se trata de sacar porque sí a tus grupos preferidos. O sí, pero es que a nosotros nos gusta el soul...

9.- Cuanta algo por dios. Es decir, no vale que pare el DVD en cualquier momento y obtenga el mismo resultado que si me espero hasta el final. No hace falta que os ciñais a la novela decimonónica, pero no estaría mal algo de estructura, algún punto de giro y alguna pista que haga pensar al espectador que merece la pena acabar de ver tu película por algo más que hacer tiempo. De verdad, en el fondo esto se trata de contar historias, incluso aunque carezcan de interés real se pueden, se deben contar bien.

10.- El cine de entretenimiento no es malo. Incluso normalmente es mejor que el tuyo. Mira Indiana Jones y el Arca Perdida y aprende como contar algo, de forma interesante y que te lo haga pasar bien durante hora y media. ¿Qué tu eres un tipo serio y sustancial?. Te diría que vieras La Soledad del Corredor de Fondo, pero no, no te lo mereces, esa es nuestra.

miércoles 20 de enero de 2010

El invernadero, Días de Vino y Rosas

La lluvia no cae del cielo, se desploma. La casa, sumida en medio de la tempestad, deja ver una luz a través de una de las ventanas del piso de arriba. Se deduce, erronamente, una calidez amable, de dormitorio donde se lee a Virginia Woolf, se mira a los ojos o se piensa en la preparación de la comida del día siguiente.

Dentro hay una pareja. No permanecen impasibles mirando al techo en camas separadas, saltan sobre la cama con una felicidad tóxica, hasta que caen al suelo, se desmoronan con estrépito de cien años de problemas ocultos y enterrados. Al intentar reponer sus vasos al estado deseado caen en la cuenta que la botella ya no va a dar más de sí, está exhausta, sus risas se vuelven nerviosas.

Él, en otro tiempo alguien a quien tu jefe hubiera confiado sus secretos, se agarra a la temeridad, a ese pensamiento posibilista que explota en las cabezas de todos los que alguna vez hemos necesitado algo y no lo hemos tenido. Y lo hemos necesitado no como el agua o la comida, no como el sexo, el sueño o el amor, si no como la química descompensada dentro de nuestras cabezas.

Sale por la ventana, desciende por un árbol con un júbilo inaudito, avanza unos pasos y está tan cubierto de agua como lleno de ansiedad por dentro. Tiene que llegar al invernadero donde se esconde lo que ansía, tanto, que ese momento no valen las matemáticas, las consideraciones, teorías o precauciones.

Al entrar el agua hace resonar los cristales como unas neuronas a las que les falta el estímulo, como unas serpientes que han recibido demasiado sol y poco alimento. Enterró la botella en tiesto, recordó la clave, el numero de pasillo más el número de maceta. Sólo unos pasos hasta el único polo norte magnético que importa en esos momentos.

No da con ella a la primera. Risa nerviosa, autocomplaciente, cómplice de una posible anécdota que contará entre sus sábanas a la mujer que le espera seminconsciente en la habitación. No da con ella a la segunda, ni a la tercera, números, claves, confusión, nudo en el estómago, ganas de vomitar, cabeza fluyendo a una velocidad eléctrica por un mar de densa gelatina.

Surge el enemigo abstracto pero necesario, alguien carente de forma pero que necesita ser creado para recibir la andanada de cañonazos de la frustración dictatorial que se ha apoderado de todo.

- ¿Quien sois vosotros, quién, por que me la ocultáis? - ladrando inútilmente al vació con una planta arrancada de cuajo.

La palabras dejan espacio a las acciones, al ate, la ceguera demente que impide ver como el invernadero sucumbe ante un tornado sub-humano. Las fuerzas cesan, solo queda llorar en el suelo, cubierto de tierra y cadáveres vegetales aun latientes, belleza efímera y tan débil como la personalidad de un adicto.

La botella aparece semienterrada hasta que la mano la agarra con ternura de padre. Ya sólo queda clavarla en el esófago y dejar que todo se torne raro, palpitante, oscuro, ya sólo queda esperar la nada, solo.

miércoles 13 de enero de 2010

La noticia

Llegué a casa a la hora acostumbrada y encendí la tele en cuanto entré. Me senté con el abrigo y permanecí con el mando en la mano viendo los últimos minutos del programa previo al informativo. Unas imágenes de un desfile de moda se mezclaban con un amago de música. Las letras ocupaban la pantalla como una cortina de profesionalidad que ocultaba inútilmente las metas inalcanzables con las que bombardean a la gente. Cuando el presentador saló en pantalla dando las buenas noches, me puse aún más nervioso. Los titulares desfilaron como píldoras de comprensión de la realidad, y al llegar a la sección de cultura ella apareció en la pantalla brevemente.

Disponía de unos veinte minutos hasta el final de las noticias de deportes, y sabía que, a menos que hiciera algo, el tiempo se haría tan sólido que me costaría respirar. Fui a la habitación y me puse ropa algo más cómoda, encendí la calefacción y entré al baño un momento. De fondo oía a un político justificarse de una forma tan burda que cualquier otro día hubiera hecho un corte de mangas a la pantalla, un esfuerzo inútil de venganza personal ante la mediocridad dominante.

En la cocina empecé a llenar un plato con unas patatas. Creo que desde que se fue seguí comprándolas como un homenaje a la gastronomía de combate que seguíamos en aquella época. Miré el cuchillo que había en la tarima y me pareció más amenazador que de costumbre, brillante y afilado, como las frases que me dedicó la última vez que nos vimos.

Me senté de nuevo y abrí un botellín frío. Me gustaba el tono opaco que el vaho daba al cristal. La cerveza llenó el vaso, primero inclinado y luego girado para sacar la espuma justa. Me sorprendió, cuando la conocí, que fuera incapaz de hacer tan sencillo movimiento. Siempre tuvo la incapacidad más notable para las cosas cotidianas.

Un futbolista se había lesionado. Las imágenes del momento en que se rompía aparecían desde distintos ángulos. Con cada una me dio la sensación de que aquel deportista era una persona diferente, la misma cara de dolor se transformaba a cada toma. Ella siempre me acusó de no saber con quién estaba hablando, a qué atenerse, de contar con diferentes caracteres con los que tenía que convivir.

Cuando di otro trago más y el vaso estaba en a mitad, apareció en la pantalla. Estaba algo más mayor, pero tan guapa como siempre. Había ganado el premio en el festival y llevaba un vestido rojo con un escote tan provocador que se intuía el gesto de burla hacia casi todos. Su pelo era algo más corto, y a la vez que intentaba quedarme con sus palabras y atrapar su voz en mi mente, no podía dejar de mirar sus labios, tan de actriz italiana, tan insinuante como un cuerpo bajo unas sábanas.

El presentador despidió el informativo con una frase de un ingenio tan escaso que apagué la tele de inmediato para que no se mancharan mis recientes recuerdos.

Si hubiera podido verme desde fuera, hubiera tenido una expresión congelada, una vista mirando un horizonte lejanísimo, unas arrugas marcadas a los lados como un muñeco de ventrílocuo tirado en un rincón.

Me acordé de su olor los sábados por la mañana, de lo mal que según ella le acariciaba el pelo, del primer periódico que compramos juntos y de sus zapatos con un lazo por cordones. Me metí otra vez entre su cuello y su hombro y la besé ligeramente, le compré un billete de metro con un euro que me sobraba y la vi mezclar mostaza con ensalada. Cada patata que quedaba en el plato era como una estatua derribada.

Tuve una angustia de las que te hacen respirar como un pez fuera del agua al preguntarme si ella recordaría siquiera mi nombre. Apreté el puño y sentí como las uñas se me clavaban en la piel. Me concentré en el dolor físico, para intentar apagar la procesión de tambores aragoneses que bajaban en riada por mi cabeza.

Sonó la llave de la puerta y apreté instintivamente el mando para que se encendiera la televisión de nuevo. Apareció un hombre de aspecto ruso con un traje de lentejuelas haciendo unas pompas de jabón enormes mientras el público aplaudía.

-¿Qué haces? - me preguntó mi mujer sin mucho entusiasmo.

-Nada, lo de siempre, ver la estupideces de la tele -contesté mintiendo con una falsedad tan propia de mí, que pude comprender en ese momento porqué ella me había dejado.
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La foto es del flickr Ecstasy and wine de Felipe Ottofree.

martes 12 de enero de 2010

Atravesando el tunel



Estábamos atravesando el túnel en la pequeña moto, una lambretta del 62, y el sonido del pequeño motor se amplificaba como horas antes lo habían hecho los acordes del concierto del que acabábamos de salir. El aire de la calle había atenuado un poco la sensación de eco mental del alcohol, pero el mascar de mandíbulas y los ojos de búho seguían tan presentes como la desorientación del navegante que conducía la pequeña scooter italiana:


- ¿Sabes por donde vas, F.? - Le pregunté sabiendo de antemano el resultado de la respuesta y la realidad de la pregunta.


- Obviamente - dijo marcando cada sílaba a gritos como un martillo neumático - Yo nunca me pierdo en Madrid, pero en estos túneles de mierda los carteles los ha puesto un demente.


Giré la cabeza alertado por un ruido de dios griego en pleno conflicto, y un camión enorme, alemán y enorme, nos pasó por el carril de al lado. La comparación más parecida que se me ocurre es la del tiburón de la película de Spielberg arrasando a un pececito de acuario. La moto bandeó peligrosamente, pero las ruedas, no mucho más grandes que un flotador infantil, mantuvieron la compostura. Cuando vi las farolas de la calle al final de la salida del túnel pensé en los astronautas llegando a Cabo Cañaveral después de una misión problemática. El camino que siguió hasta nuestro objetivo, un bar de viejos que abría pronto, me sirvió para componer una lista de mentiras plausibles que justificaran mi previsible ausencia al trabajo del día siguiente, aunque también para darme cuenta de lo rápido que cambiaba todo en tan sólo unos meses.


- Pon dos tercios de Mahou bien fríos - nuestra cerveza preferida por proletaria y castiza - y un plato de pincho moruno, por favor - dije con una pretendida serenidad y una educación muy valiosa frente a un camarero de sesenta leyendo el ABC


- Pero pinchos sin pincho, o sea, la carne sin el palo, en el plato, bien hecha, con un poco de picante, me entiendes, ¿no? - F. siempre tan previsor en cuanto a la presentación de las delicias gastronómicas de fin de noche


El camarero se fue a por los tercios sin decirnos nada, más allá de un simple gesto de aceptación profesional. Miré a mi alrededor y vi una máquina tragaperras mostrando sus luces como un pavo real electrónico, un chino fumando con un café y un par de barrenderos que miraban nuestra indumentaria extrañados. Supongo que no acababan de encajar un par de tipos de veintimuchos vestidos con trajes estrechos de rayas apoyados en la barra de metal plateado y zapatos italianos de punta pisando cáscaras de cacahuetes.


- Necesito hacerlo - le disparé en la cara a F.


- El qué, ¿invadir de una vez Polonia? - me dijo con su cara acelerada mientras que se metía un trozo de pincho moruno en la boca.


- No en serio joder, necesito hacerlo, es de recibo, él lo hubiera hecho por nosotros, se lo debemos.


- Mira, no le conocías, no sabes como era, es posible que hasta fuera un imbécil - me decía F. mirando a un par de tipos que acababan de entrar y que habían empezado a hacer los recurrentes comentarios en alto acerca de nuestro pelo modelo casco romano del año 10.


- Me da igual como fuera, me importa cero, lo que quiero decir es que se lo debo, esa canción me cambió la vida. ha sido lo más cercano a una epifanía que he tenido y me parece que...


- Sois como una aberración - me interrumpió F. dirigiéndose a los dos andobas - sois un detrito posmoderno, una pesadilla de marketing - metro sesenta y pico de F. contra la innegable condición hercúlea de los atónitos torpes de la mesa, músculo, bronceado y camisas de solista televisivo.


- Déjalos tío - le dije con una convicción de ejercito en retirada y anticipando la dolorosa tragedia que se nos venía encima.


- Míralos, son como si se los hubieran inventado un par de caricaturistas borrachos - me decía a gritos mientras que los hermanos castigo y dolor se empezaban a levantar y parecían querer devolvernos el primer impacto dialéctico de una forma física.


En ese momento oí música divina en la calle, trompetas de ángeles salvadores, San Miguel con su espada flamígera acercándose con sus legiones de querubines, ruido familiar de vespas primavera, GT de tres tiempos. Eran ellos y habían llegado en el momento justo. Le tiré el dinero al camarero y agarré a F. de la americana, le saqué del bar mientras que disparaba con el dedo a los increpadores de portada de revista y abrí la puerta viendo la luz del amanecer más bonita que nunca. Eran nuestros amigos que se habían retrasado intentando hacerse a unas poperas con el habitual fracaso anunciado - ¿Arrancáis o os empujamos? - dijo R. que solía ser nuestro consultor en materiales ácidos y uno de los chavales de treinta y pico más majetes que he conocido nunca.


Me monte de paquete agarrándome a las protecciones traseras, sentí la vibración del minúsculo motor de cuarenta años cien veces parcheado, el aire del centro de Madrid que me daba de nuevo en la cara, la sensación de sentirme vivo de verdad, más allá del salario, la costumbre y la aceptación. Creo que es cuando lo supe, si no le rendía el último homenaje todo aquello no tendría ningún sentido.

miércoles 21 de octubre de 2009

La invitación

Me topé con él hace unos meses. Fue uno de esos encuentros casuales y reiterados, más dados por el azar de la costumbre que por deseo propio. Estoy acabando la carrera, y he dejado un par de asignaturas para el final de la mañana. Pensé que sería buena idea sacarme un dinero repartiendo gratuitos a la salida del metro, como chica siempre me había jodido acabar currando en algún trabajo típicamente femenino.


Apareció por allí al contrario de las riadas de asalariados que en una estación más o menos central salen de ella por la mañana para volver a ocultarse por la tarde. He supuesto que vive en la zona y va a estudiar, o tiene un trabajo nocturno, de esos que nadie piensa que alguien haga pero que todo el mundo echaría de menos si no se hiciesen.

Trabajando frente a tanta gente te acabas volviendo invisible, y quitando alguna señora que saluda y el barrendero que insistentemente me intenta invitar a "uncafetitoguapa" creo que me podían haber cambiado por un mono amaestrado y nadie se hubiera dado cuenta. Lo que si se desarrolla ante la hora y pico de dar el periódico es una capacidad analítica bastante importante, más por aburrimiento que por interés real. Al principio te llaman la atención los elementos que más destacan, ese bigote grande o esos zapatos tan de fulana cara que lleva la secretaria de la gestoría. Pero luego pasas a los detalles imperceptibles, de investigador social, como ver a un tipo de mirada perdida, nervioso y repitiendo ropa dos días seguidos. O se alargó demasiado la reunión o no dormiste en casa y temes no haber hecho lo correcto.

Y sí, he de reconocer que con él no me hizo falta esforzarme demasiado para verle. Su ropa no era rara, en el sentido de escandalosa, pero destacaba de alguna forma entre el resto. Pantalones tobilleros con el reborde cosido en amarillo, botas de piel vuelta marrones y cepilladas, jerseys de cisne asomando por encima de una parka verde. Y siempre afeitado y con el pelo despuntado cayendo por delante de las orejas.

Creo que he tardado más de lo debido en haberle dicho algo, cosa que no se me ha dado mal nunca, pero no me apetecía que me tomara por una repartidora aburrida y desequilibrada. Hasta que esta mañana ha sido él el que se ha decidido a hablar, más o menos:

- Ten, seguro que si vas te gusta, que ya era hora de que te diera yo algo a ti. - Y me ha pasado un pequeño flyer.



Antes de que dijera nada iba escaleras arriba, con un paraguas que llevaba del cuerpo en vez del mango. Y sí, a lo mejor me paso a saber en que anda metido este chico tan pulcramente raro.

La ilustración que acompaña a esta pequeña excusa para anunciar la fiesta de arriba es de Óscar SP, Mod pucelano afincado el el territorio independiente de Malasaña, ponediscos e ilustrador. Podéis ver su trabajo en Bizarre Studio. Y sí, sobre el libro 50 años de Motown ya hablaremos...

martes 20 de octubre de 2009

El blanco y negro y el jazz

Creo que nací en una época equivocada. Intuyo que hubo un momento en el que todo parecía tener importancia, en el que las cosas no daban igual, y en el que la diferencia entre lo que era interesante y lo que era prescindible, era tan grande como una brecha abierta en la tierra por un río de proporciones continentales.
Lo sé cuando escucho a Billie Holiday en algún recopilatorio de la Atlantic, con una producción tan elegante que pienso que el disco debería venir envuelto en una funda a medida hecha con mohaire. Oigo la voz de esta mujer, y más allá de enciclopedismos musicales, de aficiones pasajeras, lo que percibo es contenido.
Quien canta tiene que tener algo que decir, y no me refiero a un mensaje explicito, si no a un interés vital que se acaba marcando en las notas que salen de su garganta. No es un producto ensamblado en un laboratorio por técnicos en el arte de vender, es carne, humo, dificultades, entereza y abnegación. Es la vida hecha música.
Pienso que tenemos la suerte de que en esos momentos había fotógrafos dispuestos a pintar los cuadros del siglo XX, a recoger con su cámara en un sólo momento, practicando un decó inverso, tantas horas de esa gente que sólo tenía su música para hacerse valer. Uno de ellos fue Herman Leonard, quien capturó imágenes en las noches del Mahattan de los cincuenta, en el que era normal poder ver cada semana a Dizzie Gillespie, Charlie Parker, o Duke Ellington enseñando a los que no se acostaban pronto que era aquello llamado La Música.
Y por encima de consideraciones fotográficas, la gran diferencia entre un retratista de las fiestas del Upper East Side y de este fotógrafo era estar. Estar en los sitios en los que sucedía la vida carente de sucedáneos, alejada de las componendas, las sonrisas de plástico y los tipos de gesto adusto con más dinero que educación.
Hoy me cuesta encontrar esas fotos y esos lugares, pero sobre todo me cuesta encontrar a gente, de esa que se denomina creativa, que sepa cual es la diferencia entre el sabor de un whisky sólo y un combinado de bebida energética, entre un button-down y una camiseta arrugada de 200 euros, y entre que las cosas tienen importancia, más allá del dinero que generen, por lo que significan en realidad.

sábado 17 de octubre de 2009

Gracias

Perteneciste a una generación mucho más valiente que la mía, más preocupada por lo que realmente importaba, por lo real, y supongo que quien ha vivido una guerra con catorce años, quien ha visto pasar hambre a sus hermanos pequeños, nunca en su vida pierde el norte, siempre distingue lo accesorio de lo fundamental.

Tuve la suerte de pasar los años de mi niñez a tu lado. Quizá por eso eche tanto de menos los despertares tranquilos en tu casa, la mía, de Mesón de Paredes. Me acuerdo, en esos años previos de ir al colegio, de oírte cantar en la cocina tus coplas andaluzas, de oler el café y de hacerme el dormido cuando venías a despertarme y darme un beso. Me acuerdo del tacto de tu mano, o de las historias que me contabas sobre tu pueblo de Jaén, o del Madrid de los años cuarenta.

Recuerdo que siempre estabas hablando de tus nietos con esas expresiones tan sentidamente humanas. Te gustaban los veranos en los que nos juntábamos y comíamos los bollos de la Calle de Encomienda, hasta que casi nos poníamos malos. Supongo que el apego por las cosas sencillas, la alegría que nos transmitías aunque no tuvieras ganas, la educación y el respeto hacia los demás son cosas que siempre te deberé.

Me quedará la deuda de no haberte podido devolver lo que hiciste por mi, más allá de poner unas torpes y apresuradas palabras que se repetirán y ampliarán en las horas que tengo por delante para despedirte. Me quedan muchas cosas por contar de ti, me quedarían cientos de páginas con tantas ocasiones que viví a tu lado.

Gracias.

viernes 9 de octubre de 2009

El desayuno


La presentadora habla en la tele con una cara de preocupación fingida, como si todas las noticias, luctuosas en su totalidad, la afectaran personalmente. Su voz, inaudible por el muro de sonido de la clientela, la da un aspecto de muñeca animatrónica, de rubia pija profesional más interesada en su aspecto que en el último asesinato adolescente. La seriedad siempre es fingida cuando cada día luces un nuevo peinado en pantalla.


Pido un café con leche y dos porras, desayuno castizo destructor de estómagos, pero más sincero que los enrevesados diseños de establecimientos con nombre de crucero espacial. Me asombra el momento de calma que me proporciona abrir el sobrecito del azúcar y volcarlo en el vaso, siempre en vaso, mientras que ya tengo el cigarro encendido en la boca, humeando, haciéndome guiñar los ojos por el humo.


Dos tipos jóvenes hablan detrás mía sobre lo cansados que están, uno dice que está mayor. Es asombroso que gente joven, que tiene toda la pinta de vivir bien y haberse acostado pronto el jueves, esté cansada. Pienso que a lo mejor están cansados de si mismos, de su hipoteca, su adosado en el noroeste y de sus corbatas anchas de colores chillones. Que mal gusto tiene la gente para las corbatas en esta ciudad.


Unos obreros discuten a voces. Visten con el uniforme oficial de currela, pantalón azul de mono y camiseta publicitaria de tienda de deportes de su barrio. Uno lleva un metro amarillo a la cintura, como una pistola métrica que le sirve para medir el tiempo que le queda hasta volver a su sofá. Estos son de verdad (demasiado), no actúan, hablan de fútbol y uno de ellos, menos interesado por el balón, mira la contraportada del periódico deportivo, escrutando las curvas de la jamona del día.


Llegan unas funcionarias de un ministerio cercano, de las que pueblan las calles a las diez y pico y siempre van en grupo. Por su forma de hablar, más bajo de lo habitual y agarrándose el brazo unas a otras, diría que están hablando de sexo. No sé si del artículo de la revista de turno para mujeres maduras pretendidamente liberadas, del nuevo que ha entrado y que está cañón o de la hazaña de su marido la noche anterior (lo dudo). Lo que sí sé es que una de ellas, con un ahuecado anclado en los noventa, parece sentirse incómoda. Mira a las cañas de crema buscando una salida a tan bochornoso momento.


Miro los estantes donde están los aperitivos, de cristal y metal barato dorado. A esta hora los acaban de cocinar y aun están calientes. Empañan el vidrio y crean una atmósfera irreal, ayudada por la luz blanca del fluorescente oculto, síntoma de un intento de sofisticación fallida. Ese vaho me traslada unos años atrás y unos miles de kilómetros al este. Vi lo mismo mirando otros aperitivos en una ciudad asiática. Me pregunto si algún ex-turista de ojos rasgados sentirá lo mismo en esos momentos, dentro de uno de los bares de las estaciones de tren, llamadas Eki por ellos. Simultaneidad, me gusta pensar en los lugares donde he estado, moviéndose todos a la vez, en conjunto, como un mecanismo imcomprensible y relacionado.


Vuelvo a la realidad. Ahora la rubia pija profesional de la tele, mamá y experta en microorganismos estomacales, está en una telepromoción. Después de sufrir un rato por la violencia doméstica toca epatar con colchones de tejidos creados por la nasa. El camarero hace un comentario sobre lo agradable que resultaría yacer con ella en esos jergones de tecnología punta, pero no lo dice así, claro.


Tengo el café casi terminado. Es imposible acabárselo del todo, siempre queda algo en el fondo. Un par de servilletas, casi transparentes por el aceite de las porras están arrugadas en el plato. Diez minutos, poco más o menos y tengo que volver a mi sitio rápido. Mañana será igual pero diferente. Mañana me pido un bollo.
(La foto que ilustra este texto está sacada de aquí)

jueves 8 de octubre de 2009

Justicia poética y vulgaridad triunfante


Aquella ciudad huele desde hace años muy mal, tanto que creo llevar parte de ese olor conmigo cuando salgo fuera. Lavo mi ropa a conciencia la noche antes de viajar, pero siempre tengo la sensación de que es imposible quitarme de encima esa atmósfera irrespirable, cerrada, como de olor a cartón húmedo y abandonado.


Veo sus rostros a diario, los de la complacencia, la mendicidad humillante, parecen sacados de una novela de posguerra, de campesinos rogando trabajo en la plaza del pueblo, esperando que el señorito se apiade de ellos y les ofrezca unas horas de explotación a cambio de un platillo de comida caliente y viscosa. Veo esos rostros también cuando me miro al espejo, y creo sinceramente, que son parte del mal olor que impregna todo.


Pero no lo causan, no son la fuente de la podredumbre, la fosa séptica de la que salen cientos de moscas glotonas y repletas de pus. No forman parte nunca de los lugares de los que sale esa pestilencia insistente, de vapor verde y denso, y de sonido metafóricamente tintineante. Los billetes, los cheques y las transferencias no suenan como un saco de monedas que se pasa de una mano a otra, pero su tacto repugna lo mismo, o casi tanto como el cuero sobado y pegajoso que las contiene.


Sois la vulgaridad triunfante, la victoria de lo mediocre, el ascenso de lo podrido hasta la cúspide. Porque esto es importante que os lo recurde alguien, pequeños aprendices de mafioso italiano, es importante. Podéis vestir con trajes caros aunque feos, viajar en berlinas de lujo con chofer, hablar por el móvil como si os fuera la vida en ello, y tratar a los demás con un desprecio inusitado, podéis incluso jactaos con formas toscas y lenguaje tabernario de lo abultado de vuestra cuenta, del encanto exagerado de vuestras hembras de monta, podéis reiros como dementes encima de vuestra pequeña montaña de poder.


Podéis, lo cual no os exime de lo que realmente sois, el producto último de una sociedad decadente, reyes absolutitas dieciochescos, con un genoma tan depauperado que os cuesta manteneros en pie. Sois la gañanada que se ata el pantalon del traje de Gucci con una cuerda, la misma que si tuvieramos algo de dignidad os tendriamos que poner al cuello, aunque sólo fuera por ver vuestro miedo.