miércoles, 24 de noviembre de 2010

Reflejos y realidades


La calle descendía ligeramente, pendulando, como un muelle estirado, un tobogán para coches grandes, de motores ruidosos y conductores ausentes. El sol era claro, como de cuadro realista, pero no calentaba apenas cuando rozaba mi hombro en los espacios de cruce, que los edificios, dados la vuelta, con escaleras por fuera, ocultaban oscureciendo las placas del suelo pintadas de chicles.

Siempre al comenzar a andar sacaba con cuidado el cigarro del bolsillo, con un dedo, prendía la llama con un gesto ensayado, ladeando ligeramente la cabeza y arrugando mi cara, dejando salir un gesto ganado por años de lecturas deslabazadas, noches demasiado largas y acciones odiosas perpetradas sin sentido del decoro.

El vagabundo de la esquina me decía algo que nunca llegaba a entender y que tú me traducías no de otro idioma, si no de una lengua perdida o demasiado desesperada para que yo la entendiera en aquellos momentos. Era alto y llevaba capas de ropa como un hombre cavernario envuelto en pieles de distintos animales, como un insecto con el esqueleto por fuera, un producto sacado de la trastienda de las tiendas caras, la contraportada no impresa de las revistas de diseño, el reportaje no emitido en los informativos de letreros de colores y noticias impactantes.

Las cadenas se arrastraban por un espacio inaudito, entre los raíles de los tranvías, como fantasmas de otra época que han perdido el sentido de la orientación. Piqueteaban al ritmo de los números del semáforo, que nos recordaban en una cuenta incesante que el parpadeo no se detenía nunca, que el tiempo estaba ahí antes de que nosotros llegáramos, y seguiría ahí cuando nosotros ya nos hubiésemos marchado.

Pegué la mirada al cristal del restaurante y era cierto que existía, nos vi dentro con cara de no necesitar nada más allá de nosotros mismos. Abrazar a alguien y haber olvidado su cuerpo, escuchar su voz cerca del pelo, esa voz que necesitas a tu lado, y tener la misma sensación que cuando ves un cuadro famoso al natural y has visto demasiadas veces su reproducción irreal. Quitar con la mano el agua que sale de los ojos y calmar una boca que no sabe si sonreír o besar. Los camareros servían café en tazas viejas, y faltaban los tipos con gabardina y sombrero. Por lo demás era perfecto, era de verdad.

Sonó el teléfono y me sacó de mi mar de humo y torpes comparaciones. Leí el mensaje y apunté en mi cabeza el lugar al que debía ir, la hora a la que debía estar. Preferí olvidar el motivo del mismo.

Empecé a caminar rápido, con esa urgencia de quien sabe que tiene tiempo de sobra para cumplir su objetivo, pero que quiere llegar antes y observar, construir las frases que posiblemente salven su vida, aunque esta no sufra un peligro real de acabarse.

Llegué a la plaza y me senté en unas escaleras con hierba a los laterales. Una pareja de mejicanos se sentó cerca, bebían algo que humeaba y comían de una bolsa que hacía ruido. Parecía que acababan de conocerse hacía poco, transitaban por ese amable momento del descubrimiento, de la exhibición impúdica de las similitudes, la admiración por la privación y el desconocimiento del otro.

Me tocaron el hombro y me giré, había perdido mi atención entre autobuses de líneas que no conocía, graznidos de gaviotas urbanas y cables que iban y venían de un lugar indeterminado.

-Llegas tarde – me dijo mientras que se retiraba de la frente su pelo de árboles de bosque europeo- llegas diez años tarde – moviendo su boca extorsionadora, insinuante, de labios de cartel de película clásica.


-Pero al fin he llegado – tarde en decir, tirando al suelo mi guión – vamos a nuestro restaurante, supongo, que después de tanto tiempo, tendrás mucha hambre.

4 comentarios:

Javier dijo...

"Quitar con la mano el agua que sale de los ojos y calmar una boca que no sabe si sonreír o besar."
Bonito, muy bonito, Dani Bernabè. Esa sensaciòn es tan real como la distancia. Y èsta es tan puta que te hace dudar de las cosas que siempre te han parecido lo màs natural. Un precio tan alto como injusto, pero habrà que pagarlo. Un abrazo.

Daniel G. Sanguino dijo...

Me encanta como la gran mayoria de tus entradas. Sigue escribiendo con las entrañas con rabia y con la magia de quien sueña despierto... Exquisito.

Anónimo dijo...

¿Eso es San Francisco? Cool!!

Daniel Bernabé dijo...

Son ustedes amables como poco tomándose un rato de su vida en leerme.