martes, 12 de enero de 2010

Atravesando el tunel



Estábamos atravesando el túnel en la pequeña moto, una lambretta del 62, y el sonido del pequeño motor se amplificaba como horas antes lo habían hecho los acordes del concierto del que acabábamos de salir. El aire de la calle había atenuado un poco la sensación de eco mental del alcohol, pero el mascar de mandíbulas y los ojos de búho seguían tan presentes como la desorientación del navegante que conducía la pequeña scooter italiana:


- ¿Sabes por donde vas, F.? - Le pregunté sabiendo de antemano el resultado de la respuesta y la realidad de la pregunta.


- Obviamente - dijo marcando cada sílaba a gritos como un martillo neumático - Yo nunca me pierdo en Madrid, pero en estos túneles de mierda los carteles los ha puesto un demente.


Giré la cabeza alertado por un ruido de dios griego en pleno conflicto, y un camión enorme, alemán y enorme, nos pasó por el carril de al lado. La comparación más parecida que se me ocurre es la del tiburón de la película de Spielberg arrasando a un pececito de acuario. La moto bandeó peligrosamente, pero las ruedas, no mucho más grandes que un flotador infantil, mantuvieron la compostura. Cuando vi las farolas de la calle al final de la salida del túnel pensé en los astronautas llegando a Cabo Cañaveral después de una misión problemática. El camino que siguió hasta nuestro objetivo, un bar de viejos que abría pronto, me sirvió para componer una lista de mentiras plausibles que justificaran mi previsible ausencia al trabajo del día siguiente, aunque también para darme cuenta de lo rápido que cambiaba todo en tan sólo unos meses.


- Pon dos tercios de Mahou bien fríos - nuestra cerveza preferida por proletaria y castiza - y un plato de pincho moruno, por favor - dije con una pretendida serenidad y una educación muy valiosa frente a un camarero de sesenta leyendo el ABC


- Pero pinchos sin pincho, o sea, la carne sin el palo, en el plato, bien hecha, con un poco de picante, me entiendes, ¿no? - F. siempre tan previsor en cuanto a la presentación de las delicias gastronómicas de fin de noche


El camarero se fue a por los tercios sin decirnos nada, más allá de un simple gesto de aceptación profesional. Miré a mi alrededor y vi una máquina tragaperras mostrando sus luces como un pavo real electrónico, un chino fumando con un café y un par de barrenderos que miraban nuestra indumentaria extrañados. Supongo que no acababan de encajar un par de tipos de veintimuchos vestidos con trajes estrechos de rayas apoyados en la barra de metal plateado y zapatos italianos de punta pisando cáscaras de cacahuetes.


- Necesito hacerlo - le disparé en la cara a F.


- El qué, ¿invadir de una vez Polonia? - me dijo con su cara acelerada mientras que se metía un trozo de pincho moruno en la boca.


- No en serio joder, necesito hacerlo, es de recibo, él lo hubiera hecho por nosotros, se lo debemos.


- Mira, no le conocías, no sabes como era, es posible que hasta fuera un imbécil - me decía F. mirando a un par de tipos que acababan de entrar y que habían empezado a hacer los recurrentes comentarios en alto acerca de nuestro pelo modelo casco romano del año 10.


- Me da igual como fuera, me importa cero, lo que quiero decir es que se lo debo, esa canción me cambió la vida. ha sido lo más cercano a una epifanía que he tenido y me parece que...


- Sois como una aberración - me interrumpió F. dirigiéndose a los dos andobas - sois un detrito posmoderno, una pesadilla de marketing - metro sesenta y pico de F. contra la innegable condición hercúlea de los atónitos torpes de la mesa, músculo, bronceado y camisas de solista televisivo.


- Déjalos tío - le dije con una convicción de ejercito en retirada y anticipando la dolorosa tragedia que se nos venía encima.


- Míralos, son como si se los hubieran inventado un par de caricaturistas borrachos - me decía a gritos mientras que los hermanos castigo y dolor se empezaban a levantar y parecían querer devolvernos el primer impacto dialéctico de una forma física.


En ese momento oí música divina en la calle, trompetas de ángeles salvadores, San Miguel con su espada flamígera acercándose con sus legiones de querubines, ruido familiar de vespas primavera, GT de tres tiempos. Eran ellos y habían llegado en el momento justo. Le tiré el dinero al camarero y agarré a F. de la americana, le saqué del bar mientras que disparaba con el dedo a los increpadores de portada de revista y abrí la puerta viendo la luz del amanecer más bonita que nunca. Eran nuestros amigos que se habían retrasado intentando hacerse a unas poperas con el habitual fracaso anunciado - ¿Arrancáis o os empujamos? - dijo R. que solía ser nuestro consultor en materiales ácidos y uno de los chavales de treinta y pico más majetes que he conocido nunca.


Me monte de paquete agarrándome a las protecciones traseras, sentí la vibración del minúsculo motor de cuarenta años cien veces parcheado, el aire del centro de Madrid que me daba de nuevo en la cara, la sensación de sentirme vivo de verdad, más allá del salario, la costumbre y la aceptación. Creo que es cuando lo supe, si no le rendía el último homenaje todo aquello no tendría ningún sentido.

3 comentarios:

Gintónico dijo...

Como siempre, muy bueno. Felicitaciones. Creo que con F y con R he tenido alguna similar, pero otra con otra clase de seres, las liendres de la Calle Génova.

PS: No tarde usted tanto en prodigarse por estos lares.

David dijo...

Bienvenido de nuevo, estaba preocupado por el cese de nuevas entradas.

Dios, como conozco esa situación, la incredulidad, el insulto gratuito, la ignorancia y el atrevimiento convertido en personas.

Y no cambiará jamás su actitud. Bien hecho no quedar impasible.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Yo me quedo mas con la parte de cerrar un bar y abrir otro de viejos o mejor dicho, de los de toda la vida (con una mahou bien fresquita), y seguir, hablar, conjurar, seguir hablando, hasta que no puedes mas y decides irte a casa y mirar la hora y ver que ha pasado un dia y se te ha hecho cortisimo